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La pelinegra caminaba por los pasillos con pasos firmes, pero su mente era un torbellino. Sus manos, todavía cruzadas a la altura del pecho, sostenían el eco de la mirada desafiante de Gala y sus palabras cortantes. La molestia se mezclaba con una confusión que la irritaba aún más.

Respiró hondo mientras sus tacones resonaban en el suelo pulido. Su postura seguía impecable, pero su mandíbula estaba tensa, y su ceño ligeramente fruncido delataba el huracán emocional que trataba de controlar. Gala la desafiaba, sí, pero también despertaba algo que Karime llevaba años enterrando: una vulnerabilidad que la asustaba y una atracción que no podía negar.

Cuando llegó a recepción, se detuvo bruscamente, como si al hacerlo pudiera obligar a su mente a enfocar. Laura, la enfermera en turno, le dedicó una sonrisa educada, aunque vacilante al notar la tensión en el rostro de la cirujana. Karime apenas lo notó.

—¿Quiénes están asignados para la guardia de esta noche en urgencias? —preguntó, su tono bajo, frío, pero firme, con una intensidad que no invitaba a preguntas.

Laura revisó rápidamente el registro en la computadora.
—Bozzo, Jiménez y Vidal. El médico asignado es el Doctor De La Torre.

Esta asintió lentamente, como si analizara cada palabra. Sin embargo, algo en su interior la impulsó a actuar antes de pensarlo demasiado. Extendió la mano hacia el registro que la enfermera había colocado sobre el mostrador y, con movimientos calculados y precisos, tachó los nombres de los tres residentes y escribió uno solo: Montes, G.

Laura parpadeó, confundida, pero no hizo preguntas. Había aprendido que cuando Karime Pindter daba una orden, no era sabio cuestionarla.

—Notifique al Dr. De La Torre que su residente asignada será Montes —ordenó Karime, dejando el bolígrafo con un golpe suave sobre el mostrador.

Suspiró tratando de recuperar el control, dio media vuelta y continuó su camino dispuesta a descansar después de un largo día lleno de tensión, su mente aún reviviendo los momentos del ascensor. No estaba segura de si lo que acababa de hacer era producto de su enojo, de su deseo de control o de algo mucho más complejo que no sabía cómo manejar en ese momento: sus fuertes sentimientos por Gala.

Montes caminaba hacia la sala de descanso, arrastrando los pies con un cansancio que parecía haberse instalado en cada fibra de su cuerpo. El largo día en el hospital, combinado con todo lo ocurrido con cierta doctora, había dejado su ánimo por los suelos. Bostezó mientras llevaba una mano a su nuca, sobándola con movimientos lentos, intentando aliviar la tensión que sentía acumulada en esa zona. Su cabello rojizo, recogido a la prisa en una coleta alta, apenas se mantenía en su lugar, y su bata mostraba manchas tenues de café derramado y guantes de látex usados.

El ascensor, la noche anterior, esta mañana, la discusión, las palabras cargadas de doble filo... Todo seguía repitiéndose en su mente, como una cinta interminable. ¿Por qué las cosas tenían que ser así con Karime? Cada interacción parecía un campo minado, lleno de emociones que ni siquiera sabía cómo manejar. Lo que más le frustraba era lo mucho que podía afectarla, como si tuviera un control involuntario sobre sus emociones. La admiraba tanto como la exasperaba, la deseaba tanto como la inquietaba.

Por mucho que intentara racionalizarlo, el peso de esos sentimientos la agobiaba. Sus pensamientos eran un caos: ¿Era enojo lo que sentía ahora, o había algo más profundo, más complicado? No quería admitir que, incluso cuando Karime estaba siendo completamente irracional, había una parte de ella que no podía evitar buscar su aprobación.

Justo cuando pensaba que podría disfrutar de unos minutos de tranquilidad para procesar todo, escuchó pasos apresurados detrás de ella.

—Gala, espera —llamó Briggitte, tomándola suavemente del brazo para detenerla.

Anatomy Of Two | GarimeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora