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El avión aterrizó suavemente en Missoula, y un suspiro involuntario escapó de mis labios al ver las montañas familiares en la distancia. Me sentía exhausta, tanto física como emocionalmente. Durante todo el vuelo desde India, el cansancio había sido el único factor que logró distraerme de pensar en Kiran y en la decisión que tomé de marcharme. Pero, cuando el avión despegó, no pude evitar las lágrimas. No por haber dejado India, sino por haber dejado atrás una parte de mí misma que, de algún modo, se había aferrado a la posibilidad de algo más.

Mientras esperaba el Uber en el aeropuerto, traté de centrarme en el hecho de que ahora estaba de regreso, de que podía cerrar este capítulo, y de que, en quince días, mis padres regresarían también. Y entonces, cuando lo recordé, mi estómago se retorció: era muy probable que, en esos días, ellos fueran testigos del compromiso entre Kiran y Priya, el amor de esos dos que, en mi mente, seguía alimentando mis celos y un vacío doloroso.

A las 4:37 de la tarde, finalmente llegué a casa. En cuanto abrí la puerta y el olor familiar me envolvió, una sensación de paz me invadió. El silencio del lugar, el suave murmullo de la madera al caminar y la luz tenue que se filtraba por las ventanas creaban un refugio en el que por fin podía relajarme.

Solté la maleta en el pasillo y caminé hacia mi habitación, donde mi cama me esperaba, como un santuario de confort. Me dejé caer en el colchón, sintiendo la suavidad de las sábanas, y cerré los ojos mientras un suspiro escapaba de mis labios.

Por fin en casa.

Solo quería hundirme en mis sueños y dejar que el cansancio disipara los pensamientos que aún giraban en mi mente.

Me dormí profundamente, y las horas parecieron desvanecerse en un parpadeo.

Desperté cuando ya era de noche, y miré el reloj. Era más tarde de lo que esperaba. Apenas distinguí los números, recordé que aún tenía que avisarle a mis padres que había llegado bien. Me incorporé y tomé el teléfono, solo para ver que la pantalla estaba repleta de notificaciones. Había algunos mensajes de mis padres, pero lo que más llamó mi atención fue la cantidad de mensajes de Kiran.

Abrí los mensajes de mis padres primero, respondiendo rápidamente que había llegado sin problemas y que me sentía cansada pero feliz de estar en casa. Luego, sin poder evitarlo, abrí los mensajes de Kiran.

"¿Por qué regresaste a Estados Unidos sin decirme nada?"

"Elena, ¿estás bien? Necesito saber que estás bien."

"¿Por qué estás ignorando mis mensajes?"

"Elena, ¿qué pasó? No te entiendo..."

Había más, pero sentí que mi pecho se apretaba con cada palabra. Decidí no responder. Era mejor así. Guardé el teléfono y respiré hondo, tratando de sacarme esos pensamientos de la cabeza. Recordé que a las 10 tenía una cena con Kath, mi mejor amiga, y el simple hecho de verla me levantaba el ánimo. Necesitaba esa dosis de normalidad.

Me arreglé rápidamente, y a las 8 en punto llegué al pequeño restaurante de siempre, donde Kath ya me esperaba en una mesa junto a la ventana, con una sonrisa cálida y su estilo inigualable. Al verme, se levantó y me abrazó con fuerza, como si el tiempo no hubiera pasado desde la última vez que nos vimos.

— ¡Finalmente! —dijo, mirándome con una mezcla de felicidad y curiosidad— Quiero escuchar todo, absolutamente todo.

Solté una risa suave, agradecida por la familiaridad que su presencia traía, y supe que, al menos por esa noche, podía encontrar un poco de consuelo en el regreso a mi mundo.

Bajo las 7 promesasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora