Capítulo XVIII

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Caminaste a la puerta y pusiste la mano en la perilla, la cual notaste que estaba manchada de sangre también. Pudiste notar como el piso se sentía pegajoso bajo tus pies, de toda la sangre que estaba regada.

Sentiste nauseas, no porque sintieras asco ni nada parecido, sino porque el miedo que te daba abrir esa puerta era impresionantemente aplastante, nunca te habías sentido tan descompuesta como en ese momento.

Inspiraste y sacaste aire en tus pulmones temblorosamente y giraste el pomo. Casi esperabas que la puerta tuviera seguro, pero no.

Al abrirla te encontraste con un muy pálido Konig sentado en el suelo, sobre un gran charco de sangre, y pedazos de tela a su alrededor manchados también. El grifo del lavabo abierto, ya casi regándose.

-Konig –Dijiste, pero sentiste como si las palabras no hubieran salido de tu boca, como si fueran ajenas.

El hombre no respondió. Caminaste a él y te pusiste de rodillas a su lado, inspeccionándolo rápidamente. ¿De dónde salía toda esa sangre?

Lo jaloneaste agresivamente.

-¡Konig! –Repetiste un poco más alto, quitándole la máscara de la cabeza.

Su cabello pegado a su cuello por el sudor frío que le bajaba, sus labios pálidos. Konig abrió los ojos lentamente y los entornó, como tratando de divisar quien lo llamaba.

-Hey –dijo sonriendo un poco-, ¿recibiste las flores?  

Te tomó un par de segundos procesar lo que estaba diciendo.

-¿Qué?

-Las flores –repitió débilmente- ¿te gustaron?

Empezaste a sentir como las lágrimas se acumulaban en tus ojos, no capaz de formular respuesta.

-¿No? –preguntó haciendo una mueca.

-¿Qué te ocurrió? –lograste decir al final-. ¿De dónde sale toda esta sangre?

-Ah, de aquí –dijo subiéndose un poco la manga, mostrando un agujero del que aún brotaba sangre-. Pero estoy bien.

Alucinabas con lo que oías, no podías creer que lo estaba diciendo con tanta calma.

-¿Te dispararon? ¿Por qué no fuiste a qué te atendieran?

-Es que había mucha gente herida, me imaginé que estarían demasiado ocupadas, no quería estorbar. Puedo ocuparme yo mismo.

Una chispa de rabia te apretó el pecho mientras lagrimas calientes bajaban por tus mejillas.

-Te falla ¿no? –dijiste poniendo un dedo apuntando a tu cabeza con rabia-. A tí te debe patinar la cabeza o algo.

Konig soltó una pequeña carcajada que terminó en un jadeo.

-No llores –dijo apretando tu mano-, no pasa nada.

Te sentías mareada, como que todo el baño te daba vueltas encima, la sangre seguía saliendo. Trataste de poner tus temblorosas manos sobre la herida para que parara.

Konig lentamente subió su mano a la tuya y la apretó. Luego condujo tu mano a sus labios y te dio un par de besos en esta, para luego ponerla junto a su mejilla y acariciarla con esta, cerrando los ojos. Se sentía frío.

-Estoy muy feliz de haber pasado tiempo contigo –dijo arrastrando un poco las palabras.

Sentiste un escalofrío subirte por la espalda.

Retiraste tu mano de su cara y le diste un golpe en la cabeza que resonó por el baño.

-¿POR QUÉ HABLAS COMO SI TE ESTUVIERAS DESPIDIENDO? –gritaste levantándote-. NO ME GUSTA, CÁLLATE.

Konig abrió sus ojos de par en par sorprendido.

-Yo...

-QUE TE CALLES. –Te limpiaste las lágrimas de la cara, te agachaste y empezaste a jalarlo de la camisa para que se levantara.- Y hazme el favor y levántate, vamos a la enfermería. Necesito que me colabores, eres muy pesado.

Algo en la manera en que estabas exaltada movió algo dentro de Konig, que parecía estar más despierto.

Konig recogió su máscara del suelo, y se la puso nuevamente, acto seguido puso ambas manos en el suelo para agarrar equilibrio y se levantó después de un par de intentos. El piso estaba resbaloso.

-Ven, pasa tu brazo, apóyate en mí –El enmascarado pareció dudar un momento-. QUE TE APOYES, DIJE.

Te hizo caso después de ese último grito. Al apoyarse en ti pudiste sentir automáticamente su peso en tus hombros. Te tambaleaste un poco, pero metiste y sacaste aire en tus pulmones un par de veces y empezaste a caminar decidida.

Iban a paso lento, pues Konig estaba muy débil y no podía caminar muy bien,  a mitad de camino se encontraron con unos compañeros que te ayudaron a llevarlo, se quedaron sorprendidos al sentir su peso y ver que lo habías llevado hasta ahí sola.

Cuando llegaron a la enfermería, ya entrada la noche, estaba sentada Gloria con los ojos como dos faros vigilando a los heridos. Giro su mirada a ustedes apenas entraron y no necesitaste decir una palabra cuando ya estaba en acción.

-¡Pónganlo por acá! –se acercó a una camilla ocupada por un joven que sólo tenía un par de rasguños y le hizo levantarse-. Cédele la camilla al grandote, está peor que tú.

El joven asintió y se levantó inmediatamente para que pusieran a Konig, el enmascarado desplomado sobre la camilla jadeando.

-¡Ha perdido mucha sangre! –le informaste a Gloria situándote a su lado.

-Se le nota –respondió Gloria con cara seria, mientras le recortaba la camisa para quitársela de encima-, ve limpiando la herida mientras busco los instrumentos.

Buscaste rápidamente alcohol  y lo que necesitabas, pero cuando tratabas de abrir el envase para verterlo sobre la herida del hombre, tus manos temblaban tanto que no podías lograrlo. Estabas demasiado nerviosa, las lágrimas acumulándose en tus ojos nuevamente, maldijiste para tus adentros, no era momento de llorar, tenías que ayudar a Konig.

Gloria al verte, puso una mano en tu espalda y empezó a darte palmaditas.

-Tranquila –dijo con voz suave-, Va estar bien.

No pudiste evitar dar un par de hipidos mientras las lágrimas calientes descendían en tus mejillas.

-Lo siento –Te disculpaste limpiando las lágrimas de tus mejillas.

-Está bien, no te preocupes, déjame ayudarte –dijo quitándote el alcohol de las manos y abriéndolo rápidamente-. Siéntate un rato querida, yo me encargo.

Asentiste, pero cuando ibas a dar un paso para retirarte y calmarte un poco, alguien sujeto tu brazo.

Era Konig.

-No te vayas por favor –dijo con voz débil- quédate conmigo.

Claro, no eras la única que estaba asustada. Apretaste su mano en respuesta y te quedaste junto a él mientras Gloria terminaba de atenderlo.

Cuando Gloria terminó con él, de alguna manera el enmascarado te convenció para que te subieras a la camilla con él, pues no quería que lo dejaras ahí solo.

Así que ahí te encontrabas, un par de rayos de la luz del sol colándose por la ventana, mientras el enmascarado te tenía apretaba en sus brazos. Como si tuviera miedo de que si te soltaba te irías en cualquier momento.

Aunque incluso si lo hiciera, incluso si te soltaba, incluso si te empujaba para que te salieras de su cama, sabías que no serías capaz de alejarte de él.

El miedo que habías sentido ese día, no se comparaba a ninguno que hubieras sentido jamás antes, te hacía meditar con respecto a cómo realmente te sentías hacia Konig, por más que lo quisieras negar o ignorar, empezabas a tener fuertes sentimientos hacía él.

Y eso te asustaba.

Aunque mas te asustaba sentir el bulto en sus pantalones refregándose contra tí.

-¿Tú no estabas herido de muerte? -Susurraste tratando de despegarte, pero era inútil, sus fuertes brazos no te dejaban moverte.

-Es que te extrañé mucho.

König x lectora Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora