CAPÍTULO 28

43 19 3
                                        

"EL TERROR DE LA DECISIÓN"

Los terrores nocturnos son el ejemplo claro para comprender que ni siquiera cuando dormimos estamos a salvo. Estos son espontáneos, no te avisan cuándo aparecerán para que los evites y que no te afecten.

Muchas veces resultan de experiencias perturbadoras que te generan ansiedad, sin embargo, lo peor de todo no es tener un sueño atemorizante, sino cuando las pesadillas se convierten en un hecho real.

Madison

Escucho el sonido eléctrico del bastón retráctil. Estoy a oscuras. No alcanzo a apreciar nada. Sus pasos se oyen lentos, con eco, como si estuviera pisando entre charcos a medida que avanza. Está lejos y aun así sé que se está acercando a mi ubicación.

Siento cómo el pánico está provocando que pierda el control de mi cuerpo. Capto el ruido de la gotera de la tubería averiada detrás de mí. Quiero gritar, pedir ayuda, pero no puedo. Lo único que consigo es silencio, incluso si mis labios están ligeramente separados, buscando un poco de aire.

Sus movimientos se amortiguan con el sonido de mis latidos que cada vez van más en aumento hasta que su ritmo disminuye por completo, es como si mi corazón estuviera sobre mis oídos.

¿Cómo escapo? ¿A dónde voy? No tengo idea por dónde empezar en un lugar que es un color negro total. Sollozo en medio de mi desesperación y entonces huyo hacia donde sea. Pongo toda la energía posible en mis piernas.

Corro y corro por un camino sin final a pesar de que estoy perdiendo la posibilidad de respirar, inhalo y no es suficiente. Me ahogo, me asfixio y sin previo aviso, me estampo contra una figura humana que me hace caer sentada.

Observo hacia arriba a la defensiva y no encuentro respuestas. Por lo tanto, en la misma posición humillante, me apresuro a desplazarme en reversa, estando alerta a mi alrededor que no parece tener límites.

Con torpeza doblo mi pie y de pronto veo su cara regordeta frente a mí mostrándose poco a poco entre las sombras, sonriendo con malicia. De nuevo está aquí. De nuevo ha venido por mí.

―Te toca una nueva dosis ―dice con hostilidad.

Grito sentándome en la cama con rapidez donde hace unos instantes estaba en posición de descanso. Lloro asustada. Las lágrimas caen como cascadas por mis mejillas. Mi cuerpo se sacude con temblores.

―¡Está aquí! ¡Está aquí!

Una luz ilumina el lugar donde estoy. Por instinto volteo y comprendo que Oliver encendió la lámpara que está a un lado de él: solo era un sueño... y eso es lo que ocasiona que llore por alivio y por tristeza al reconocer las secuelas que esa situación me ha dejado.

―Oye, oye ―su tono es suave―. Estás despierta.

―¿Fue otra pesadilla? ―le cuestiono con la voz entrecortada.

―Sí, no fue real. ―Se sienta y me toca el brazo.

―Ni durmiendo puedo desprenderme de esta sensación de amenaza. ―Me acerco permitiendo que me abrace.

―¿Recuerdas la técnica que te enseñé?

Yo asiento rozando mi cabeza contra su pecho.

―Hazla conmigo. Inhala y sostén el aire por cinco segundos, después exhala.

Me aparto y lo observo obedeciéndolo. Al principio se me dificulta llevar a cabo sus instrucciones por el hipo que está incapacitando el ejercicio, pero me esfuerzo por conseguirlo. Lo hacemos juntos una y otra vez hasta que me detengo cuando considero que su ayuda me ha tranquilizado.

PLAN DE ESCAPEDonde viven las historias. Descúbrelo ahora