Cerró los ojos, y como si fuera algo que estuviera viviendo en ese preciso momento, el recuerdo de los besos de Henry le arrebató el aliento. Sintió la corriente eléctrica recorriendo su columna y un cosquilleo hormigueándole por toda la piel. Al abrirlos este se desvaneció en el aire tan rápido como volvió a la realidad, pero las sensaciones que abrazaban su cuerpo no.
Alzó la mirada y Joanne la observaba divertida, sin ocultar la sonrisa socarrona de sus labios como si la hubiera atrapado en medio de una travesura. Sintió subir los colores a su rostro dejándola aún más en evidencia.
—Pagaría por saber qué es lo que pasa por tu atrevida mente.
—Nada —negó demasiado deprisa volviéndose a su computadora e intentando concentrarse en su trabajo. Quizás de ese modo su compañera dejaría el asunto zanjado y dejaría de molestarla.
Pero no era tan simple con Joanne.
—Tu tierno sonrojo no dice lo mismo —Margo simuló no inmutarse por sus palabras—. Pequeña pervertida.
Abrió sus ojos enormes y boqueó como un pez fuera del agua.
—¡Joanne! —chilló lo más bajo que pudo dentro de la oficina de trabajo, lanzándole a su vez un borrador que tenía a su alcance. Obviamente falló su puntería mientras Joanne reía abiertamente sin importarle que alguien volteara. Pero nadie lo hizo—. ¡Deja de avergonzarme!
—¡Eres tan adorable! —Limpió una lagrimilla y sonrió sin burla y con ternura—. Eres como una hermana pequeña con la cual puedo bromear, no me quites ese privilegio, ser hija única es aburrida.
—Pues acostúmbrate a las peleas entre hermanas —sentenció—, créeme, son más que comunes.
Joanne no objetó nada, aún más que divertida por la distracción que Margo había provocado inconscientemente y quedando al final acabado el asunto, ambas volvieron su atención su trabajo.
Su trabajo. Sonaba tan efímero e intangible, pero era real, estaba allí, frente suyo y ella era partícipe de ello. Hinchó su pecho de orgullo y sonrió complacida de sus logros, feliz de estar viviendo en carne propia uno de sus tantos sueños.
Apenas había empezado hacía dos días pero ya sentía como si estuviera allí hacía mucho más. Varios la saludaron cuando volvió luego de sus pequeñas vacaciones y otros tantos la felicitaron. Joanne se había mostrado resplandeciente de felicidad de poder tenerla a su lado, e incluso Clarise, dentro de su estoicismo, le había dado la bienvenida.
Por supuesto, y como ya sospechaba sin que nadie le avisara de ante mano, no volvió a su lugar en la oficina de la editora en jefe para seguir siendo su secretaria. La asignaron al sector de Joanne e incluso le adecuaron un escritorio frente a ella lo cual la hizo sentir más segura y relajada al tener a alguien conocido a su lado. Le dieron sus tareas, le ampliaron el horario a jornada completa con una hora para el almuerzo y la dejaron sola instantes después.
A Clarise no la había vuelto a ver, pero eso no la molestaba. En parte se sentía aliviada de no tener sus ojos constantemente sobre su trabajo, o de sentir la presión de tener que hacer todo perfecto. Joanne la remplazaba perfectamente y el ambiente amistoso entre ellas era mucho mejor.
Había escuchado por parte de su compañera también que Charlie y Benjamin habían recibido cartas de recomendaciones para otros trabajos y eso la alegró, conociendo muy bien cómo se habían esforzado en esos tres meses como pasantes. Estaba segura que Charlie, a la primera oportunidad que pudiera, volvería a la editorial y Margo esperaba ansiosa por eso; un poco de sana competencia nunca era mal bienvenida, siendo que servía para su superación personal.
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En cuerpo y alma
RomanceMargo Parryl se siente regocijada con la vida que lleva. A pesar de haber sido abandonada de bebé, encontró el amor en la maravillosa familia que la adoptó: sus padres y su hermano Henry son lo más preciado que tiene. En una época de cambios, donde...