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Entre sus manos apretó el sobre amarillo con fuerza contra su pecho. A pesar de que Alexei usaba sus manos para taparle los oídos aún podía oír los gritos de dolor de sus padres y distinguía algunas oraciones de los hombres que estaban arriba de ellos.

El polvo alrededor de ellos se pegaba a sus mejillas, empapadas por las lágrimas, pero no podía permitirse moverse para limpiarse. Le aterraba que el mínimo movimiento pudiera delatarlos, y que todo el dolor que sus padres estaban sufriendo para protegerlos fuera en vano.

Natasha no comprendía qué tenía de importante aquel sobre de color amarillo, pero no lo soltó en ningún momento. Su padre se lo dio antes de esconderlos a ella y a su hermano en la trampilla debajo del piso.

Era demasiado pequeña para saber lo que estaba pasando en ese momento, pero lo suficientemente grande para entender que sus padres preferían morir antes que entregar ese sobre.

Natasha apretó la muñeca de su hermano mayor, pues sus manos estaban sus oídos, intentando bloquear los golpes y gritos que se oía arriba. Él volteó su cabeza para mirarla y besó su frente, intentando calmarla, pero Natasha frunció el ceño cuando vio los ojos enrojecidos de Alexei. Porque Alexei nunca lloraba, y que lo hiciera solo podía significar algo malo.

—Lo destruimos —oyó a su madre decir entre sollozos.

Había estado gritando los últimos minutos, mientras su padre rogaba que dejaran ir a su esposa.

—Verás, mujer, no te creo —espetó una voz masculina completamente desconocida para ella. Natasha pudo reconocer el acento ruso en su voz—. Creo que aún lo tienen. De hecho, creo que sus hijos lo tienen.

—No están aquí —replicó Iván Solovióv—. Ellos volvieron a Rusia.

—Ah, ¿en serio? —inquirió la misma persona, pero por su tono burlón de voz supo que no le creía—. ¿Mandaron a sus hijos adolescentes solos a Rusia?

—Ellos no tienen nada que ver en esto...

Iván Solovióv fue interrumpido por un fuerte golpe que lo hizo soltar un grito. Natasha se sobresaltó al oírlo, pero Alexei tapó su boca para que no haga ruido.

—Creo que los niños están cerca. Pueden decirme dónde están y yo tal vez los deje vivir —propuso—. O pueden hacer esto doloroso y desagradable para ustedes y para los niños. De cualquier manera, los voy a encontrar. Y te conviene que esté de buen humor cuando lo haga.

—Léeme los labios —oyó Natasha a su padre—. Nunca te diré dónde están mis hijos —espetó, separando mucho las palabras.

—Los niños no tienen que pagar por los pecados del padre.

BLACK WIDOW (Chicago P.D)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora