Christopher Morgan
El whisky arde cuando baja en mi garganta. Estoy apoyado contra la barra de la habitación, solo en boxers y mirando hacia la cama como si no hubiera nada más en todo el puto imperio romano que hay acá adentro.
Ella duerme boca abajo, con el pelo rubio tirado por la almohada, la sábana subida apenas hasta la cintura y todo lo demás es piel desnuda. Curvas, marcas de mis manos en sus caderas. La línea perfecta de su espalda y las piernas entreabiertas como si todavía me invitara a volver.
Me ajusto la maldita pretina del boxer porque la erección es automática.
La habitación está en silencio, pero en mi cabeza todavía retumba el sonido de ella gimiendo contra mi boca. Un recuerdo rápido de su cuerpo arqueándose cuando la levanté por las caderas, sus uñas en mi espalda, su voz quebrándose cuando terminé dentro de ella. Lo suficiente para que me den ganas de volver a morderla entera.
Y entonces llega esa punzada. Ese sentimiento de mierda que intento ahogar con whisky desde hace años y que esta mujer insiste en exprimir cada vez que me mira como si supiera quitarme el alma.
Estoy jodido. Jodidísimo.
Me paso las manos por el cabello, respirando hondo. Soy demasiado egoísta para dejarla libre. Demasiado consciente de que las cadenas que ella misma se puso no se rompen fácil. Y aunque pudiera, yo no sería quien las corte.
Ni James sirve para arrancármela de la cabeza.
Raisa es una hembra hecha para ponerme de rodillas sin siquiera intentarlo.
Tomo otro trago más largo y apoyo el vaso.
La luz tenue cae sobre ella desde el ventanal, delineando la curva de su cintura. Es una pintura. Una trampa. Un problema que elegiría una y otra vez.
Camino despacio hacia la mesa donde dejé mi teléfono y lo tomo sin pensarlo demasiado.
Regreso a la orilla de la cama, solo la observo un segundo más, sintiendo esa mezcla enferma de necesidad y posesión que me arranca la respiración.
Levanto el teléfono y le tomo la fotografía, exactamente así. Desnuda, dormida y marcada por mí.
El teléfono vibra justo cuando voy a dejarlo en la mesa.
—¿Qué mierda quieres?
—Hermano, ¿estás loco? Te largaste sin pedirle autorización al Ministro. ¿Sabes el caos que tienes en la central? Te están buscando en todos lados.
Miro a mi mujer. La sábana apenas cubre la mitad de su cuerpo.
—Alex puede joderse —respondo—. No le debo explicaciones.
Patrick suelta un bufido.
—¿Sabes cuántas reglas estamos rompiendo? ¡Yo estoy rompiendo! Hackeamos el sistema para enviarte ese correo falso, ¿recuerdas? ¿Tienes idea del tamaño de mierda en la que estamos metidos? ¡Engañamos a una para que abordara un avión y secuestrarla a Las Vegas! ¿Quieres que lo diga más claro?
—No —respondo, acomodando el boxer porque me está tensando—. Ya lo entendí y no me importa.
Patrick se queda callado un segundo. Se escucha como si se pasara la mano por la cara.
—Solo espero que esto los deje… no sé… alineados de una maldita vez.
Raisa se remueve. Giro la cabeza. Ella estira una pierna, la sábana se desliza un poco más. Abre los ojos despacio y me mira.
Cuelgo sin avisar. Camino hasta la cama, incapaz de ver cualquier otra cosa que no sea su boca. Alza la mano, todavía medio dormida y me toca el pecho.
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En las garras de la Bestia [Christopher Morgan] [Actualizaciones lentas]
FanfictionLa familia Winslow ha sido una de las familias más importantes de la FEMF y Raisa Winslow es la joya de la corona. Después de que Cristopher Morgan haya vuelto de Italia, el consejo decide eliminar su paso en la FEMF y para evitarlo, Alex Morgan de...
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