Kamazuki Reiji, un joven que perdió a sus padres a una edad muy temprana, halló en su hermana la única razón para seguir adelante a pesar de una vida llena de sufrimiento. Sin embargo, su vida terminó abruptamente en un trágico accidente de tráfico...
Continente Occidental, Ruinas de Kazharika - Desierto del Sur.
Un paraje legendario incluso más allá del mar de arena. Las antiguas ruinas de Kazharika, envueltas en misterio, son conocidas en todo el continente demoníaco. Cada año, millones de aventureros desafían su destino entre sus torres colapsadas y las oscuras entradas a mazmorras ocultas bajo la arena. Este sitio, repleto de secretos y peligros, sostiene gran parte de la economía del país gracias a los minerales mágicos y artefactos olvidados que se extraen de sus profundidades.
Numerosas sedes del gremio de aventureros se han establecido cerca, alimentadas por la esperanza de gloria y riqueza. Para algunos, estas ruinas representan un océano de tesoros; para otros, el lugar donde sus huesos quedarán enterrados para siempre.
En el interior de una de esas mazmorras, apenas iluminada por una piedra mágica de color azul tenue, una respiración agitada rompía el silencio. Una figura se escondía tras una pared resquebrajada, tapándose la boca con la mano mientras luchaba por contener el miedo que temblaba en su pecho.
Del otro lado, una criatura serpentina deslizaba su cuerpo escamoso sobre el suelo de piedra. Tenía tres cabezas, cada una sacando su lengua bífida con inquietud, rastreando con precisión milimétrica.
La figura se atrevió a asomarse levemente.
-¡No...! ¡Me vio! -soltó en un susurro quebrado.
Su cabello rosa brillante relucía bajo la luz mágica, contrastando con la penumbra. Ojos color miel, estatura baja, dos coletas sujetadas con cintas desgastadas... no cabía duda: era Jazmín.
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-¡¡Maldita sea!! -grité mientras rodaba por el suelo de piedra, esquivando por poco la cola de aquella serpiente monstruosa.
Punto de vista: Jazmín
Me limpié el sudor de la frente y clavé los ojos en la criatura de tres cabezas que rugía con furia frente a mí. Estaba jadeando, pero en lugar de miedo... una sonrisa se dibujó en mis labios.
-Caíste... jeje.
Una de las cabezas explotó de repente, envuelta en llamas azules. El monstruo retrocedió un instante, pero al verme, volvió a lanzarse con la misma violencia. Ugh, de verdad... ¿no sabe cuándo rendirse? ¡Qué molesto!
-Sí... imaginé que no caerías con algo tan barato -dije, alzando la vista con una sonrisa arrogante-. Por eso... ¿qué te parece si ahora te doy una paliza?
Chasqueé los dedos, y unos guanteletes plateados, pesados como el infierno, se materializaron en mis manos. La primera vez que hice esto me fui de cabeza contra el piso, pero ahora... estoy acostumbrada. O eso quiero pensar. ¡Ay, qué pesado!
Las dos cabezas restantes de la bestia arremetieron con rabia. La tercera, la que había quemado, todavía echaba humo. Probablemente intentaba regenerarse. Sentí un cosquilleo eléctrico en la espalda, bajándome por la médula espinal hasta los puños. Cerré los ojos.