50. "El Final"

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Capítulo 50 "El final"


Cuando puse un pie dentro de la habitación mi corazón amenazaba con salirse de mi pecho, y es que entre la excitación y el nerviosismo había perdido el control de mi cuerpo y mis acciones.

—Creí que estarías en tu antigua suite.

La habitación era como mínimo de la mitad del tamaño del lugar en donde Samuel pernoctaba en el pasado. El espacio era justo y necesario, nada tan grande como para albergar a un ejército, tampoco algo tan pequeño como para sentirse demasiado encerrado. Había un espacio en el pasillo de entrada reservado para un ropero, y una puerta en la que asumía que se ubicaba el baño.

Las paredes eran de color crema, la mesa de noche, las puertas y los detalles eran de madera. La cama era de dos plazas, tenía unas clásicas sábanas blancas, pero el detalle que la hacía especial era la cobija oscura con el logo del hotel.

Todo estaba en perfecto orden a excepción de un escritorio en la esquina, éste tenía un montón de hojas, bolígrafos y notas dispersas al lado de la laptop que presumía era la de Samuel. Al lado del escritorio había un mini refrigerador negro, y un par de golosinas encima de ella.

—Mi paso por la ciudad no se extenderá más de dos o tres días, no veía la necesidad de quedarme en un sitio tan grande. —Se movió al escritorio y acomodó un poco el pequeño desorden al darse cuenta que mi vista estaba en ese lugar—. Puedo pedir la llave de esa suite si así te sientes más cómoda, hasta donde sé se encuentra desocupada.

—No es necesario. —La voz me salió casi en un susurro, y es que mi garganta se encontraba reseca—. Tengo sed, ¿me podrías dar algo de agua?

El chico se remitió a los hechos y, sin emitir palabra alguna cogió una botella de agua dentro del refrigerador. Una vez que la tuve en mis manos no demoré tanto en abrirla y beber al menos la mitad de un solo trago.

En ningún momento me quitó la mirada de encima, había una mezcla rara entre curiosidad y diversión en ella. Pero tratando de ignorar ese hecho le devolví la botella con un poco de agua todavía en ella, él no hizo más que devolverla al refrigerador para después posar su atención de nuevo en mí.

—¿Nunca has tenido sexo casual verdad?

Estuve a punto de negar con la cabeza pero antes de que eso ocurriera, Samuel comenzó a carcajearse, tanto así que algunas lágrimas se asomaban en sus ojos y su rostro comenzó a ponerse rojo.

Pero la que iba a terminar roja de la ira era yo, es decir, él tenía razón, pero que se riera de eso no era lo más reconfortante para mí en ese momento.

Después de haber terminado con Samuel sólo me había acostado con alguien más, y fue una persona con la que salí al menos tres meses. Lo de enrollarme con alguien sin un vínculo preestablecido nunca había sido lo mío, toda esa idea que tuve con Destiny aquella tarde ya había sido una completa locura.

—Tienes razón, no sé qué rayos hago acá. —En un principio pensé en voz alta, pero al darme cuenta que las palabras habían salido de mí, decidí continuar—. Supongo que fue bueno verte después de todo.

Enfurecida me di media vuelta y crucé el pasillo con toda la intención de salir de esa habitación, no iba a quedarme ahí parada viéndolo reírse de mi estado de nerviosismo.

Pero no llegué a tocar el pomo de la puerta cuando sus brazos me detuvieron al envolverme contra su pecho, su cabeza se inclinó hasta el espacio que había entre mi cuello.

—Basta de risas, ya entendí. —Sentí su aliento en mi oreja derecha mientras me susurraba—. Yo no soy un simple extraño Avery, espero que siempre lo tengas en cuenta.

Su boca no se detuvo en mi oreja, no sería Samuel si se detuviera en una sola parte de mi cuerpo. Arrastró su boca desde el extremo derecho de mi cuello hasta mí nuca, y de mi nuca al otro extremo del cuello. Sus besos eran cortos pero contundentes, por lo que cada extremidad de mi cuerpo comenzaba a sentirse exaltada por el contacto.

Sus brazos aflojaron el agarre que tenían, su mano izquierda se posó en uno de mis pechos y la derecha se coló por debajo de mi vestido suelto para acariciar mi muslo. Mi mente se relajó lo suficiente como para no pensar en otra cosa más que en la manera que me estaba tocando.

Sus  caricias sugerentes fueron pausadas, su única intención de quitar desabrochar los botones frontales de mi vestido. De arriba a abajo fui sintiendo como la prenda se iba aflojando, como mi pecho se movía de manera más rápida con cada botón que iba quedando libre.

Tan solo unos segundos le bastaron para dejar que mi vestido cayera detrás de mis hombros, directo al suelo. Al sentir la mayor parte de mi piel expuesta mis vellos se erizaron, y es que aunque no tenía a Samuel de frente, sabía que le estaba dando una buena mirada a la parte trasera de mi cuerpo.

Su boca comenzó un recorrido lento y tortuoso por mi espalda, comenzando por los hombros de izquierda a derecha y devolviéndose hasta quedar en el centro, justo en mi columna vertebral. Desde el punto alto de mi columna el juego de labios que había tenido se fue intensificando con la participación de su lengua.

De arriba a abajo no paró de juguetear con la zona en cuestión, cerré los ojos para poder procesar todo lo que estaba pasando, pero mi mente lujuriosa solo intentó recrear cómo él debía estar agachado para alcanzar a besar la parte más baja de mi espalda.

Sabía que mi cuerpo se mantenía estable porque sus manos se habían aferrado desde un principio a mi cintura desnuda, y yo como instinto había pasado las mías justo arriba de las suyas.

Cuando su boca llegó al punto en donde empezaba el elástico de mis bragas dudé de cuál sería su próximo movimiento, al principio pensé que las bajaría de inmediato, dejando de esa manera mi cuerpo más expuesto de lo que ya estaba.

Pero es que él ya me lo había dejado en claro antes, el chico con el que estaba comenzando a intimar en ese momento no era un simple extraño. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que habíamos tenido sexo, pero eso no significaba que se hubiera olvidado de las cosas que más disfrutaba.

La parte trasera de mi cadera era un lugar muy sensible de mi cuerpo y, desde que él lo había descubierto se detenía allí cada vez que se le antojaba, al parecer deseaba hacerlo de nuevo. Sus labios se deslizaban de forma tan delicada que había instantes en la que mi mente juraba que sólo lo estaba imaginando, pero cuando su lengua hacia acto de presencia, entonces recordaba que todo era muy real.

Mi agarre sobre sus manos había sido superficial hasta el momento en que decidió ser más severo conmigo, y es que a medida que mi excitación se vio en aumento, la fuerza de mi agarre se intensificó. Pero eso sólo hizo su jugueteo más descarado, tanto así que el primer gemido de la noche salió por fin de mi boca,  y cuando eso sucedió sentí como a Samuel se le dibujaba una sonrisa sobre mi piel.

—Vamos a quitarte esto también. —Retiró sus manos de mi cintura para enfocarse en desabrochar las tiras de mis sandalias—. No saldrás de acá descalza y en ropa interior.

—Si te portas mal no dudaría en huir, así que no estés tan seguro.

—Pero si ambos vamos a portarnos mal, nadie va a huir a ningún lado.

El chico se puso de pie nuevamente y tal como lo había hecho en un principio me envolvió en sus brazos, pero esta vez nos hizo caminar en retroceso. Dejé mi vestido y mis sandalias justo frente a la puerta, y mis pasos descalzos me acercaron cada vez más a la cama.

Cuando los pasos de detuvieron posé mis manos sobre sus antebrazos y lo insté a soltarme, él cedió y me dio la oportunidad de darme la vuelta y verlo a la cara por primera vez desde que había contemplado la posibilidad de irme.

Sus pupilas estaban dilatadas y su boca entreabierta, pero no me detuve mucho en su rostro hasta que con su ayuda le quité la camiseta. Mis manos se apoyaron en su pecho desnudo, que para mí sorpresa se encontraba tibio. Él se mantuvo quieto, esperaba atentamente para conocer mis próximos movimientos.

Pasé mi toque desde su pecho hasta su cuello, y una vez ahí me alcé en las puntas de mis pies para poder alcanzarlo. Mi boca buscó la suya en un movimiento rápido, pero él me respondió de manera hábil y pasional.
Durante varios meses me torturé a mí misma recordando la última vez que nos habíamos besado, nunca pensé que luego de ese día pasaría tanto para que nuestras bocas se unieran de nuevo, en el momento en el que ocurrió todo parecía ir perfecto entre los dos.

Había sido en la mañana que terminamos, él me había preparado el desayuno y yo le había recibido el plato con un beso de agradecimiento. Era algo cotidiano en nuestras vidas, y no me permití apreciarlo lo suficiente hasta que comprendí que quizás ese sería el último.

Por eso se sentía tan irreal estar saboreando de nuevo sus labios, compartiendo su aliento y saber que podía extender el beso por cuánto yo quisiera. La emoción me llevó a inclinarme lo suficiente como para que él cayera de espaldas en la cama conmigo encima, de nuevo sus manos comenzaron a pasearse por los costados de mi cuerpo, pero al yo estar arriba me sentía en control de la situación.

Dejé de besarlo con la intención de verlo así de cerca, él aprovechó la oportunidad y al extender uno de sus brazos  para arriba de su cabeza, haló una de las almohadas y logró acomodarse mejor. Desde allí podía observarme sin decoro, se notaba complacido con lo que estaba sucediendo, tanto que dejó sus brazos a los lados de la cama y me dejó actuar sin impedimentos.

Acomodé mis piernas a cada lado de sus caderas y recargué mi trasero en sus muslos, mis manos se posaron en sus bíceps y luego de inclinarme comencé a besar su pecho. Mi recorrido no estaba siendo tan lascivo como el de él, estaba aprovechando de olfatear, tantear, saborear y atesorar cada instante en mi sistema, en caso de que fuera la última vez que ocurriera.

Mis dientes, labios y nariz se pasearon también por los músculos de su abdomen, él siempre había procurado cuidar de su estado físico sin irse al extremo de ser un hombre gigante y musculoso. Cuando estuve cerca de los oblicuos aparté mis manos de sus bíceps, y es que tenía una sola tarea en mente: desabrocharle el pantalón.

El cinturón fue lo primero en liberarse, seguido de un botón y la cremallera. Sobre el pantalón podía sentir su excitación, cuando la cremallera estuvo abajo podía notarlo aún más al observar su bóxer, pero cuando me decidí a tocarlo por debajo de la tela él me detuvo.

Me tomó de las muñecas y en un movimiento rápido y coordinado los papeles se invirtieron, yo quedé debajo observándolo mientras se deshacía de lo que quedaba de su ropa. Zapatos, calcetines, pantalón y bóxer, todo fue a parar en algún lado del piso que en ese momento muy poco me importaba.

Conocía lo suficiente a Samuel como para saber que deseaba seguir alargando los juegos previos, pero yo estaba a punto de delirar por un contacto más íntimo entre los dos. Así que siguiendo su dinámica yo misma opté por despedirme de mi sujetador y bragas, estábamos los dos sin ningún trozo de tela que impidiera alguna práctica carnal.

Me incorporé hasta quedar sentada, quería saber cuál sería su próximo movimiento, porque mi meta en ese momento era terminar de consumar el encuentro entre ambos.

Pero en ese vínculo yo no era la única con conocimientos acerca del otro, una simple sonrisa pícara de su parte me confirmó que había notado que ya mi cuerpo estaba urgido del suyo. Entonces Samuel Wright abandonó cualquier plan de juguetear con  mi cuerpo y se sentó a mi lado.

Su mirada conectó con la mía para luego dirigirla hacia su regazo, el mensaje de que yo iría encima de él había quedado claro entre los dos sin haber emitido palabra alguna. Esa clase de complicidad era algo que extrañaba, también algo que me detenía los días en los que me planteaba tener sexo con cualquier chico que me llamara la atención en un día casual. Era una confianza difícil de replicar, al menos que desarrollara un vínculo duradero con otra persona.

Sus piernas estaban estiradas, mientras que su espalda alta estaba recostada del cabecero de la cama, pero en la parte de abajo todavía quedaba algo de espacio para envolver mis piernas tras él. Samuel estiró un brazo hacia la gaveta de su noche de luz y sacó un preservativo, una vez estuvo cubierto por él me acomodé encima de su cuerpo.

Mentiría al decir que nos miramos a los ojos todo el tiempo, la realidad era que mi cerebro estaba tan desenfocado que mi instinto fue recargar mi mejilla en su hombro en busca de un apoyo. Yo tenía la mayor responsabilidad a la hora de los movimientos y mi meta principal era complacerme a mí misma, no le daba tanta importancia al método o velocidad.

Pero al menos podía percibir que él también estaba disfrutando. Los sonidos que se escapaban de su boca, el ritmo de la respiración en su pecho que chocaba contra el mío, lo mucho que le palpitaba la vena de su cuello que estaba junto a mi rostro.

Sabía que aquel encuentro estaba cerca de acabar, cada parte de mi cuerpo temblaba, tanto así que envolví mis brazos en su cintura en la búsqueda de estabilidad. Él también me sostenía, tenía una mano en mi espalda y la otra en mi cadera para ayudar a controlar mi ritmo.

Empecé a sentir el característico calor en el vientre que avisaba cuando un orgasmo estaba cerca. Mis piernas se volvieron más temblorosas de lo que estaban, mi mente divagó en un montón de pensamientos sin conexión ni sentido.

Una gran oleada de alivio me envolvió y mi cuerpo cansado se quedó sin moverse. Samuel en busca de su propio alivio me tomó por la cintura y logró mover mis caderas unas pocas veces más hasta correrse, y esos pocos segundos de su cuerpo dentro del mío no hicieron otra cosa más que alargar mi propio orgasmo.

Samuel me dio unos segundos para recuperar el control de mis sentidos, luego de eso solicitó mi ayuda para separar nuestras partes más íntimas. Mi cuerpo se sentía cansado por el esfuerzo físico que le acababa de exigir, pero a la vez mi sistema estaba tan relajado que me hacía ignorar el cansancio.

Ninguno de los dos rompió la posición que teníamos, así que mis manos seguían aferradas a su espalda, y las suyas posadas en mis caderas. Nuestros rostros estaban uno frente al otro, podía observar cada una de las facciones y pecas de su cara, estaba segura que el podía hacer lo mismo.

Sus labios buscaron a los míos en un gesto dulce y reconfortante, no había rastro de alguna de lujuria o salvajismo. Eran más presiones y movimientos lentos y delicados, una sonrisa se escapó de mi boca y él aprovechó esa pausa para besar mi mejilla. Con toda la fuerza de voluntad que había en mi sistema me obligué a apartarme de su agarré, él cedió sin rechistar.

—Muy divertido este encuentro, pero necesito ir al baño —dije al levantarme de la cama.

Tuve la astucia de recoger la ropa que estaba tirada en la habitación, necesitaba cubrirme y estar cómoda cuando saliera de ese pequeño cuarto que me daría unos minutos de privacidad.

Lo primero que hice una vez que había entrado fue mirar mi reflejo en el espejo, el reflejo de una chica sonrojada, despeinada y de algún modo feliz.

No terminaba de asimilar lo que había pasado en las últimas dos horas, en un momento estaba celebrando con mis compañeros y en otro estaba con mi ex.

Me lavé la cara, acomodé mi cabello lo más que pude, me aseé con lo que tenía a la mano y prenda por prenda volví a vestirme. Sólo me faltaban las sandalias, mi caminata de vuelta a la habitación tendría que ser descalza entonces.

Pero estaba aterrada de abrir la puerta, me daba miedo enfrentar lo que vendría después. Nada estaba claro entre los dos, nos dejamos llevar por la lujuria y quizás nos habíamos precipitado. Era posible que él quisiera que marchara, pero no tendría el valor de decírmelo. Lo mejor era que me fuera por mi cuenta.

Cuando tuve el valor suficiente para volver, la luz todavía estaba encendida. Samuel estaba recostado en la cama, lo único que tenía puesto era un y una maldita sonrisa que se había convertido en mi perdición.

—Ven acá. —Le dio palmaditas al lado de la cama que tenía libre—. No te vayas, mañana te llevo a tu casa si quieres. Estoy muy cansado ahora mismo.

Siempre estaba la opción de tomar un Uber, pero preferí callar mi pensamiento. En vez de eso le hice caso y me acosté a su lado, pero aunque sentía todo el peso de su mirada en mi cara, yo seguía observando el techo.

—Cuando te conté lo de Mitchell hace rato. —Esa frase captó mi atención, tanto así que giré mi cabeza para verlo a los ojos—. Noté que algo te hizo ruido en esa mente tuya, así que mi cerebro comenzó a maquinar que había algo más detrás de las palabras que me dijo en Chicago.

— ¿Cómo que Mitchell estuvo flechado por ti al principio de su servicio comunitario? ¿Qué se lo contó a sus amigas más cercanas sin contar que habría un rubio chismoso tergiversando la información? —Samuel frunció el ceño por un segundo, pero luego de eso de echó a reír—. ¿No era eso? De todos modos es la verdad.

— ¿Mitchell enamorado de mí? —Estaba confundido, no lo culpaba por ello.

—Y de este otro chico que se ligó en la fiesta de Halloween, al menos lo logró con uno. —Samuel abría la boca una y otra vez para intentar hablar, pero al parecer no podía formular nada—. Desde un inicio te dije que yo no estaba enamorada en secreto, y antes de que refutes algo, exponer a Mitchell tampoco estaba en mis planes. Ahora me da igual porque él está en Chicago viviendo con el amor de su vida, y tú estás a un océano de distancia de nosotros la mayor parte del tiempo.

— ¿Por qué me mentiste después? —Al menos estaba hablando de nuevo—. Me lo dijiste en Cumberland Island, me dijiste que sí habías estado enamorada.

—Mentí para verte feliz. —Una sonrisa de boca cerrada se dibujó en su rostro, eso y unas arrugas en los lados de sus ojos—. En ese punto ya no me importaba tanto el orgullo, solo me importaba tu bienestar.

Y entonces me besó.

Fue el primero de muchos besos que hubo esa noche, algunos más lentos, otros más rápidos, unos juguetones y los últimos más lentos.

Samuel no había mentido al decir que estaba cansado, yo misma lo estaba pero mi cabeza no me dejaba descansar. Él se había dormido, y yo no podía hacer otra cosa más que mirarlo y analizar todo lo que había pasado entre nosotros.

No solo la parte del coqueteo, los besos y el sexo. Analizaba todo lo que había acontecido desde el momento en que nos conocimos. Lo que había disfrutado y lo que había sufrido, lo que había aprendido, lo que había recorrido.

Estaba muy confundida, malditamente confundida. Estar cerca de él era cómodo para mí, pero nada me garantizaba que siguiera siendo el mismo Samuel de dos años atrás. Ni siquiera yo era la misma Avery de dos años atrás.

Hacerme ilusiones por más vagas que fueran tampoco me harían bien, no cuando él se iría de nuevo, no cuando podría tener a alguien más esperándolo en algún lugar.

No podía ser tan cruel de asumir lo que el diría o haría, pero no me sentía lo suficientemente valiente como para quedarme esa noche. El aire se sentía más espeso en mis pulmones, y al ver el escritorio en la habitación supe cuál sería mi opción más viable.

Me acerqué al escritorio tratando de hacer el menor ruido posible, lo último que quería era que Sam se despertara. Tomé una hoja en blanco, un bolígrafo azul y dejé fluir lo que estaba en mi mente, un par de lágrimas se asomaban en mi rostro, las emociones me estaban consumiendo.

Cuando el reloj marcaba las dos y trece de la madrugada, dejé la carta en su mesita de noche y lo observé detenidamente una última vez.

Caminé hasta el pasillo en donde estaban mis sandalias y me las puse con toda la intención de marcharme, y así fue.

Apagué la luz antes de salir, y una vez que había cerrado la puerta de la habitación, quizá había sido el final entre nosotros.

Unexpected LoveDonde viven las historias. Descúbrelo ahora