40. Morir en silencio

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Rachel James









El contraste entre la oscuridad de mi departamento y la luz que emite la pantalla de mi celular es casi doloroso.

Estoy en el sofá, con las piernas cruzadas contra el pecho, la espalda encorvada y la respiración atascada en la garganta. Tengo los ojos hinchados y me duelen de tanto llorar. Con la mano libre me muerdo la uña del dedo índice hasta sacarme una fina línea de sangre, pero el dolor en la punta del dedo es una mierda comparado con la opresión que tengo en el centro del pecho.

Vuelvo a mirar la pantalla, ya perdí la cuenta de las veces que leído el mismo mensaje. Hay una ecografía en blanco y negro, con una pequeña mancha en el centro, más grande que en la ecografía pasada. Ese bebé es una prueba irrefutable de lo que no quería aceptar.

El celular vibra ligeramente en mi mano y me estremezco como si me hubieran dado un golpe. Siento que voy a vomitar.

"Estoy muy feliz por esta pequeña vida que está creciendo dentro de mí."

"Todavía no me lo creo."

"Solo tú y Luisa saben esto por ahora".

"De verdad las considero a las dos como las mejores tías que este bebé podría tener y necesito su ayuda, porque se me ocurrió una idea para darle la sorpresa a Christopher cuando regresemos de Hong Kong".

"Necesitaré tu ayuda, por favor. Llámame en cuanto puedas."

El aire en la habitación se vuelve denso, áspero e imposible de tragar.

Tías. Nos llamó tías.

Raisa me escribió eso creyendo que soy su amiga, la mujer de confianza a la que puede contarle que va a formar una familia con su esposo, y mientras ella me pide ayuda para prepararle una sorpresa al hombre que ama, yo he estado aceptando las migajas que él me da a sus espaldas.

Me llevo la mano a la boca para ahogar un sollozo ahogado que amenaza con escapárseme. Las lágrimas vuelven a salir, calientes y lentas, resbalando por mis mejillas hasta chocar con el cuello de mi camiseta.

Christopher nunca me mintió. Siempre fue claro, directo y despiadado, solo sexo. Fui yo la que decidió enamorarse, la que se convenció de que si esperaba lo suficiente, si era paciente, él terminaría sintiendo algo por mí.

Siento que el llanto me rompe el pecho. Empiezo a hipar y me siento como la mujer más estúpida del planeta. La rabia me quema por dentro, una ira ciega que no solo va contra mí misma por haber sido tan ingenua, sino que empieza a volcarse con fuerza contra Raisa, la detesto. La detesto por tenerlo todo, por ser la esposa, por llevar ese bebé en las entrañas y por enviarme esos malditos mensajes cargados de una inocencia que me destruye. Odio su felicidad.

Me cubro la cara con ambas manos, dejando que el llanto fluya sin control mientras el dolor me dobla en el sofá.

El sonido seco del cerrojo girando me hace dar un brinco. La puerta de la entrada se abre y se cierra.
Me limpio la cara rápidamente con el cuello de la camiseta, restregándome los ojos con agresividad para borrar el rastro de las lágrimas, pero es inútil.

—¿Rachel? —la voz de Luisa resuena desde el pasillo mientras deja las llaves sobre la mesa de la entrada—. Ya llegué, no sabes el tráfico que... —Se detiene en seco al entrar a la sala y verme encogida en el sofá. Tira el bolso al suelo y corre hacia mí—. Por Dios, Rachel... ¿Qué tienes?

Se sienta a mi lado en el sofá y me rodea los hombros con los brazos, acariciándome el cabello con suavidad. Ese simple gesto destruye la poca resistencia que me quedaba porque vuelvo a romperme por completo. Me tiro hacia ella, escondiendo el rostro en su hombro, y dejo que los sollozos me ahoguen la voz.

En las garras de la Bestia [Christopher Morgan] [Actualizaciones lentas]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora