𝟐𝟒

468 42 85
                                        

19/03/2022 - Argentina, Latinoamérica.

MATÍAS

Hoy es un día de rodaje como cualquier otro.

O al menos eso intentaba convencerme mientras estaba sentado en la silla más incómoda del planeta. Alrededor, el equipo ajustaba las cámaras, los focos, los decorados. Todo el caos habitual. Pero mi mente no podía concentrarse.

Porque, a pesar de que dije que no me importaba, que ya había aprendido a ser un Matías digno y autosuficiente, la verdad es que Enzo no me ha dirigido ni una sola mirada en todo el día. Y claro, yo tampoco a él. Eso lo llevo con algo de orgullo. ¡Ya no soy un perrito faldero!

...

Aunque si fuera un perro, probablemente estaría de esos que te siguen moviendo la cola aunque los ignores.

Pero no. Hoy he decidido que voy a mantenerme firme. No voy a dejar que me afecte. Ni siquiera cuando lo veo al otro lado del set, ajustándose el cuello de su chaqueta de cuero mientras charla con Fran y lanza una risa que, bueno, no me interesa en lo absoluto. No me interesa.

Spoiler: mi propia palabra no duró ni cinco minutos.

Enzo se giró, como si de repente algo le hubiera distraído. Mi corazón, por supuesto, decide dar un salto digno de un atleta olímpico. Pero, por supuesto, no me mira. En su lugar, pasa de largo, como si yo no existiera.

Genial. Perfecto. Justo lo que quería.

La lluvia.

La jornada transcurre sin muchos desastres, más allá de un par de tomas que tuve que repetir porque Diego me hizo reír en plena escena. Agustín, por supuesto, aprovechó para recordarme que mi "profesionalismo" era precisamente igual a mi amor por las empanadas.

Chiste que no entendí hasta que me acordé que de pequeño me había pasado toda una noche en el baño vomitando después de cenar dos empanadas de atún que me había preparado mi madre.

Y entonces, comienza a llover, primero cae una gota, la cual aterriza en mi mejilla. La siguiente en mi pómulo, y luego en el ojo, hasta que poco a poco me voy llenando de gotas de agua. No es una llovizna agradable, de esas que inspiran poemas y selfies en blanco y negro.

No.

Esto es un diluvio bíblico. Agua cayendo en cortinas gruesas, empapando todo a su paso.

¿Y qué es lo peor de todo? Exacto. No tengo mi chaqueta. Mi hermosa, carísima chaqueta. Esa que desapareció misteriosamente en el aeropuerto y que ahora está en manos de un señor amargado, disfrutando de su segunda vida.

Mientras todos se cubren con lo que pueden, yo estoy ahí, de pie, como una estatua viviente del desastre. Agustín me mira con una mezcla de lástima y diversión, porque claro, yo siempre soy el espectáculo gratuito del día. Y justo cuando estoy considerando si meterme debajo de una de las cámaras para resguardarme, aparece Rafael con una chaqueta en la mano.

—Toma, Matías. Ponte esto antes de que te conviertas en una sopa.

La chaqueta no era precisamente de mi estilo, pero en ese momento, cualquier cosa era mejor que nada. Cuando tienes las extremidades casi en estado de rigor mortis, las preguntas filosóficas como "¿De quién será esta prenda?" pasan a un segundo plano. Así que me la puse. Y oye, estaba calentita y olía bien, algo que me sorprendió porque la mayoría de las chaquetas prestadas huelen a perro mojado.

Aunque me quedaba un poco larga, al menos cumplía con su propósito. Pero apenas la ajusté, un olor familiar me golpeó. Algo en esa chaqueta me resultaba extrañamente reconocible, como un perfume que había olido antes.

𝐇𝐀𝐁𝐈𝐓𝐀𝐂𝐈Ó𝐍 𝟏𝟎𝟑 - 𝐆𝐞𝐧𝐞𝐳𝐚.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora