Capitulo 26.

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No tenía muchas opciones a dónde ir, quería llamar a Andrew pero no quería que Serena le viera en ese estado ella muchas veces se lo dijo que no se enamorara que  se viera reflejada en su relación con Darien todo era una mentira.

—Era muy bonito para ser cierto —sintió sus ojos humedecerse—. Artemis estaba tan... —Calló al ver como un auto se detenía a un lado de la acera dónde estaba caminando. Del lujoso Audi negro salió Yaten se acercó hasta quedar frente a Mínako la miró extrañado el semblante de la chica no era el mejor.

—¿Qué haces en medio de la nada? —cuestionó con desinterés, aunque internamente tenía curiosidad por saber que estaba haciendo la chica ahí era más de media noche.

—Pensé que estabas en Japón...

—Hice una pregunta. —Refutó Yaten tajante al fallido intento de persuasión de Mínako.  

Desvió la mirada aquel sujeto le pareció algo invasivo no quería darle explicaciones a nadie y mucho menos a él.

—Dando un paseo. —Habló ella con sarcasmo.

Arqueó una ceja ante  el irónico comentario de la rubia de moño rojo.

—¿Sales de paseo con maletas? —se metió las manos en los bolsillos, ladeando la cabeza en dirección a la pequeña maleta junto a Mínako—. Tus paseos son extraños bailarina.

—¿Tú crees? —reia la ex niñera sin ganas.

Se resignó aquella testaruda no le diría nada, no ahora y menos a él pero algo era seguro  le había ocurrido algo.

—Bueno es muy tarde para que estés dando paseos nocturnos, por el tramo que has caminado ibas a la mansión Von Parker te llevo...

—No voy a ese lugar.

—Escucha si vas allí no hay problema Mínako, si sigues trabajando como niñera esta bien, cuando dije que le contaría a Artemis que eres una bailarina de un club nocturno no eta cierto solo bromeaba...

—No importa, ya no importa —dijo bajando la mirada las lágrimas comenzaban a bajar por sus mejillas recordando lo sucedido,  la expresión de la mirada de Artemis al enterarse de su secreto era de desprecio total, le dolieron sus palabras—. Ya sabe lo que soy Yaten, Artemis sabe que soy, bueno que era Azul.

Rió con desgano nuevamente, no quería llorar aunque sus ojos picaban con ganas de hacerlo.

—¿A si? —dijo sorprendido no esperaba oír aquella respuesta.

Asintió tomó su maleta continuó su camino ignorando a Yaten, no estaba de humor y no tenía ánimos para lidiar con ese sujeto.

Se dió la vuelta viendo a la rubia continuar su camino, sabía que esa chica no estaba bien «espero no arrepentirme de esto», fue con la chica arrebatándole la maleta de su mano diciendo:

—No mientas claro que importa, si no te importara no estarías como tonta llorando. —Camimó al auto abrió la cajuela de este metiendo la maleta ignorando a la ojiceleste pidiendo que le devolviera la maleta.

—¡¿A dónde demonios te llevas mi maleta?! —gritó molesta con el japonés que no le prestaba atención—, te estoy hablando dame mi maleta.

Sujetó con fuerza a Yaten del brazo pero no sé inmutó al intento fallido de la chica para recuperar su maleta.

Él la miró para luego cerrar la cajuela, tomó a la chica de las muñecas para halarla hasta recostarla al auto.

—Escucha no te dejaré aquí a esta hora y mucho menos...

Guardó silencio sintió una gota caer en su rostro, alzó el rostro a esa gota le siguieron otras más y más.

—Genial lo que faltaba. —bufó Mínako mirando las gotas caer.

—Entra al auto.

Yaten aflojó su agarre Mínako entró al auto, el japonés hizo lo mismo seguido de Mínako, dió una última mirada a la chica  temblaba ligeramente del frío, se quitó la chaqueta para ofrecerle a Mínako calentarse, pensó que no aceptaría era demasiado terca y no le sorprendería si se negara a aceptar algo de él.

—Gracias —dijo ella aceptando la prenda de cuero negro para cubrirse del frío.

—De nada. —Respondió encendiendo el auto y marcharse. 

•••

No logró conciliar el sueño en toda la noche, aún estaba molesto consigo mismo por haber permitido que esa mujer entrara a su vida y aún peor, a la vida de su hija.

—Buenos  días Artemis. —Saludó Neherenia sentandose en el comedor.

No dijo nada dió un sorbo a su taza de café, la pelinegra notó la hostilidad en él. Una sonrisa de labios cerrados se dibujó en su rostro.

—Se que lo de anoche fue una impresión muy grande, también se que crees que esto lo hice con malas intenciones pero te aseguro que no fue así Artemis yo solo pensaba en ti y en Diana...

—Neherenia no estoy pidiendo explicaciones —queria dejar el tema y Neherenia parecía querer seguir removiendo todo—, no es necesario hablar de esa mujer.

El tono de voz de Artemis le confirmó a Neherenia lo molesto que estaba el albino con el engaño de la niñera, Neherenia sabía que Artemis no perdonaría algo así, su hija era la más importante para él y saber que una vulgar y corriente bailarina nocturna era la cuidadora de Diana no le iba a caer nada en gracia la noticia al albino.

—Entiendo —habló  fingiendo estar afligida—, no es fácil aceptar que alguien te miente y se burla de ti y aún peor que juegue con tus sentimientos Artemis.

—Ya debo irme tengo cosas que hacer. —Se levantó de su asiento dejando a Neherenia sola en el  comedor.

Estaba harto de todo y de todos, era obvio que Neherenia solo quería seguir poniendo más sal a la herida y él no iba a ser participe de ese circo, era imposible manchar más la imagen de Mínako, para él esa mujer ya estaba olvidada y se encargaría de hacer que Diana también la olvidara.

•••

Despertó con un terrible dolor de cabeza, sentía sus párpados pesados y arenosos, aún así se levantó de la cama quería irse pero Yaten insistió en que se quedara al menos esa noche.

—Buenos días Azul.

Se dió la vuelta en busca de aquella voz arrugó la nariz en cuanto escuchó ser llamada por ese nombre, giró sobre sus talones encontrándose con Yaten sentado en la esquina del amplio sofá con un ordenador en las piernas.

—Ese no es mi nombre, me llamo Mínako, Azul es  solo...

—Es tu nombre artístico. —Finalizó el peliplata la oración de la rubia.

—Si, bueno en el Caleidoscopio cada quien tiene un color y Azul me fue asignado —respondió—. ¿Dónde está mi maleta? Ya tengo que irme.

Al escuchar aquello se levantó del sofá caminó hasta quedar frente a Mínako se acercó un par de pasos ella retrocedió, él pasó su mano en la frente de la chica haciendo a un lado unos cuantos mechones de cabello.

—No te dejaré ir tonta. —Soltó alejándose de la chica.

Frunció el ceño molesta «¿Y este quién se cree?» pensó ella con desconfianza.

—¿Y qué lo impedirá? —inquirió cruzándose de brazos.

Arqueó una ceja ante la infantil actitud de la chica.

—Pues los casi 39  grados de fiebre que debes de tener o quizás un poco más.

—Fiebre, ¿Cuál fiebre?  —dijo confundida tocando sus mejillas.

—Si tonta fiebre —respondió encogiéndose de hombros—, escucha ya debo irme tengo cosas que hacer, puedes descansar tranquilamente no muerdo. —Dijo esto último con una sonrisa ladina.

No supo que decir, solo lo vio ponerse el sacó negro que descansaba en el sofá, tomó unas llaves, miró a la chica una última vez para luego abrir la puerta y salir dejando a Mínako en un estado más profundo de confusión.

La Doble Vida De Mínako. Donde viven las historias. Descúbrelo ahora