Su cuerpo dolía como si estuviera partido a la mitad, su cabeza palpitaba al mismo ritmo que su desenfrenado corazón, y un chorro de sangre escurría de su cuello, sabiendo eso sólo porque podía sentir lo viscoso y caliente del líquido, aunque, si quisiera comprobarlo, no podría, pues sus brazos estaban inmóviles a sus costados, en ángulos extraños.
Podía ver, borrosamente, como la gente grababa con sus celulares lo que había ocurrido, como otros se tomaban la cabeza, y como unos pocos lloraban, siendo conscientes de su situación. Oía como algunas mujeres gritaban, las sirenas de los policías a lo lejos, y ruidos de chispas siendo salpicadas para todos lados. Tragó saliva con dificultad, sintiendo la boca seca. Quería poder levantarse, decirle a todo el mundo que estaba perfectamente bien.
Pero estaría mintiendo.
Su mejilla estaba contra el asfalto de la vereda, y el resto de su cuerpo estaba extendido sobre la calle. Trató de girar la cabeza un poco, cosa que no pudo hacer con éxito, ya que su cuello produjo un sonido tan horrible como el dolor que llegó después. Cerró los ojos, sin poder gritar, sintiéndose agotado, y no sabía si era por lo que le había pasado, o por el alcohol que había consumido hace tan sólo media hora atrás.
Unas luces rojas, y una sirena de ambulancia retumbando contra sus tímpanos, hizo que suba los párpados, sólo para luego arrepentirse, al ver una pequeña figura desplomada más allá. Los ojos de la niña estaban fijos en él, pero no lo estaban mirando, y su cabello estaba enredado, empapado en rojo.
Un nudo se instaló en su garganta, y lágrimas de dolor comenzaron a brotar de sus ojos.
—¡A un lado! ¡Abran paso! —no pudo distinguir de quién era la voz que exclamó eso, pero sí pudo notar como alguien se agachaba a su lado, tapándole a la niña de su visión. Otro sujeto se colocó a su otro lado, y él, lo único que podía hacer, era llorar.
La niña. Quería que ella sobreviviera.
No lo hizo.
Era su culpa.
—Señor, intente no moverse. ¡Traigan la camilla! —dijo la misma voz de antes. El hombre ni se esmeró en saber cómo era el rostro de su dueño, pues su mente divagaba por lejanos recuerdos que lo único que hacían eran aumentar su dolor y culpabilidad.
—¿En dónde está John? —preguntó una segunda voz.
—Con los otros heridos. Diablos, Kylian, ¡se nos muere! ¡LA CAMILLA!
Lentamente, el hombre fue sintiendo como alguien se inclinaba más hacia su cuerpo, apuntándole con una pequeña linterna, o eso creía él. El paramédico apuntó con ella a sus dos ojos, lo que hizo que un dolor punzante apareciera en su cabeza.
—Tiene midriasis.
—Está teniendo una hemorragia cerebral. —dijo Kylian, con desesperación. El hombre comenzó a cerrar los ojos, cansado.
—Señor, por lo que más quiera, manténgase despierto. —ordenó la primer voz.
Pero él, por más que quiso, no pudo.
—Lla... Llamen a mi sobrino... —fue lo último que pudo decir, antes de caer en una oscuridad infinita.
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Lágrimas se deslizaban por sus ojos, al mismo tiempo que sollozos fuertes salían de su boca. Sus pies movían con rapidez los pedales de la bicicleta roja en la que iba montada. Esquivó los pocos autos que había a esa hora de la madrugada, sosteniendo con tanta fuerza los manubrios, que sus manos comenzaron a sudar. El viento hacía que su cabello se hiciera para los costados, dificultándole la visión, por lo que, de vez en cuando y sin tener ni un poco de cuidado, se los apartaba sacudiendo la cabeza.
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LAS HUELLAS DE LOS RECUERDOS [✔️]
Ficción GeneralUna tragedia desentierra el pasado de los hermanos Corfield y las hermanas Duncan, enfrentándolos a un oscuro misterio. Tres muertos, una persona en coma y una lucha desesperada por dinero los arrastran a reencontrarse tras años de espera. Un prisio...