Pietro

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Sesenta y cuatro, sesenta y cinco, sesenta y seis. Nueve, Dieciséis, Once. Los tres llegaron a esa sala. Nueve ya la había visto, pero los otros dos estaban confundidos, pues esta se veía bastante arreglada a comparación de cualquier otra en el lugar. Nueve pisó el primer escalón, cuando Dieciséis notó

-Los otros, ¿Dónde están? -

Todos voltearon, pero no había nadie. Nueve regresó con ellos.

-Tenemos que volver por ellos, ¿No? -

-Es lo correcto- Dijo Once, antes de que Nueve y dieciséis notaran algo muy muy malo- Está detrás de mí, ¿No es cierto? -

Lentamente se dio la vuelta. Pietro estaba ahí, aún herido del ojo. Ya se había calmado, pero sus planes de acabar con los chicos aún seguían. Ellos empezaron a caminar extremadamente despacio hacía el primer lugar donde se pudieran esconder. Dieciséis y Once se pusieron debajo de la escalera. Nueve, que era la más cercana, sólo pudo esconderse debajo de una mesa de madera. Pietro tan sólo podía seguir dos cosas: Su olfato y su oído. Él comenzó a dar vueltas por la habitación. Dios, qué situación, pensaron todos. Pietro sentía fuertemente ese aroma a pasajeros, pero tampoco era muy bueno percibiéndolos. Pasó un pequeño rato así, los chicos sólo esperaban el momento adecuado para salir despavoridos de ahí, pero no pasaba. Once y Dieciséis se miraban constantemente, sabiendo que quizá de ahí no saldrían. Nueve no tenía ese privilegio; sólo se sentó, juntó sus rodillas y siguió esperando.

Pasaron otros cinco minutos, el monstro comenzaba a cansarse de buscar. Dieciséis miró a Once, y se quedó boquiabierta al ver que éste se había quedado dormido. Estaba bien, no habían dormido casi nada esos últimos días, ¡Pero por Dios, su vida colgaba de un hilo ¿y aun así podía conciliar el sueño?!

Nueve no podía hacer más que pensar, pensar en cómo había llegado ahí. ¿Fue su culpa? ¿Por qué la siguieron? Ella hubiera preferido morir sola antes que hacer que todo su grupo lo hiciera. Quizá debió escuchar a Diecisiete, quizá debió dejar que el conserje se llevara a Quince... Dios no, pensó ella, no sin decirle la verdad antes. Nueve siguió pensando, ¿Qué hubiera echo si pudiera salir? Intentó recordar cómo era el mundo afuera, pero... Le fue imposible. ¿Por qué, por qué nadie podía recordar ello? Todos venimos de afuera, pensó ella. Inclusive yo, yo vengo de afuera... ¡¿Verdad? ¿Qué es este lugar, quién lo dirige, por qué lo hace, quién soy yo?! Nueve regresó a la realidad, notando que se tapaba fuertemente los oídos y, más importante, Pietro estaba delante de ella, mirándola aún sin tener sus ojos. Se dijo internamente: ¿Es mi hora? Quizá sí lo era. Al menos no será una muerte tan...

-Pss, ey, ey-

Dijo Dieciséis. Pietro rápidamente giró su cabeza hacia las escaleras, y comenzó a dirigirse hacia ellas. Nueve se quitó uno de sus zapatos, y lo lanzó hacia el otro lado del cuarto; Pietro salió disparado hacia allí. Eso, eso debían hacer. Nueve salió gateando de la mesa, y llamó a Dieciséis y a Once. Los tres, aún manteniendo el silencio, comenzaron a subir por las escaleras. Once, con su mala suerte, pisó un tablón de madera algo suelto, y como no podía ser de otra, el chirrido fue bastante fuerte. Pietro se dio la vuelta y empezó a caminar hacia esos chicos. Ellos estaban en un dilema: Correr hacia el segundo piso deseando en todo momento lo mejor, o esperar ahí mismo esperando lo mejor. Sin embargo, en lo que pensaban en qué decisión era la mejor, Pietro se posó delante de ellos. Él estiró su cuello, y acercó su hocico a la cara de Once, el cual estaba quieto como estatua. Sintió cómo el monstro lo olfateó, y en un momento identificó el olor. Abrió su boca, listo para por fin pescar uno de esos malditos escuincles, cuando, desde arriba, oyeron una fuerte voz:

-¿Tú de verdad piensas seguir con esto? ¿De verdad es lo que quieres? – Preguntó, acercándosele. Ella no le respondió. Por el contrario, se dio la vuelta y comenzó a caminar, pero ella empezó a seguirla- No quieres esto, ¿Cierto? Sólo te estás engañando a ti misma. Esto... Todo esto es una locura. Tu determinación es admirable, pero... Tú sabes que es tiempo de parar...-

Ella, cansada de que la siguiera molestando, volteó bruscamente. Harta, extendió su brazo y, con su magia, comenzó a asfixiarla, al mismo tiempo que la empujaba de regreso.

-Cállate. Sólo cállate. He hecho todo esto. He llegado hasta aquí. No pienso volver atrás. Tú eres la responsable. ¡Todo esto es tu culpa! ¡Y ahora quiero que te largues! – Diciendo eso, sin usar sus manos, la empujó fuera de su habitación, y cerró la puerta con más seguridad que antes.

Pietro observó arriba, todo el escándalo que estaban haciendo.

-Vámonos de aquí- susurró Once, que, al levantarse un poco, Pietro rápidamente volvió en sí. Abrió su hocico y, al lanzarse contra Once, algo lo detuvo, una fuerza invisible lo empujó. Sacudió su cabeza, y él junto a Once y Dieciséis miraron a Nueve. Algo muy extraño le pasaba a su amiga: Sus pupilas se habían ido, y ropa flotaba como si tuviera un ventilador debajo de ella, y comenzó a temblar. El monstro se quiso ir contra ella, pero al acercarse, algo lo volvió a empujar, algo sorprendente considerando la diferencia de tamaño. Nueve estiró la mano, y lentamente comenzó a cerrarla. Pietro sintió algo muy extraño, cómo si algo comenzara a estrujarle el cuerpo. Intentó moverse, pero aquello le sujetaba con mucha fuerza.

La chica se levantó del suelo. Ella siempre había sido más fuerte- No tenía ninguna oportunidad contra ella. Se sacudió el polvo. Las cosas tenían que acabar. Observó la pared, de donde colgaban incontables pinturas. Pero se centró en una de ellas. Allí estaban ellas. Dos pequeñas bebés- Las dos niñas, con lasos familiares. Se fijó detenidamente en una de ellas, la del lado izquierdo. Algo le resultaba familiar. Se fijó con más atención. Esa marca en el cuello... Le hizo recordar a cierta chica que había salvado.

-¿Qué he hecho?- Se dijo ella misma, mientras se ponía la mano en la boca. Dio media vuelta y comenzó a correr- Tengo que encontrarla, ¡Tengo que encontrarla!-

Esa misión fue sin duda una de las más sencillas que se había propuesto, pues lo primero que vio al bajar fue a ella, a la niña de la pintura. Esa pequeña estaba torturando al monstro, y su marca en el cuello comenzaba a brillar. Once tomó a Nueve del brazo.

-Nueve, es suficiente, Nueve... ¡Nueve, detente! –

Nueve siguió. El polvo y algunos papeles comenzaron a girar alrededor de ella, al mismo tiempo que ella se elevaba del suelo...

-¡Jaiden!- Gritó ella. Jaiden, reconociendo esa voz, comenzó a soltarse lentamente, cayendo poco a poco al suelo. Pietro, tras poder volver a respirar, agachó su cabeza y se fue al otro lado del cuarto.

La mujer del Kimono de colores se encontraba de pie, en las escaleras. Los chicos estaban demasiado confundidos. Nueve la miró por un momento... Y entonces lo supo...

-Mamá-

Little Nightmares - HungerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora