Capitulo 50 Manipulación y profecía.

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Era una noche oscura y tempestuosa, cuando Lucius Malfoy se sentó en su despacho, iluminado solo por la tenue luz de las velas. Tomó un pergamino nuevo, mojando la pluma en tinta negra. Su mano temblaba ligeramente, no por miedo al basilisco, sino por el peso de la información que estaba a punto de compartir.

—"Querido padre," —comenzó a escribir con una caligrafía firme, —"las puertas de la Cámara de los Secretos han sido abiertas. Hemos encontrado al basilisco, una criatura de proporciones colosales, pero no temas, cerré los ojos a tiempo para evitar su mirada mortal."

Lucius hizo una pausa, recordando el momento en que la serpiente emergió de las sombras, sus escamas resonando como un susurro siniestro en las paredes de la cámara. Había sido más aterrador de lo que imaginaba, pero estaba más preocupado por lo que vendría después.

—"Aún no hemos liberado al monstruo para que cumpla su misión," —continuó, —"estamos esperando el momento oportuno. Estela está ansiosa por demostrar su valía, pero he notado un leve titubeo en sus acciones. Sin embargo, confío en que sabrá cuál es su deber cuando llegue el momento."

Lucius enrolló el pergamino con cuidado y lo selló con el emblema de la familia Malfoy. Con un movimiento de varita, la selló para que llegara a su destino, sin saber que sus palabras serían leídas por otros ojos.

***

En un lugar lejano, en una habitación oscura y fría, Tom Riddle, abrió el pergamino que Abraxas Malfoy había pasado de su hijo. Sus ojos recorrieron las palabras con rapidez, pero algo en el informe de Lucius le provocó una inquietud latente.

—"¿Estel?" —murmuró Voldemort para sí mismo, frunciendo el ceño. —"¿Será capaz de cumplir con la tarea que le he encomendado? El basilisco debe ser liberado para que los ataques retomen su curso y la escuela vuelva a ser presa del terror..."

Pero una sombra de duda se instaló en su mente. La confianza en los demás era algo que rara vez concedía, incluso a sus seguidores más fieles. Necesitaba estar seguro.

Llamó a su lado a Nagini, la serpiente que siempre permanecía a su lado, la única criatura en la que confiaba completamente.

—"Nagini," —dijo en un susurro, mientras la serpiente se enroscaba a sus pies, —"necesito que vigiles a Estel. Asegúrate de que no flaquee en su tarea. Usa tus habilidades, camuflajeate entre las sombras y asegúrate de que no te detecten. No podemos permitir que todo lo que hemos planeado fracase ahora."

Nagini, con sus ojos reptilianos brillando en la oscuridad, asintió de una manera que solo una criatura mágica podría entender. Con un ligero siseo, se deslizó fuera de la habitación, su cuerpo ondulante desapareciendo entre las sombras.

Voldemort se quedó solo, contemplando la ventana donde la luna apenas asomaba entre las nubes. La paciencia nunca había sido su virtud, y el tiempo se agotaba. Si Estel no cumplía, él mismo se encargaría de liberar al basilisco y desatar el caos en Hogwarts.

—"Muy pronto," —se dijo a sí mismo, —"el miedo volverá a reinar."

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Hermione caminó con paso decidido hacia la mesa de la biblioteca donde Estel y Lucius estaban sentados. La sala estaba casi vacía, con solo unos pocos estudiantes más enterrados en sus libros, lo que hizo que la presencia de Lucius Malfoy destacara aún más para Hermione. Desde lejos, había notado la postura tensa de su hija, y la mera presencia de Lucius le generaba una inquietud que no podía ignorar.

Al acercarse, Lucius levantó la mirada, sus ojos grises brillando con una mezcla de desdén y superioridad. No hacía falta que Hermione pronunciara una palabra para que él comprendiera que su presencia no era bienvenida. Sin embargo, mantuvo la compostura, como si estuviera disfrutando del malestar evidente en Hermione.

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