Todos tienen un secreto. El del detective Antonio Dawson tiene nombre y apellido: Natasha Solovióv, también conocida como la Viuda Negra.
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Los detectives Dawson y Halstead caminaban atrás del doctor Willhite, quien les hablaba sobre la recuperación de Natasha.
Jay, muy a regañadientes, lo había acompañado al hospital cuando Voight y su comandante lo mandaron a casa luego de que un pedófilo a quien él solía vigilar muy de cerca apareciera muerto.
—Sus costillas aún no sanan y tiene una infección en la herida de su muñeca izquierda. No voy a darle el alta.
—¿Descartaron el desprendimiento de retina? —inquirió Antonio.
—Sí, pero aún así recomiendo que la vea un oftalmólogo.
Natasha no había recuperado la vista, y Willhite creía que le había quedado un daño permanente. Lo mejor para Natasha era hacerse ver antes de que se arruine aún más la vista.
—Alex, Natasha no está a salvo aquí —explicó el latino—. Los rusos pueden volver en cualquier momento.
—Pero tampoco puede estar sola —refutó Alex—. Aún necesita de nuestra atención. Sería negligente de mi parte darle el alta.
—No estará sola. Yo cuidaré de ella.
Willhite se frenó para firmar unos papeles que la jefa de enfermeras le acercó para autorizar unas radiografías de un paciente y luego miró a Antonio, desconfiado.
—¿Y cuándo tú estés trabajando?
—Jay la cuidará.
Halstead frunció el ceño, sin recordar cuándo acordó ser niñero de la Viuda Negra. Comprendía que la chica estaba herida y necesitaba atención, pero para eso estaba en el hospital rodeada de médicos que la cuidaban y policías que la protegían.
Él no iba a ser niñero de nadie, menos aún teniendo sobre su espalda a Asuntos Internos vigilando cada movimiento que hacía por el repentino asesinato de Lonnie Rodiger, el asesino de su joven cuñado.
Willhite notó la mirada molesta en el rostro de Jay, porque los miró a ambos aún algo inseguro.
—Dicen que van a cuidar de ella —dijo—, pero es una paciente complicada.
—Ella va a estar bien con nosotros.
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Intentando no levantarse de la cama, Natasha se estiró para agarrar el vaso de agua que tenía en la mesa de luz al lado de la cama de hospital. Hizo una mueca cuando el vaso cayó al suelo, derramando el agua.
La buena noticia era que el vaso era de plástico y no se había roto.
Se sentía inútil postrada en esa cama todo el día, sin moverse ni poder ver bien. Su vista periférica se había visto dañada por las heridas que los rusos le provocaron. Por ahora, parecía ser el único daño permanente.