31. Moriría por tí

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Raisa Winslow





Zeus me despierta metiéndome el hocico en la cara.

No abro los ojos al primer intento. Gruño, me giro, pero el perro insiste. Apoya las patas delanteras en el colchón y vuelve a empujarme.

—Perro traidor —murmuro.

Resopla satisfecho, como si su dueño lo hubiese enviado a despertarme.

Abro los ojos al fin. La luz atraviesa los ventanales del penthouse sin pedir permiso y me toma un segundo reconocer el olor que me golpea.

Bajo la mirada. Solo llevo bragas y una hoodie negra que luce enorme sore mi cuerpo. Me cubre hasta medio muslo y las mangas me caen más allá de los dedos. Aspiro sin querer.

Paco Rabanne.

No es un aroma suave. Es limpio, pesado, directo. Se me mete en la garganta, me calma y me altera al mismo tiempo. La tela está impregnada de la fragancia como si la hubiera usado hace cinco minutos.

Zeus vuelve a empujarme.

—Ya voy.

Me incorporo. El frío del suelo me despierta del todo y corro hacia el baño, luego salgo hacia el balcón en busca de la voz que me taladra los sentidos.

Zeus se adelanta, orgulloso de su misión cumplida. Empujo la puerta corrediza y el aire frío me golpea las piernas desnudas.

Christopher está sentado en una de las tumbonas, con el uniforme impecable, la chaqueta perfectamente ajustada, y botas recién lustradas. El sol le da de lado y endurece aún más los ángulos de su cara, dándole un aire sexy y peligroso a la vez.

Tiene el teléfono en la mano.

—No me interesa cómo lo consigas —dice, tranquilo—. Me interesa que lo consigas. —Escucho la voz amortiguada del otro lado. No necesito oír el nombre para saber quién es. Christopher apoya el codo en el brazo de la tumbona—. No estamos pidiendo favores —continúa—. ¡Necesito esas putas invitaciones!

Otra pausa.

—Entonces compra al organizador, o a la secretaria, o al maldito florista si hace falta. Pero yo voy a entrar a esa fiesta. —Zeus se echa junto a sus botas. Me quedo unos segundos observándolo—. No voy a repetirlo —añade—. Haz tu trabajo.

Rodeo la tumbona sin interrumpirlo. Él me ve acercarme. No deja de hablar.

Me detengo frente a él.

—Y Patrick —dice finalmente, confirmando lo que ya sabía—, si me llamas para decirme que es imposible, mejor no llames.

Cuelga antes de que el otro termine de responder. Luego me acomodo sobre sus piernas sin pedir permiso. La sudadera se desliza apenas cuando me siento y el aire frío desaparece al instante.

Christopher me toma de la cintura con una mano firme, automática, como si siempre hubiera estado ahí.

—Buenos días, coronel —digo.

—Buenos días, nena. —Su mano desciende de mi cintura a mi muslo desnudo. La tela termina levantándose y sus dedos recorren despacio, sin prisa, como si estuviera comprobando que estoy ahí. La piel se me eriza al instante y no es por el frío—. Estás helada.

—No me quejo.

Su pulgar dibuja una línea lenta hacia arriba. Luego vuelve a bajar. Su mano se cierra un poco más firme en mi pierna. Me atrae hacia él sin esfuerzo y me besa.
No es suave.

Su boca reclama, invade, se impone. Le respondo igual. Mis dedos se hunden en la tela rígida del uniforme. El contraste entre la estructura de la chaqueta y el calor bajo ella me acelera el pulso.

En las garras de la Bestia [Christopher Morgan] [Actualizaciones lentas]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora