Quedaste sin palabras.
Sentías que no habías movido un músculo desde que escuchaste esas palabras salir de su boca, y sus suplicantes ojos húmedos estaban a la expectativa de tu respuesta.
¿Qué se supone que respondes a un ''Te amo''?
¿Gracias?
Negaste con la cabeza ante ese estúpido pensamiento y jalaste al hombre de los brazos para que se pusiera de pie.
-Konig, levántate del suelo.
El hombre te miró aún interrogante.
-¿Escuchaste lo que acabo de decir? –dijo poniéndose de pie y agarrándote por los hombros-. Te acabo de decir que te amo.
Sentiste como tu pecho se aceleraba y tú estomago se revolvía, no sabías cuál era la manera correcta de reaccionar o responder.
-Yo...
Hubo una pausa
-¿No me amas? –preguntó con la expresión en blanco, apretando un poco el agarre en tus hombros.
-Konig, no es eso...
-¿Entonces por qué no me dices que me amas? –Preguntó angustiado, su voz rota- Me amas ¿verdad?
No respondiste.
El hombre te miro fijamente por unos segundos y te movió de adelante hacia atrás desesperado.
-¿Por qué no dices nada? –volvió a caer sobre sus rodillas-. ¿No me amas? ¿Es eso? ¿No me amas? Por favor respóndeme.
Y al verlo ahí, nuevamente en el suelo, rogando por una respuesta de tu parte, no pudiste evitar en el contraste de su persona, en lo diferente que se veía desde afuera, en las instalaciones, en el campo de batalla, no podías creer que la misma persona a la que todos temían allá afuera, estaba ahí, abrazado a tus piernas, pidiendo ser amado. Parecía un niño pequeño, no pudiste evitar pensar en ti misma de pequeña, rogando por amor, un amor que nunca recibiste.
Por un segundo, te preguntaste como habrá sido la niñez de Konig, te preguntaste si alguna vez lo quisieron; o si tal vez, al igual que a ti, no tanto.
Un sentimiento de urgencia invadió tu pecho, y pusiste ambas manos en su cara, para que te mirara.
-Por supuesto que te amo –dijiste, sorprendiéndote a ti misma-, pensaba que eso estaba más que claro.
Konig te miró, y al escuchar tus palabras, inmediatamente una expresión de alivio se formó en su cara.
El hombre se puso de pie, y te abrazó con fuerza.
-¿Es verdad lo que dices? –preguntó sin dejar de apretarte-. ¿No estás mintiendo porque me tienes lástima?
-Digo la verdad. –respondiste aun procesando lo que acababas de decir.
En ese momento tus palabras habían sido más rápidas que tus pensamientos, lo cual normalmente era algo malo, pero en esa ocasión, no se sentía de esa manera; en esa ocasión sentiste un inmenso alivio al decirlo, y lo sabías, era la verdad.
En cierta manera, hablar así te hacía sentir expuesta, no te gustaba esa sensación, como si estuvieras indefensa.
Pero con Konig era diferente.
-Dilo otra vez –Te pidió.
Él te hacía sentir segura. De alguna forma retorcida, sabías que las mismas inseguridades que tenías, él también; sabías que muchas de las cosas por las que habías pasado, él las entendía, aunque no dijera nada al respecto, lo podías ver en su mirada. No había tenido un pasado fácil. No necesitabas que te lo contara para que lo supieras.
Te sentías abrazada por él, metafórica y literalmente.
Pero más que a ti, sentías que abrazaba a tu niña interior; la niña herida, la no querida, la abandonada, la despreciada.
Te sentías abrazada, y querías hacer lo mismo por él.
-Te amo –repetiste.
Konig se separó un poco y se inclinó para darte un suave beso en los labios.
-Otra vez.
-Te amo –dijiste casi en un susurro.
-Otra vez –repitió, también susurrando contra tus labios.
-Te amo, Konig.
Sentiste como su agarre se endureció, el beso antes suave, ahora un poco más intenso
Sus manos, acariciando tu cabello, tu cuello, tus brazos. Sentías que te derretías encima de él.
La manera en que te estaba besando era diferente a todas las anteriores, no descifrabas exactamente en qué, pero lo era.
Caminaron a la cama, y por un momento pensaste que las cosas escalarían, pero al ver que simplemente se acostó a tu lado y te sujetó en sus brazos como si fueras un peluche, te diste cuenta que no.
Estabas tú acostada al costado de Konig mientras este te abrazaba con un brazo y te jugueteaba con tu cabello con el otro.
Simplemente estar ahí acostados, sin siquiera decir nada, te hacía sentir plena.
-Sabes que no hay manera de que ahora te deje ir ¿verdad? –dijo Konig con cara pensativa.
-Espero que no te estés refiriendo a misiones ahora mismo –respondiste con una mueca.
Una risa ronca salió de la boca del hombre, sentiste la vibración en su pecho.
Era lo más feliz que te habías sentido en mucho tiempo, y te gustaría decir que tranquila, pero no.
Junto a esa felicidad, había un sentimiento de inquietud que te calaba los huesos. Todo parecía demasiado bueno para ser verdad, tanto, que estabas segura de que algo malo se aproximaba en cualquier momento, cuando menos te lo esperaras, porque así era.
No tenías el derecho a ser así de feliz.
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König x lectora
FanfictionLlevabas ya un tiempo compartiendo habitación con Konig, al principio la idea no te había convencido del todo, pues se suponía que la distribución de los compañeros de habitación no eran mixtas, pero al ver que el hombre no protestó en ningún moment...
