20. La familia también duele

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Raisa Winslow






El sonido de la regadera me despierta y no necesito abrir los ojos para saber dónde estoy. Sábanas de algodón egipcio, almohadas que huelen a Paco Rabanne, y el calor de los rayos de sol que atraviesan el ventanal me recuerdan que estoy en Hampstead, específicamente en el penthouse que comparto con Christopher.

Exhalo con fuerza, rodando en la cama hasta quedar boca arriba y debo curirme el rostro cuando la luz que se cuela entre las cortinas me rasguña los párpados. Deben ser pasadas las seis, pero no me molesto en mirar el reloj. Lo escucho en el baño, siempre se baña con la puerta abierta, como si quisiera recordarme que está ahí, desnudo y enjabonándose como una jodida película porno.

Lleva una semana pegado a mí como garrapata, me sigue a la central, se instala en los pasillos, aparece en la cafetería como si de pronto quisiera pasar tdod el tiempo conmigo. Incluso, ayer me esperó en el estacionamiento hasta las dos de la mañana, aún cuando su turno terminó después de las seis. Pero ahí estaba, apoyado contra su auto y fingiendo que solo estaba ahí por casualidad.

Solo le falta mearme encima para marcar territorio.

Y todo es poe Lorenzo.

Christopher es cínico, controlador y no soporta que otro hombre me mire dos segundos más de lo necesario y Lorenzo solo le revienta el ego. No lo soporta.

De todas formas, estoy durmiendo aquí para que no descubra el penthouse de Soho. Porque si lo hace, lo voy a tener ahí todo el tiempo y ese lugar es lo único que tengo. Ahí puedo hablar con Roman y Hunter sin filtros, ni ojos ni oídos.

Cierro los ojos de nuevo. El colchón es demasiado blando, pero el sueño me alcanza de nuevo, estoy por quedarme dormida otra vez cuando un almohadazo me sacude la cara.

-¿Estás jodidamente loco? -gruño, alzándome de golpe y arrojándole la almohada de regreso.

Está parado al pie de la cama. Vestido solo con una toalla blanca atada a la cadera, gotas le corren por el cuello, resbalan por los hombros, bajan por su abdomen. Tiene los pectorales marcados, brazos duros y un torso que no le envidia nada a ningún modelo de propaganda. Me relamo los labios cuando mis atención se centra en la "v" de su cintura.

-¿Qué? ¿Se te fue la señal? -se burla de mí. Idiota-. ¿Quieres una foto? -pregunta alzando una ceja.

Cabrón. Me dan ganas de estrellarle la cara contra la pared.

-¡Mejor no hables! Es mi día libre, no tenías que despertarme con un maldito almohadazo.

Christopher ríe y ese sonido áspero me talla los nervios. Se sacude el pelo con la mano y se dirige hacia el clóset sin dejar de mirarme por encima del hombro. Estoy por volver a cerrar los ojos cuando su celular vibra sobre la cómoda. Una vez, dos y es hasta la tercera llama qué responde.

-Morgan. ¿Cuándo? ¿Dónde estaban almacenadas esas unidades? -se detiene-. No. ¡Ese cargamento no debía salir del hangar veinticuatro sin mi autorización!

Lo veo salir de la habitación y escucho que se encierra en su despacho. Aprovecho el tiempo, me levanto de un salto y corro al baño, me cepillo los dientes en veinte segundos, escupo, enjuago y ni siquiera me miro al espejo. Vuelvo a la habitación, me pongo el conjunto deportivo negro que dejé doblado sobre la cama y me ato el cabello en una coleta sin siquiera peinarlo.

Si me apuro, salgo antes de que termine la llamada.

Agarro mis tenis, los meto bajo el brazo y salgo de puntas hacia las escaleras, cuandl estoy cruzando el umbral escucho las uñas de Zeus golpeteando contra el piso de mármol.

En las garras de la Bestia [Christopher Morgan] [Actualizaciones lentas]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora