37. Luz

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Por la mañana, quedan a desayunar después de pasear a su perrita y antes de llegar a los estudios donde se graba el documental. Están las tres pensativas, metidas en sus propios mundos, así que la conversación no fluye demasiado.

Al menos hasta que Menchu se aclara la garganta, en un intento de llamar su atención. Pronto tiene cuatro ojos sobre ella, así que llega el momento de sacar el tema:

—Creo que, si acabamos hoy las entrevistas para el docu, deberíamos hablar de lo que pasó después.

—¿A qué te refieres? —La sonrisa que Menchu le dedica es irónica, así que Ainhoa suspira y se peina el cabello—. Vale, sé lo que toca, pero no entiendo...

—Que la gente no sabe todo lo que mentimos para mandar a la mierda a Arturo y a la discográfica, la que liamos con los jinetes del apocalipsis cuando todo indicaba que nos separábamos, o cuando no teníamos los derechos de nuestra música —enumera Luz—. Y que a lo mejor deberíamos callarnos alguna cosa.

—Gracias, Luz, por entenderme. —Le guiña un ojo.

—Estamos haciendo un documental para desvelar todo lo que vivimos, ¿y ahora queréis censuraros? Pensaba que solo permitíamos censura a cuando follábamos.

—¿A ti te apetece contar que filtraste vídeos de los acústicos para supuestamente recuperar nuestra música? —Ainhoa palidece—. Pues eso. Algo podríamos callarnos.

—Pero algo hay que contar, si no, no tendría sentido.

—Pero no lo más comprometido. ¿Pacto, por favor?

La pelirroja pone los ojos en blanco, pero une sus meñiques cuando su amiga y su novia se lo acercan. Lo aprietan, como promesa final, y no tardan en cruzar la calle hacia los estudios.

∞∞∞

Para empezar esta parte, Luz solo puede pensar en el día que sacaron la portada de la reedición, después de un mes que resultó eterno. Recuerda el mensaje de Arturo para que acudiera a la discográfica después de sacar la portada, y cómo las tres esperaban una nueva bronca, a pesar de que se habían estado portando bien.

No suelen querer hablar con ella, al menos a solas, así que está algo nerviosa por lo que puedan decirle. Ella es mucho menos dura que su novia desde siempre, y teme descomponerse en cuanto le digan algo feo.

Arturo la espera tal y como esperaron a Ainhoa días antes, con una sonrisa enigmática. Se limpia el sudor de las manos en la parte de abajo del mono elegante que se ha puesto. Cuando preguntó frente a sus compañeras qué se pone una para una bronca, a ellas solo les quedó reír.

—¿Vamos, querida? Te están esperando.

—¿Llego muy tarde? —Revisa el reloj del móvil.

—No, tú no tienes que preocuparte por eso.

La empuja con suavidad por la baja espalda, con esa sonrisa que la pone de los nervios. Aprieta los labios mientras suben hasta el despacho del jefe. Este deja de escribir en su ordenador en cuanto ellos entran, invitándolos a sentarse.

—Buenos días, Luz. Teníamos muchas ganas de hablar contigo sobre esto.

—Miren... —Tamborilea sus dedos sobre sus muslos—, ya me imagino de qué va todo esto, y estoy harta. —El hombre de pelo canoso alza las cejas—. Quiero llevar mi relación en público, como yo lo decida, no tener que esconderme y contenerme. Ya he hecho mucho eso —aún le duele pensar en esos años en el armario—, y ahora que estoy bien fuera del armario, no pienso volver a entrar. Sé que Ainhoa no os lo va a decir, pero yo sí.

El latido de una melodía - LuznhoaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora