𝟑𝟐

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24/03/2022 - Argentina, Latinoamérica.

MATÍAS

La oscuridad me envolvía como un manto espeso, sofocante. No podía ver nada. Solo podía escuchar mis propios pasos resonando en algún lugar vacío, como si caminara sobre hielo quebradizo.

—Enzo... — mi voz temblaba, perdida en el eco.

No había nadie.

Mis latidos empezaron a acelerarse, golpeando en mi pecho como un tambor desbocado. El miedo se me enredaba en la garganta, inmovilizándome. No entendía dónde estaba, pero la sensación de vacío me devoraba desde dentro.

Entonces, lo vi.

Su silueta apareció entre la penumbra, de espaldas a mí.

—Enzo... — repetí, esta vez con más fuerza. —Enzo, ¿dónde estás yendo?

Él no se giró.

Mi corazón dio un vuelco, y empecé a caminar hacia él, con las piernas pesadas, como si estuviera atrapado en un sueño lúcido donde todo se movía más lento de lo normal.

—No me dejes...

Mis palabras salieron apenas en un hilo de voz, pero él seguía caminando.

Cada paso suyo era una puñalada en mi pecho. Quise correr, gritar su nombre, alcanzarlo... pero cuanto más me acercaba, más lejos parecía estar.

—Enzo, por favor...

Mis ojos se llenaban de lágrimas, mi respiración se volvía entrecortada.

Y entonces, él se giró.

Su rostro era frío, inexpresivo. Ni rastro de esa ternura que siempre escondía detrás de sus ironías. Sus labios se curvaron en una sonrisa cruel, que nunca le había visto.

—¿Qué pensabas, Matías? — su voz sonaba hueca, casi burlona. —¿Que esto iba a durar?

Mi pecho se encogió de dolor.

—¿Qué...?

—Tú y yo... — dio un paso hacia mí, con las manos en los bolsillos. —Esto nunca fue nada, chiquito. Solo estaba jugando contigo.

Sentí que la tierra se abría bajo mis pies.

—No... No digas eso...

Él sonrió con más crueldad.

—¿De verdad creías que te iba a elegir? ¿Que iba a arriesgar todo por alguien como tú?

El corazón me latía tan fuerte que dolía.

—Me dijiste que me amabas...

La sonrisa de Enzo se borró. Por un segundo, creí ver algo romperse en sus ojos, pero luego desvió la mirada con indiferencia.

—Mentí.

Fue como si me arrancaran el alma de golpe. El aire se quedó atrapado en mis pulmones, y las lágrimas me nublaron la vista.

—No...

—Despiértate, Matías. Esto nunca fue amor, solo fui bueno contigo porque me dabas pena.

Cada palabra era una puñalada directa al pecho.

Quería gritar, suplicarle que no me dejara.

Pero no podía moverme.

Mis labios se abrieron para decir algo, cualquier cosa...

Y entonces, él se dio la vuelta y empezó a alejarse, dejándome solo en la nada.

—¡Enzo!

El grito se me quedó atascado en la garganta, y de repente, todo se quebró.

𝐇𝐀𝐁𝐈𝐓𝐀𝐂𝐈Ó𝐍 𝟏𝟎𝟑 - 𝐆𝐞𝐧𝐞𝐳𝐚.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora