Capítulo 46 (Final)

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Nara

Diez años atrás...

La limusina se detuvo frente a una preciosa casa de dos pisos. No se parecía en absoluto a la mansión en el que fui criada. Era sencilla, acogedora y con un hermoso árbol de cerezo en la entrada. Riku, el chófer personal de mi padre, me abrió la puerta.

—Vamos, niña—dijo, su voz ronca y con un toque de amabilidad—. Hemos llegado a tu nuevo hogar.

Me aferré a mi peluche de conejillo rosa y fruncí el ceño. ¿Mi nuevo hogar? Por favor, no. Yo ya tenía uno. Mi hermano estaba allí y quería abrazarlo.

—Llévame de regreso—imploré—. Llévame a casa. Quiero estar con mi padre y Cato.

Riku se puso de cuclillas y me dio una sonrisa. Un gesto que me pareció muy extraño. Siempre había sido frío conmigo y era gruñón. Odiaba que corriera por la casa. Odiaba que hablara demasiado. Me llamaba pajarraca parlanchina. Nunca estaba de humor para escuchar mis bromas.

—Escucha, niña—La palabra niña sonaba como un insulto—. Tu madre está muerta y tendrás que afrontarlo. Ahora camina. No me obligues a arrastrarte.

Ese era el Riku que conocía...

Me tragué el sollozo y no protesté cuando agarró mi brazo. Otro hombre sacó mis maletas del auto y nos acompañó hasta la puerta. Riku no llegó a tocar el timbre. No fue necesario porque fuimos recibidos por una mujer de aspecto dulce y gentil. Vestía un kimono y su cabello castaño estaba atado en un moño. Solo había visto fotografías de ella, pero supe inmediatamente quién era. Mi abuela Nao.

—¡Narita! —gritó ella con alegría. Hablaba en japonés, aunque tenía un acento italiano—. ¡Qué alegría conocerte! ¡Bienvenida!

Detrás de ella, apareció un hombre alto y de camisa a cuadros. Sus ojos no eran rasgados. Eran oscuros y amenazantes. Sostenía una escopeta en las manos. ¿Él también era malo como mi papi? ¿Por qué me miraba así?

—¿No hablas, querida? —insistió Nao cuando me quedé en silencio—. Pobrecilla, debió ser un viaje muy largo —Miró al señor detrás de ella—. ¡Deja de ser impertinente y baja esa escopeta, Aurelio! ¡Estás asustando a nuestra nieta!

¿Aurelio? ¿Mi abuelo? Él gruñó y obedeció. Sus ojos se suavizaron cuando me miró.

—¿Quieres comer algo? —preguntó—. Cocinamos las mejores pastas del mundo...

Eso me arrancó una sonrisita. Mi madre solía decirme que sus padres eran expertos en la cocina y que la comida que preparaban le curaban el alma. Deseé que esas pastas sanaran el dolor en mi corazón.

—Tengo mucha hambre —admití, abrazando más fuerte mi peluche de conejillo. Mi voz sonó tímida y pequeña.

Aurelio y Nao compartieron una mirada llena de emoción. Noté que estaban llorando.

—Entonces entra y te daremos de comer, cariño—dijo Nao—. Aquí nunca pasarás hambre.

🩷

No me costó escabullirme del evento durante el discurso de Gian. Era una locura no informarle lo que estaba ocurriendo, pero fue lo mejor. No arriesgaría a mis nonnos después de que Raiden amenazó con matarlos. Ahora todo lo que importaba era llegar a ellos.

Salí a las calles con los ojos llenos de lágrimas, apenas respirando cuando alguien atrapó mi codo y me advirtió en silencio que no gritara. Parpadeé, conmocionada y aterrada mientras miraba al desconocido. Traje oscuro, ojos rasgados y una cicatriz atravesándole la ceja izquierda. Era miembro del clan Tanaka. No hizo falta decir nada más.

Imperio OscuroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora