Capítulo XII

15.5K 1K 84
                                        

Abriste los ojos y los oídos te zumbaban. Te sentías mareada y desorientada. Gemiste en respuesta al punzante dolor de cabeza que sentías.

Pasaste tus manos por tu cara y cerraste los ojos con fuerza un par de veces buscando alivio.

De alguna manera el techo se veía diferente a lo usual.

Te sentaste con una ceja enarcada y viste a tu alrededor. No estabas en tu cama, sino en la de Konig.

Sentiste el pánico subirte frío por la espalda cuando te diste cuenta que la ropa que tenías puesta no era tuya. Era una camisa ancha de hombre, suponías que de Konig; y por debajo no tenías nada. Los recuerdos de la noche anterior te llegaron de golpe.

-Mierda –susurraste para ti misma.

El sonido de la puerta abriéndose te sobresaltó y usaste la manta que tenías encima para taparte casi por completo.

Con los ojos de par en par miraste entrar a Konig con una bandeja en la mano. En la bandeja dos tazas de café, un vaso de agua y un plato que parecía contener desayuno.

-Ah... -dijo cerrando la puerta con su pie detrás de sí-, estás despierta. Buenos días.

No respondiste, sólo lo miraste impactada con la boca levemente abierta.

Se acercó y puso cuidadosamente la bandeja en la mesita de noche a tu lado. Acercó una silla al lado de la cama y se sentó. Te recorrió con la mirada, y luego la fijó en una esquina del suelo. Estuvo en silencio por unos segundos como sopesando lo siguiente que diría.

-Traje algunas cosas –dijo en voz baja-, sé que el café es bueno para la resaca, aunque también traje agua para que bebas primero, debes estar sedienta.

Tomó el vaso de agua que se encontraba en la bandeja y te lo extendió, sus manos temblando, delatadas por el movimiento del agua. Lo aceptaste aún sin decir nada.

-Tú... -Empezó a decir, parecía incluso más nervioso que tú- Sí recuerdas lo que pasó ayer ¿verdad?

Sentiste el calor subir a tú cara, tornándose roja inmediatamente. Deseaste poder esconderte bajo la manta para que no te viera, pero estabas muy nerviosa como para moverte.

Asentiste mirando en otra dirección. Intentando esconder tú cara de él.

Konig apretó las manos sobre sus piernas, tenso. Hubo un silencio.

-Yo me disculpo –dijo en un tonó más alto- profusamente. Estuvo mal lo que hice, te pido que me perdones.

Volteaste a mirarlo sorprendida.

-¿Por qué te estás disculpando? –preguntaste extrañada.

-Yo... A pesar de saber lo ebria que estabas anoche... No pude controlarme...

Con cada oración bajaba un poco más la cabeza. Parecía un niño pequeño siendo regañado.

-Eso no es lo que...

-Me aproveché de la situación –te interrumpió- y entiendo totalmente si no puedes perdonar mis acciones. Te prometo que gestionaré mi transferencia de habitación si eso te hace sentir más cómoda. Incluso si no es un proceso rápido me iré esta misma noche y...

-Konig –Lo llamaste para que se detuviera. Pusiste el vaso en la mesa de noche y te acercaste a él-. Ya. No tienes que hacer nada de eso.

Pusiste una de tus manos sobre las de él, que aún temblaban nerviosamente. Sentiste como el hombre se tensaba un poco, pero acto seguido se relajaba.

-Pero...

-No pasó nada que yo no quisiera ayer ¿okay? –dijiste lentamente, aun sintiendo como el calor te subía a la cara- No es nada que no hubiera pensado sobria ya. Él alcohol sólo me dio valor para... ejecutarlo.

Konig al ver cómo te sonrojabas respiró lentamente. Podía notar como luchabas por no parecer nerviosa al decir lo que estabas diciendo para hacerlo sentir más tranquilo. No pudo evitar posar sus ojos por un segundo en cómo se marcaban tus pechos bajo la camisa que te había puesto la noche anterior.

Bajó la mirada rápidamente avergonzado. Estaba molestó consigo mismo por el hecho de que estaba disculpándose segundos antes, pero los pensamientos sucios en su cabeza no parecían estar en sintonía con lo apenado que estaba.

-¿Entonces no te arrepientes? –preguntó el enmascarado casi en voz baja.

Esa pregunta te sorprendió, y te llenó de ternura al mismo tiempo, ¿estaba preocupado por eso? Realmente parecía un niño.

Negaste con la cabeza.

Pudiste ver el alivio en sus ojos y no pudiste evitar sentir ese instinto de protección como el de una madre con su pequeño, te levantaste y le diste un fuerte abrazo.

La sensación de tu cuerpo pegado al de él lo desconcertó un poco, no estaba acostumbrado a ese tipo de contacto, no recordaba la última vez que le dieron un abrazo.

Lo correspondió mecánicamente poniendo sus brazos sobre ti. Sintiéndose un poco raro. Una sensación cálida en el pecho y un toque de inquietud al que ya estaba habituado por su constante ansiedad.

Sin embargo rápidamente esa sensación fue reemplazada por un inmenso calor cuando empezó a notar la sensación de tus pechos pegados a él. Sólo los separaba una fina tela de ropa y solamente pensar en cómo tus pezones estaban muy cerca de su cara por la manera en que te levantaste a abrazarlo mientras él estaba sentado lo hizo empezar a sentirse mareado.

Inconscientemente apretó sus brazos sobre ti con más fuerza haciendo que te pegaras más a él. Inspiró tu olor profundamente y ante la sensación sintió como algo en sus pantalones empezaba a endurecerse.

Una alarma los sobresaltó a ambos haciendo que se separaran.

-Oye, ¿Qué hora es? –Preguntaste buscando el reloj. Al mirar la hora pusiste una mano en tu frente apurada- ¡Es súper tarde! ¡El entrenamiento debe ir por la mitad ya!

Konig te miró con una ceja enarcada. Un poco molesto por la separación repentina. Empezó a ver como reunías tu uniforme apuradamente y tú toalla para dirigirte a la ducha frenéticamente.

-No pasa nada, casi nadie va a entrenar el día siguiente de las celebraciones. Todo el mundo tiene resaca.

-Yo no falto. –dijiste cerrando la puerta del baño tras de ti.

König x lectora Donde viven las historias. Descúbrelo ahora