23. La mujer con más cojones en el mundo.

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Christopher Morgan

Raisa Winslow lleva una semana completa sin hablarme. Entra a la central, pasa frente a mí, me mira de reojo para confirmar que existo… y acto seguido me borra del puto universo. Al principio no voy a negar que jugué un poco. No a “buscarla”, porque yo no busco a nadie, pero… dejaba la puerta de mi oficina abierta más tiempo de lo normal. Pasaba por el pasillo donde entrenaba. Detalles mínimos, tampoco soy tan patético para correr detrás de ella.

Pero la muy cabrona siguió ignorándome, me harté. Y ahora también la ignoro. O eso intento. Porque cada vez que entra en una sala la registro como un mal hábito: el cabello recogido, el ceño fruncido y la mandíbula tensa.

Estoy revisando los reportes más recientes del Barclays, un banco en pleno centro de la ciudad. Los Halcones planean suplantar la identidad de un empresario marroquí allí, y necesito anticipar cualquier error antes de que lo cometan. Estoy en eso cuando Patrick entra sin tocar.

—¿Tienes un minuto? —pregunta, pero ya está cerrando la puerta.

—Depende de lo que quieras.

Se queda parado frente a mi escritorio, como si buscara palabras. Eso ya me da mala espina.

—Se que hablaste con Rai—dice—. Lo sé. Y se dijiste que estabas follando con otra. —Me recargo en la silla. No confirmo ni niego nada—. Solo quiero que sepas… que entiendo por qué ella está así. Y que… bueno, no voy a decirle nada.

—Muy generoso de tu parte —respondo seco.

—Sé que se trata de Rachel. —Ahí sí lo miro. No porque me sorprenda, sino porque quiero ver hasta dónde llegó—. Cada vez que Rachel entra a tu oficina los videos desaparecen. Y cuando ustedes dos coinciden en cualquier parte de la central, mágicamente hay un “error de almacenamiento”. —Niega con la cabeza—. No soy idiota, Christopher. Sé lo que estás encubriendo. Y no es mi asunto… pero estás metiendo a  Raisa y a Bratt en esto.

Lo dice con un tono que pretende ser prudente, pero no deja de ser una acusación directa.

—Si lo supieras de verdad —respondo—, ya habrías abierto la boca. No eres precisamente famoso por tu discreción.

—Te estoy diciendo que no voy a meterme —insiste—. Solo… no quería que pensaras que soy un idiota. Sé quién es.

Me quedo viéndolo unos segundos. No me molesta que haya deducido lo de Rachel. Me molesta que lo haya hecho tan fácil.

—No voy a darte una medalla —digo al fin—, pero… bien por ti por mantener la boca cerrada.
Patrick no se mueve. Se queda pensando, como si de verdad tuviera algo brillante que aportarme. Nunca es buena señal.

—Mira… —empieza—. Si quieres recuperar a tu esposa, podrías… no sé, planear una noche especial. Llevarla a un sitio bonito, comprarle flores, ir de paseo. O incluso—hace una pausa— … hacerle el amor bajo la luz de la luna.

—¿Te golpeaste la cabeza al entrar aquí?

—No es tan ridículo —se defiende—. A algunas personas les funciona. Una noche sincera, íntima…

—No voy a follar a mi esposa “bajo la luz de la luna”. Esto es una base militar, no una luna de miel —respondo—. ¿Qué sigue? ¿Pétalos de rosa? ¿Una fogata? ¿Que le lea poesía?

—Podrías —dice, encogiéndose de hombros.

—¿Quieres que te diga lo que pasaría si intento leerle poesía a Raisa? —lo interrumpo—. Me mete el libro en la boca y me lo hace tragar. Y no la culpo.

En las garras de la Bestia [Christopher Morgan] [Actualizaciones lentas]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora