Miedo e Ira (35)

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Hace 800 años en un pais lejano al norte del continente occidental de dragonia, los picos helados y volcanes rodeaban los diversos paises que atravesaba la cordillera de Edopia, cuna de los Elfos, hadas y seres ancentrales, sobra decir que el mana del lugar era tanta, similar a una fuente pura y natural de agua.

Los dragones habian hecho sus reinos en las zonas mas altas, queriendo escalar hacia el reino celestial de los dioses, castillos enormes de oro y esmeralda, como si fuesen los materiales mas basicos del mundo. Cualquier mortal que pisara sus tierras veia su propia existencia acabada.

Y así mismo en la parte mas baja de esta, donde el mana era delgada y debil vivian los mortales, esclavos sin vida propia, ya sea humano, elfo, hada. Todos eran esclavos sin distincion, las ofrendas debian ser sin demora, perfectas y que satisfacieran a sus amos, los dragones Primordiales.

Apesar de eso, se vivia con mucha comodidad, los dragones como tal eran seres poderosos, pero asi mismo protegian a sus "bienes" adecuadamente, e incluso erigieron edificios y ciudades para que sus esclavos vivieran adecuadamente, las personas se comportaban como cualquier sociedad sin importar las epocas, pero asi mismo como eran esclavisados, ellos tambien esclavisaban a los suyos.

En una de las muchas ciudades que erigieron, Runesha. Una ciudad desertica, viva y calidad los edificios eran majestuosas obras que decoraban las calles, e incluso tenian un lider politico designado por la poblacion, en la parte mas oscura de dicha ciudad estaban los mercados de esclavos, sitios publicos de muy alta demanda.

-Oye, ¿esa mocosa sí vivirá? Parece estar agonizando... -preguntó el hombre delgado, inclinándose para espiar entre los barrotes corroídos.

La celda era poco más que un agujero infecto, húmedo, impregnado del hedor a podredumbre y orina seca. En el rincón más oscuro, tirada sobre un piso manchado, una figura diminuta temblaba débilmente. Era una niña pequeña, de cabellos dorados sucios y enmarañados, cejas apenas visibles del mismo tono, piel tan pálida que parecía hecha de porcelana quebrada. Albina, inconfundible.

El otro hombre, más corpulento, soltó un bufido. -¿Quién sabe? Bah, ni que valiera la pena... mírala. Si parpadea, es un milagro. -Se cruzó de brazos, indiferente.

Dentro de la celda, la niña abrió los ojos apenas, sus pestañas blanquecinas pesadas por el cansancio, las heridas, el hambre. El aire entraba y salía de sus pulmones con un silbido doloroso. Las mejillas, hundidas; los labios, secos y agrietados. Y sin embargo... entre los temblores, entre las náuseas y la debilidad, algo brilló en su mirada.

No era suplica. No era miedo. Era ira.

Gaciel. Ese era su nombre. Una chispa diminuta, casi imperceptible, empezó a arder en el fondo de su pecho. El resentimiento se retorcía dentro de ella, como un animal herido a punto de morder. Aunque sus miembros no respondieran, aunque su voz estuviera rota, aunque todo su cuerpo gritara por rendirse... algo en su interior se negaba. Esa pequeña chispa, ese odio profundo, se aferraba a la vida con garras invisibles.

-Disculpen! - Una voz femenina y adulta resuena en las puertas.

Una mujer mayor, con ropas extravagantes, una cola de zorro en su cuello y un vestido perlado, su peinado igual de extravagante era similar a una gota de agua, la mujer sonrio y cruzo los ojos con Gaciel sutilmente.

-Q-Que se le ofrece Madam? - rapidamente se apartan, ateniendo a la mujer

Que alguien de ese porte viniera a su tienda definitivamente significaba dinero para los dos, asi que rapidamente le atendieron con maxima atencion, intentando llamar su atencion.

-Quiero un esclavo... - dijo abriendo un abanico

Los dos se miraron fijamente y le invitaron a seguir convencidos de que ganaron la loteria.

Kegare no YuushaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora