Capitulo 8.

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Tenía algo de nervios al entrar ahí, el pensamiento que recorrió su mente era si la descubrían ¿Qué iba a hacer en caso de ser descubierta?

«Minako  esto está cada vez más complicado, lo mejor es renunciar ahora», sus pensamientos se vieron interrumpidos por el llamado de una infantil vocecita.

—Mi papá y yo te estábamos buscando.

—Lo siento pequeña, necesitaba salir un momento.

—¿También te molestan los ruidos fuertes como a mi? —preguntó la inocente niña—, con audífonos ya no escuchas nada, te voy a regalar unos Mína.

—Gracias Diana —dijo inclinandose un poco a la altura de la niña—, vamos adentro hace frío aquí afuera nena.

Acompañaba a la niña adentro, está al ver a su padre se acercó a él.

—Papi encontré a Mina, dijo que tampoco le gustan los ruidos fuertes —explicó la niña con interés a su progenitor—, ve adentro y saludas a tu abuelo que  acaba de llegar.

La pequeña  asintio para luego ir con su abuelo. Artemis volvió a su semblante serio.

—Disculpe señor, la niña me dijo que me buscaba no debí salir yo...

—No se preocupe —respondió Artemis adelantandose a la disculpa de Mínako—, ¿Ya la niña tomó la medicina?

La rubia asintio cómo respuesta.

—Si señor, le di la medicina hace una hora segui las instrucciones de Mónica.

—Posiblemente Diana no llegue a la cena.

—No se preocupe antes de darle la medicina le di a la pequeña un sándwich, si la veo cansada la llevaré a su habitación.

—Se lo agradezco Mínako —dijo el albino con sinceridad, desde que la niñera llegó no tuvo mucha confianza en ella, pero por cosas así pensó que quizá él estuvo en un error pensó que quizás podría darle a la chica un voto de confianza—, gracias.

Se adentró a la mansión dejando a Mínako atrás.

•••

Una semana ha pasado, Mínako decidió ir a visitar a Serena, al llegar a su departamento vió a la de coletas altas desperramada en el sofá fumando un cigarrillo.

—Hola —saludó Mínako a Serena, en cuanto la rubia de flequillo de corazón la vió se abalanzó a los brazos de  su amiga—, yo también te extrañe Sere.

Serena no dijo nada, sólo abrazó con fuerza y en silencio a Mínako, sintió una eternidad sin verla. Mína era su única familia literalmente Serena no tenía a nadie más, en Nueva York.

—Yo también te extraño mucho —musitó Serena aguantando la lágrimas.

—Bueno ya estoy aquí Serena.

—¿Quieres algo de comer? —cuestionó la de coletas limpiando con premura sus lágrimas—, solo dime puedo prepararte cualquier cosa que desees, panqueques, si panqueques quieres ayer compré mermelada de naranja y...

—Esta bien.

Serena fue a la cocina puso manos a la obra en preparar los panqueques, Mínako caminó a la encimera. Tomó asiento en uno de los bancos frente a la pequeña isla.

—¿Cómo estás? —preguntó Mínako sacando tema de conversación—, no pude hablar muchos estos días lo siento.

—No te disculpes —dijo sin quitar la atención de lo que cocinaba —, entiendo que estés ocupada, también entiendo que ya no quieras hablar conmigo...

La Doble Vida De Mínako. Donde viven las historias. Descúbrelo ahora