37. Quitarse la venda de los ojos

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Raisa Winslow











El aire de Verona pesa. Huele a tierra y a ese calor estancado de los olivos que se te mete en la nariz. El sol me golpea los ojos en cuanto pongo un pie en la escalerilla del jet. El calor me rebota en la cara y me hace sudar el estúpido vestido.

Antoni me corta el paso antes de entrar a la cabina. Lleva un traje a medida de tres piezas, de un azul tan oscuro que parece negro hasta que le da la luz, huele a tabaco caro y a licor.

—Dos meses —me toma de los hombros, acentuando la diferencia de estatura. Incluso debo levantar la barbilla para poder verlo a los ojos—. Suficiente tiempo para que puedas poner todo en orden.

Levanta la mano y me pasa los dedos por la mejilla. Me aparta un mechón de pelo detrás de la oreja con lentitud que me pone los pelos de punta.

—Te veré hasta entonces.

Él hace un gesto con la cabeza y debo girar para ver lo mismo que él.

—Mi mejor hombre se encargará de llevarte de vuelta a Londres, tiene instrucciones precisas de dar la vida por tí si es necesario. Bella, sabes que no puedo permitirme perder a la joya más valiosa de mi corona. —Antoni chasquea los dedos, apenas pasan dos segundos y uno de los Antonegras aparece por la izquierda. Camina con paso pesado, sosteniendo el maletín de cuero negro como si fuera una reliquia. Se detiene a un costado de Antoni y se lo pone directamente en las manos. Él lo recibe sin desviar la vista de la mía. Presiona los cierres metálicos con los pulgares, el "clic" seco suena como un disparo en el silencio de la pista. Abre la tapa lo suficiente para que el sol de Verona rebote en el verde de los billetes—. Toma esto como símbolo de mis más sinceras disculpas, mis hombre no supieron comportarse a la altura de una dama como tú.

Cierra el maletín y me lo extiende. Lo agarro y el peso me tira del brazo, recordándome que cada centavo es una cadena más. No me quedo con él. Me giro hacia Alí, que espera un paso atrás, con la cara de piedra habitual y le pongo el maletín en el pecho.

—Guárdalo —le ordeno a Alí.

Antoni no se mueve de su sitio y sigue mirándome como si no hubiera terminado conmigo. Doy medio paso hacia la puerta, pero su mano me alcanza antes, sus dedos rozan mi brazo, suben despacio, sin prisa, como si midiera cada centímetro. Cuando llega a mi cuello, inclina la cabeza y sus labios tocan la piel justo debajo de la mandíbula.

—Dos meses —murmura, lo suficientemente bajo para que solo lo escuche yo—. Tiempo suficiente para que pongas en orden lo que queda... o para que entiendas qué es lo que realmente importa.

No me muevo y él se aparta primero.

Cuando subo al avión, el aire frío me golpea en apenas cruzo la puerta. Camino directo al asiento sin detenerme, me siento y cruzo las piernas. Alí entra detrás de mí. Cierra la puerta, asegura el pestillo y toma el asiento frente a mí, dejando el maletín apoyado sobre sus piernas.

—¿Desde cuándo lo sabías? —la voz se me quiebra—. No me interesa una respuesta vaga. Quiero saber en qué momento decidiste que esto no era algo que debía conocer, y por qué te pareció correcto quedarte callado.

—No decidí nada —responde con calma, mientras se pone el cinturón de seguridad—. No era mi lugar intervenir en algo que no me correspondía. Era información que ibas a ver tarde o temprano, y no iba a ser yo quien eligiera el momento ni la forma.

Aprieto apenas la mandíbula.

—¡Te correspondía en el momento en que empezaste a trabajar para mí!—replico—. ¡Sabías la existencia de esas fotos! ¡Sabías lo que implicaba, y aun así decidiste que yo debía enterarme por un mafioso de mierda!

En las garras de la Bestia [Christopher Morgan] [Actualizaciones lentas]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora