Christopher Morgan
No hay mejor forma de empezar el día que teniendo sexo, pero llevo días sin poder coger porque Raisa decidió que mi existencia le resulta indiferente y, por alguna razón que todavía no entiendo, no me apetece follarme a alguien más. Aunque, siento que la maldita vena del miembro va a reventarme de la presión contenida, como si el cuerpo me estuviera recordando que por más control que tenga sobre todo, no puedo dominar el deseo con disciplina.
El gimnasio privado está vacío, como debe estar. Los débiles aún duermen, los idiotas hacen café y las personas como yo se concentran en ejercitar cada maldito músculo. Subo y bajo las mancuernas con ritmo militar. Jadeo, no por cansancio, sino por descarga. Cada repetición es una orden cumplida y cada contracción, una excusa para no pensar en todo lo que debería estar haciendo y no quiero.
Antes de acabar la rutina, siento su presencia antes de oírla, es por instinto, sumando la torpeza de sus pies que evitan a toda costa que se mueva con discreción.
—¿Me dirás qué viniste a hacer? —pregunto sin girarme. La escucho tragar saliva y sé que está mirándome como si fuera un maldito trofeo griego. No es la primera vez. Balbucea algo sobre una lista de transferencias, poniendo una excusa laboral para justificar su visita. Dejo las mancuernas, me seco la cara. El sudor me arde en los ojos. Me doy vuelta y la encuentro gozando la vista. No es disimulada al mirarme así,
como si contara los segundos para tocarme.
—Despierta y dime dónde diablos tengo que firmar —ordeno, y al fin reacciona. Habla del Capitán Miller, de Antoni Mascherano, de Tokio. Da información útil e información que sirve—. Busca lo de Yamasura. Todo. Si respira, quiero saber cómo y dónde —digo mientras firmo sin mirar mucho. Rachel asiente, pero no se va—. ¡Largo!— No se mueve, está parada ahí como una idiota, deseando que diga algo más—. ¿Se te pegaron los pies? —arqueo una ceja.
Dice que no, pero no se va. Y entonces se lanza. Directa. Torpe. Decidida. Se para en puntas, me agarra del cuello y me besa como si se le acabara el oxígeno.
Y ahí está el problema.
No la detengo. No porque la quiera besar, ni porque me despierte algo. La dejo porque hace días que no cojo y, por un segundo, su boca es como un vaso de agua fría en medio del puto desierto. No hay emoción. Solo carne y urgencia.
Su lengua se abre paso como si estuviera buscando salvarse, y mi cuerpo responde sin pensarlo. Le agarro el culo, la presiono contra mí como si eso bastara para apagar el hambre. Pero no es deseo, al menos no exactamente. Es esa jodida necesidad de vaciarme en alguien.
La beso hasta que me falta el aire, solo para empotrarla contra la viga de metal. No soy suave, nunca lo he sido y ella no me lo exige. Al contrario, se entrega. Me deja llevar el ritmo, marcar el pulso. Le muerdo el cuello, dejo un rastro con la lengua y siento cómo se tensa entre mis manos, cómo se prepara para que la tome sin preguntar. Y podría hacerlo, podría arrancarle la ropa ahora mismo y hundirme en ella, pero algo me detiene.
La suelto de golpe y me alejo. Ella no se mueve. Se queda ahí, con la boca entreabierta, esperando.
—¡Buenos días! —interrumpe una voz en la puerta. Es la misma que se me ha insinuado desde que me instalé en Londres.
Rachel no se atreve a mirarla, recoge los papeles que cayeron al suelo.
—¿Qué pasa? —pregunto, ya con la maldita camiseta en las manos.
—La sargento Franco reunió a los soldados que pidió —responde.
—Ahora estoy ocupado —escupo, sin disimular el fastidio.
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En las garras de la Bestia [Christopher Morgan] [Actualizaciones lentas]
FanfictionLa familia Winslow ha sido una de las familias más importantes de la FEMF y Raisa Winslow es la joya de la corona. Después de que Cristopher Morgan haya vuelto de Italia, el consejo decide eliminar su paso en la FEMF y para evitarlo, Alex Morgan de...
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