CAPÍTULO VII

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MAXIM

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MAXIM

Me había acostado temprano pues para mi hoy fue un día agotador y más cuando tuve que cargar a Antonett a casi todas partes, pero no me quejo, lo que me importa es su salud eso sí, terminé con un dolor de espalda, pero jamás se lo diría porque después no me dejaría cargarla y verla quejarse de que la cargo como si fuera paralítica es una de mis cosas favoritas.

«En resumen, provocarla es de tus cosas favoritas»

Estaba tan cansado que al tumbarme en la cama me dormí rápido, estaba relajado, calmado, no estaba soñando nada, pero aun así estaba dormido hasta que siento como se hunde la cama. No abrí los ojos porque ya sabía quién era y al parecer le asusta los relámpagos.

De pronto escucho un relámpago muy fuerte y siento como Antonett me abraza fuerte mientras tiembla, pero no por frio sino por temor.

«Ojalá relampaguee todas las noches»

La abrace para calmarla un poco, al parecer le asustan muchos los relámpagos.

—Aquí estoy osita —le doy un beso en la frente —no tengas miedo.

Empecé a darle caricias por el pelo mientras le repetía que todo iba a estar bien y que no me iba a soltar, pues cada vez que sonaba un relámpago sus abrazos se volvían más fuertes, pero no me lastimaban.

Tiempo después se calmó completamente y se quedó dormida en mis brazos.

—Dulces sueños osita.

Agarre la sábana para cubrirnos a ambos hasta que me detengo a verle la camisa que lleva puesta.

Pequeña ladrona.

Aunque a mi parecer le queda mejor a ella mi camisa del hombre araña. Se ve tan linda, tan inocente y tierna hasta cuando duerme. Nos cubrí bien con la sábana y me acomodé para dormir a gusto con ella.

Cerré los ojos, pero los volví a abrir al sentir unas manos delicadas en mi pecho apretando mi camisa, al parecer Antonett está teniendo una pesadilla.

Para ser sincero no soy bueno en estos temas de conquistar a alguien y menos el darle palabras motivacionales o calmantes, pero desde el primer día que la vi en la casa del árbol intentando huir de algo. Me llamó la atención, no se dejaba ver el rostro de nadie porque siempre llevaba capucha, pero aquí me tiene, rendido antes sus magníficos ojos grises.

Le volví a besar la frente a Antonett cosa que al parecer hizo que la calmara, pues su agarre se aflojó por completo.

Cerré los ojos está vez conciliando el sueño, pero en mi perspectiva, en vez de ser sueño parecía una pesadilla, veía humo por todas partes, pareciera como si estuviera en una gran sala, como si se tratase del castillo de Antonett.

Intentaba mirar por donde caminaba hasta que de la nada el humo desaparece y me encuentro a una Antonett pasando frente mío sin darse cuenta de mi presencia mientras corría a la salida con alguien agarrados de la mano.

ANTONETTDonde viven las historias. Descúbrelo ahora