Gian
La ira y el pánico me invadieron, pero no podía quebrarme. No mientras mi esposa seguía desaparecida. Cato, Luciano y yo llegamos a la casa dónde protegíamos a Nao y Aurelio.
Nada...
Lo único que encontramos fue una inofensiva gatita egipcia que maullaba porque estaba hambrienta. Luciano la cargó en sus brazos y se hizo cargo de ella. Cato, en cambio, lucía pálido, perdido como yo. Era la primera vez que lo veía tan preocupado.
Intercepté a los guardias que custodiaban la casa. Confiaba en estos malditos hombres y me fallaron. Todos ellos eran unos ineptos. Hablaban frenéticamente, tratando de explicarme lo sucedido. No me importaba. Morirían en mis manos.
—¿Me estás diciendo que violaron la seguridad de la casa y no se dieron cuenta? —exigí, pasándome una mano por el pelo—. ¡Era tu trabajo cuidarlos!
Battista, el jefe de seguridad, tragó saliva con dificultad.
—Mataron a cinco de nuestros hombres—Las palabras salieron entrecortadas—. Derribaron la entrada trasera y no nos dieron tiempo de reaccionar. Lo siento mucho, señor Vitale.
Saqué el arma de la cintura de mis pantalones y le disparé directo en la frente. Hice una mueca de irritación cuando su cuerpo cayó pesadamente en la pequeña alfombra de bienvenida. Los demás agacharon las cabezas, manteniéndose fuera de mi camino. Tenían una sola tarea y no fueron capaces de cargar con la responsabilidad. Hijos de puta...
Cato se aflojó la corbata, ignorando la sangre que nos rodeaba. Se acercó con el celular en la mano y me enseñó las grabaciones de hacía horas. Aurelio y Nao tomaban el té justo cuando fueron atacados por al menos diez japoneses. Vi como la pobre mujer gritaba y lloraba mientras su esposo luchaba impotente.
Maldita sea. Eran solo ancianos inofensivos. Ver tanta violencia hacia la familia de mi mujer me nubló la vista. Aparté la mirada con las venas a punto de reventar. Le hice una promesa y no pude cumplirla. Era mi culpa que ella estuviera en peligro. Cometí un enorme error y no iba a perdonarme. Ahora estaba en manos de esa basura.
Es mi culpa. Es mi culpa. Es mi culpa...
—Hemos accedido a todas las cámaras de la ciudad —expuso Cato—. Sabemos exactamente dónde encontrar a Nao y Aurelio.
Me giré hacia él.
—¿Qué hay de mi esposa?
Las facciones de Cato se endurecieron.
—A estas alturas está fuera del país.
🖤
Había reprimido mis emociones el resto de la noche a pesar de que todo lo que deseaba hacer era quemar el mundo. Cada segundo me había estado reprendiendo por no haberle puesto un rastreador a mi mujer. Era invasivo, sí, pero al menos sabría por dónde diablos empezar a buscarla. Nunca debí perderle de vista. Nunca...
Me mordí los nudillos y cerré los ojos. No había tiempo para lamentos ni lágrimas. Tenía que organizar el viaje a Japón y planificar su rescate. Solo esperaba que Raiden no le tocara un pelo. Solo esperaba no llegar a ella demasiado tarde.
—La fortaleza Tanaka —masculló Cato a mi lado—. Es el único lugar dónde podremos encontrarla.
Luciano nos observó a través del espejo retrovisor. Conducía a lo loco, ignorando todas las señales de tránsito. Afortunadamente la policía no fue una molestia y nos adentramos a las carreteras desiertas que nos llevaba al campo. Bastardo listo. Raiden trajo a Nao y Aurelio aquí para seguir ganando tiempo.
