17. Moscú, parte 4

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-¿Me vas a escuchar como un buen chico? -pregunto, despacio.

Él no puede asentir, pero parpadea. Perfecto.

Mis dedos bajan hasta la tela de la mordaza y la aflojo con lentitud, sin quitarle la vista de encima.

-Dime si te duele algo, si no puedes respirar o si tienes algo que decir... -le advierto-. Pero si se te ocurre levantar la voz, vas a perder mucho más que la movilidad. -El tipo aprieta los dientes ensangrentados, traga saliva. Pero no grita-. Eso es -murmuro, con una sonrisa helada-. Así me gusta.

Me alejo lentamente, dejando que el aire frío roce mi piel desnuda. Busco la bata en el sillón cercano y me envuelvo en ella con calma, como si no estuviera torturando a un hombre con secretos vitales. Alzo la vista hacia él y, mientras ajusto el cinturón de la bata, suspiro como si estuviéramos en medio de una conversación trivial. No quiero que se olvide de quién tiene el control aquí.

-Un pajarito me dijo que Antoni tiene un nuevo socio -susurro, tomando la copa entre mis dedos-. Uno muy especial. ¿Te suena?

-No sé de qué hablas -escupe Alí, con la mandíbula tensa y la boca aún sangrando.

-Vamos, Alí... tú sabes. Tú lo sabes todo -me acerco, agachándome junto a la cama donde su cuerpo permanece rígido-. Pero parece que hoy estás un poco lento. Tal vez te ayude esto...

Rompo la copa contra el borde de la cómoda sin pestañear. El cristal se parte con un chasquido seco. Uno de los trozos queda firme en mi mano. Me siento sobre su abdomen otra vez.

-¿Qué obtiene Antoni de él? -pregunto sin rodeos-. ¿Qué tiene ese socio que no tengan los demás?

Silencio.

-¿Desde cuándo trabaja con él?

Nada.

-¿Dónde se conocieron?

Sus ojos no se apartan de mí, pero no responde. Y eso me enfurece más que cualquier mentira.

-¿Es dinero? ¿Armas? ¿Información? -sigo, con el tono cada vez más duro-. ¿Qué carajo le ofrece ese tipo que lo tiene tan protegido? ¿Por qué el resto de la pirámide lo detesta? ¿Qué lugar ocupa en la pirámide?

Sigo sin obtener respuestas. Nada. Solo su respiración agitada, mientras me observa detenidamente, como si quisiera grabarse hasta el más mínimo detalle de mi rostro y hacerme pagar por esto.

-¿Quién es? -pregunto más bajo-. Porque alguien como Antoni no oculta algo tan importante sin tener un lugar seguro.

Nada.

Clavo el primer trozo de copa justo por debajo de sus costillas. Un corte largo. No profundo, pero feo. El sonido que sale de su garganta es como un rugido ahogado.

-¿Sabes qué me molesta de ti? -me acerco, casi acariciándole el rostro-. Esa arrogancia estúpida.

Tomo otro cristal. Este es más delgado. Lo coloco sobre su muslo derecho, y lo deslizo con fuerza. El corte es limpio, como una línea roja perfecta sobre su piel.

-¿Cuántos como tú he visto? ¿Cuántos han muerto creyéndo que pueden ser mejor que yo? -apoyo el cristal contra su cuello ahora, apenas rozando la piel.

-Vete a la mierda -masculla con voz ronca.

-¿Quién es? -repito. Le pellizco la mejilla con fuerza-. ¿Quién carajo es el nuevo socio?

No dice nada.

Saco el cuchillo pequeño que guardo en la liga del muslo. Lo acerco a su oreja.

-¿Sabes cuánto tarda un lóbulo en desprenderse? Menos de un segundo si lo haces bien.

En las garras de la Bestia [Christopher Morgan] [Actualizaciones lentas]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora