15. Hacer las paces

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Raisa Winslow

Siento cada una de mis extremidades como si estuvieran hechas de plomo, las manos me arden y tengo muchos moretones en los muslos. Básicamente, estoy hecha mierda. Los últimos días me he mantenido dentro de casa, practicando como Erin me lo indicó, y automedicándome con analgésicos qué apenas logran quitarme el dolor qué provocan los entrenamientos.

Nunca creí que la danza sería tan dolorosa.

Aún así, camino por los pasillos del hospital con el cansancio pegado a mis huesos. Cada paso es una molestia constante en mis piernas adoloridas, una consecuencia de los entrenamientos que me han dejado llena de moretones. Subir las escaleras hasta el área de laboratorio se siente como una prueba innecesaria de resistencia. Cada escalón despierta una punzada de dolor en mis muslos y pantorrillas, un recordatorio de los entrenamientos de los últimos días.

Aprieto los dientes y sigo subiendo, ignorando la protesta de mis músculos.

La FEMF nos obliga a realizarnos chequeos médicos cada seis meses. Es un protocolo riguroso que incluye pruebas de laboratorio, evaluaciones físicas y, dependiendo del historial de cada soldado, estudios más específicos. A mí solo me pidieron lo básico, química sanguínea, biometría hemática, perfil hepático, renal... lo de siempre.

Recibí la llamada temprano en la mañana. Mis resultados estaban listos para ser recogidos. No tenía ganas de salir tan temprano de casa, pero retrasarlo solo significaba que algún superior terminaría exigiéndome que lo hiciera.

El hospital sigue igual que siempre: los mismos pasillos impecables, el mismo olor a desinfectante mezclado con café, el mismo ir y venir de batas blancas y uniformes quirúrgicos. Una parte de mí se siente atraída por volver.

Giro en la esquina del pasillo y casi choco con alguien.

-¡Doctora Winslow! -la voz amigable del doctor Krause me obliga a detenerme y enderezar la postura, ocultando cualquier rastro de dolor.

Su cabello canoso está perfectamente peinado y, como siempre, su bata está impecable.

-Doctor Krause -saludo con un leve asentimiento.

Él me estudia por un momento, como si evaluara mi estado.

-Me alegra verte de vuelta, aunque sea por unos instantes -dice con una ligera sonrisa-. Y debo decir que es un orgullo para este hospital que hayas recibido la medalla. Es un reconocimiento más que merecido.

-Gracias, doctor -respondo con cortesía.

Krause asiente, manteniendo esa expresión de aprobación en su rostro.

-Si algún día decides volver a la medicina, este hospital siempre tendrá un lugar para ti. -me sonríe, mostrando los dientes ligeramente manchados por café.

-Lo tendré en cuenta -respondo con cortesía, pero sin detenerme demasiado.

Me despido con un leve asentimiento y sigo mi camino por el pasillo. A medida que avanzo, noto cómo varias personas giran la cabeza en mi dirección. Algunos médicos susurran entre ellos antes de dedicarme una sonrisa o un leve gesto de reconocimiento. Otros, más atrevidos, me felicitan en voz alta.

-¡Felicidades, doctoraWinslow!

-¡Un honor tener a una de las nuestras representándonos!

Respondo con un simple "gracias" a cada uno, sin aminorar el paso. Reconozco a algunos de vista, pero la mayoría son solo rostros familiares. Sigo adelante, esquivando miradas curiosas, hasta que llego a la ventanilla de recepción. Una enfermera con el cabello recogido en un moño estricto levanta la vista y me dedica una sonrisa.

En las garras de la Bestia [Christopher Morgan] [Actualizaciones lentas]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora