Una Aventura (33)

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Nuestro pequeño viaje comenzó sin contratiempos. Gabriela caminaba detrás de nosotros con cierto nerviosismo, mientras el viento marino hacía danzar nuestro cabello. Seguimos la orilla del río Canalem, y justo frente a este se alzaba un bosque espeso y frondoso. Aunque el día era claro y soleado, aquel bosque parecía emanar una atmósfera pesada, casi hostil.

Esta vez, Kuby no nos acompañó. El trayecto era relativamente corto: nuestro destino era el bosque Lagunis, ubicado a unos treinta minutos de Meira. Salimos temprano los cuatro, con Gabriela como la nueva integrante temporal del grupo.

El clima estaba fresco y agradable. Para ser sincero, me sorprendía mi propia resistencia; llevábamos un buen rato caminando y no sentía ni una pizca de fatiga. Las otras tres avanzaban igual: charlando entre sí, con Romina lanzando un comentario ocasional antes de volver a su habitual silencio.

-Estén atentos. Cruzaremos el puente -advertí con firmeza.

Los cuatro avanzábamos en silencio. Sabíamos que el peligro podía acecharnos en cualquier momento.

Llegamos a un pequeño puente de madera, que por su apariencia parecía recién instalado. Al cruzarlo, nos adentramos en el bosque... y el clima cambió por completo. Lo que antes era una brisa fresca se convirtió en un frío cortante que calaba hasta los huesos.

-Q-Qué frío... -murmuró Trynita, temblando a mi lado.

Sentí su mano buscar la mía, y no pude evitar sonreír al tomarla. Estaba helada. Se sonrojó visiblemente y apartó su mano con suavidad, llevándola a sus bolsillos. Qué linda.

-¡Señorito Hyuran, cuidado! -gritó Romina.

Instintivamente me lancé hacia un lado. Un silbido cortó el aire justo donde había estado mi cabeza... una flecha.

-¡¡Goblin!! -gritó Gabriela desde atrás.

Me giré al instante. Frente a nosotros, un pequeño ser de piel verdosa, vestido con harapos y empuñando un arco, nos observaba con una sonrisa torcida.

Ese maldito intentó matarme.

-¡¡Muévete, Gabriela!!

Romina reaccionó al instante, empujándola a un lado mientras levantaba su escudo. El proyectil rebotó con un golpe seco de metal.

Nos rodearon en cuestión de segundos. Altos, bajos, deformes, todos armados con cuchillas oxidadas, lanzas de hueso y mazas improvisadas. Eran criaturas astutas y despiadadas.
Y si algo tenía claro era esto:
Jamás subestimes a estos malditos.

Trynita ya había desenvainado sus espadas gemelas, una sonrisa confiada en su rostro.

-Vaya, parece que nos tenían preparada una sorpresa... -dijo, girando sus hojas con elegancia-. ¡Sería descortés rechazar su invitación, ¿no creen?!

Mi katana ya estaba en mano. Reforcé mi cuerpo al máximo, sintiendo cómo el maná recorría cada fibra de mis músculos. La tensión me erizaba la piel.

-¡Trynita, ataquemos juntos! -grité mientras me preparaba.

Ella asintió con firmeza, empuñando sus espadas gemelas. En un instante, se lanzó hacia el frente con una velocidad casi sónica, levantando una nube de polvo y hojas a su paso.

-¡Solo no me vayas a estorbar! ¡HAAAA!

Corrí detrás, impulsado por el ímpetu del combate. Mi katana trazó un corte vertical contra los tres goblins que me encaraban. El del centro cayó al instante, partido en dos. Los otros dos rugieron de furia y se abalanzaron sobre mí. Esquivé al primero, bloqueé el ataque del segundo. Mi respiración seguía el compás del caos.

Kegare no YuushaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora