Kevin.
Han pasado siete días.
Siete días desde que enterré a mi madre.
Siete días desde que hablé por última vez con Camilla.
Siete días desde que mi vida cambió para siempre.
Desde entonces, me encerré en mí mismo. Camino entre la gente como un fantasma: estoy, pero no veo a nadie. En los entrenamientos, mi cuerpo se mueve por inercia. Apenas cruzo palabra con los chicos: Mark, Paola, Bethany. Les respondo lo justo para que no empiecen a hacer preguntas.
En clase, mi voz suena solo cuando es inevitable. Estoy... desconectado.
Nada me toca. Nada me mueve. Es como si algo dentro de mí hubiera muerto junto con mi madre. Como si lo único que quedara fuera una cáscara vacía.
Me han invitado a salir, a distraerme. A “despejarme”. Pero siempre digo que no. No quiero su lástima, ni su preocupación por compromiso. Solo quiero estar solo.
Con Bethany es distinto. Ella ha entendido que necesito espacio. Me lo da sin exigencias, sin frases de consuelo. Solo está, a su manera. Y eso, en este mundo roto, vale más que mil palabras.
Son casi las nueve de la mañana. Estoy en el salón, mirando por la ventana. Estamos en descanso. Estoy solo… hasta que unas manos se posan en mis hombros.
Al mirar de reojo, sé que no es Paola ni Bethany. Me levanto de golpe. Es Camilla.
El enojo me sube como un incendio, pero lo trago. Paso de largo y me dirijo a la puerta.
Me detiene a pocos pasos, tomándome del brazo. Me obliga a girarme hacia ella.
—Kev —dice con la voz baja—. Sé que hice mal. Pero te necesito... y sé que tú también me necesitas.
La miro directo a los ojos. Siento el resentimiento, la tristeza y la furia revolviéndose por dentro como una tormenta.
—No, Camilla. Estás jodidamente equivocada. Yo te necesitaba. Tiempo pasado. Ahora lo único que necesito es que desaparezcas otra vez, para que al menos algo en mi vida parezca normal.
No le doy tiempo a responder. Me suelto y salgo del aula.
Camino por los pasillos sin rumbo, arrastrado por algo invisible. Termino, como siempre, en la biblioteca. No sé por qué. Pero es el único lugar donde el ruido del mundo no me alcanza.
Me siento en una mesa vacía. Miro un punto fijo. No quiero interrupciones. No quiero más miradas de lástima. Estoy harto del "Lo siento, Kev" o del "Si necesitás algo, ya sabés que estoy".
No necesito eso.
No quiero eso.
Solo quiero que todo esto sea una maldita pesadilla. Una muy mala. Una que al menos tuviera sentido.
Pero no lo es.
No estoy soñando.
Esta es mi realidad.
No tengo a mi madre, no tengo familia,
soy huérfano, Y apenas puedo lidiar conmigo mismo.
Nos enseñan que debemos estar preparados para lo peor. Que la vida puede cambiar en un segundo. Pero, ¿cómo se supone que uno se prepara para ver morir a la persona que te dio la vida?
¿Cómo se sobrevive a eso?.
¿Cómo se vive con eso?.
Nunca encontraré una respuesta.
Por ahora solo sé que estoy perdido.
Perdido en un mundo al que siento que ya no pertenezco.
Un mundo donde cada día pesa más.
Y yo... ya no sé si puedo seguir viviendo en él.
Me siento tan fuera de mí, como si fuera un eco. Estoy aquí, pero no lo estoy. Siento que cada vez me voy quedando más y más solo. Y no le temo a la soledad. Lo que me asusta... es que empiece a acostumbrarme a ella.
—¿Sabés qué tienen en común los fantasmas y los libros? —dice una voz a mi lado.
Levanto la mirada, no la escuché llegar. Es una chica, nunca la había visto antes. Cabello negro, suelto, ojos oscuros, mirada profunda. Tiene una libreta abierta entre las manos.
Parpadeo y la miro, confundido.
Ella sonríe, apenas. No es una sonrisa de burla. Es una de esas que cargan con algo detrás.
—Ambos habitan en el silencio —añade, y se sienta frente a mí sin pedir permiso.
—¿Quién eres? —pregunto, más por inercia que por interés real. No estoy de humor para acertijos ni extraños.
—Lía. —Cierra la libreta con cuidado, como si fuera frágil—. Te he visto venir seguido, siempre solo. Siempre con esa cara de estar a miles de kilómetros de acá.
—¿Y eso qué importa? —respondo. Mi tono suena más duro de lo que esperaba.
—Importa porque yo también venía así —dice sin inmutarse—. A esconderme entre libros. A fingir que no existía.
Guardo silencio. Hay algo en su voz que no es lástima. Es... verdad.
—¿También te escondías de todo? —pregunto, casi sin querer.
—Me escondía del dolor. —Hace una pausa, como si recordara algo que todavía le pesa—. Hace dos años. Cáncer. Se fue en seis meses. Y yo me quedé con una pregunta en la boca que jamás podré hacerle.
Me clava la mirada. Me reta sin decir nada.
—¿La dijiste a tiempo? —me pregunta.
No necesito que me aclare cuál es “la” pregunta. Me mira como si supiera exactamente lo que me pasa por dentro.
—No —digo al fin. Mi voz suena hueca—. No se la dije. No estaba con ella... Y cuando volví... ya era tarde.
Lía asiente. No hay juicio en su gesto.
—Yo me enojé con ella por morir, como si tuviera opción, como si fuera su culpa.
Siento que algo me aprieta la garganta. Trago saliva. Despacio.
—No quiero seguir sintiendo esto —confieso, bajito. Como si decirlo más fuerte lo hiciera real.
—No lo vas a dejar de sentir. Pero un día... vas a aprender a cargarlo sin que te aplaste. —Se recuesta un poco en la silla—. El truco es no cargarlo solo.
—No tengo a nadie.
—Tienes más de lo que creés. —Me mira, con una calma que contrasta con mi caos—. A veces uno cree que está solo porque no sabe cómo pedir ayuda. O porque piensa que si la pide, va a molestar. Pero no estás solo. No ahora.
La miro. Por primera vez, de verdad. No sé de dónde salió, ni por qué está aquí, pero hay algo en ella que no me deja cerrarme del todo.
—¿Por qué hablás conmigo?
—Porque sé lo que es perder a alguien que era todo para tí. —Saca algo de su mochila. Una pequeña piedra lisa, con palabras talladas—. Porque alguien, cuando yo estaba destruida, se sentó frente a mí sin pedirme permiso. Y me escuchó.
Deja la piedra en la mesa. En ella, apenas visible, se lee: “Seguí caminando, aunque no sepas a dónde”.
—No soy una terapeuta. Ni una salvadora. Solo... sé lo que es el silencio. Y prefiero llenarlo con algo que no duela tanto.
Me tiende un papel doblado.
—Escribí algo para mí, pero creo que ahora es tuyo.
No lo abro. Lo guardo en el bolsillo, como si fuera un secreto.
—Gracias —murmuro, sin pensar.
—Gracias a vos por no echarme —responde con una leve sonrisa. Se levanta despacio—. Voy a seguir viniendo. Si un día querés hablar, o solo sentarte en silencio, yo voy a estar acá.
La veo alejarse. No sé quién es exactamente. Pero dejó algo en mí. No una solución, no una respuesta.
Solo un espacio.
Un lugar donde quizás, con el tiempo, algo distinto pueda crecer.
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Capítulo dedicado a gilmarygil2008
Gracias por siempre leer mi historia🫶🏻.
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𝐃𝐞𝐬𝐚𝐩𝐚𝐫𝐞𝐜𝐞𝐫.
Genç KurguKevin Huxley es un chico decidido, lindo e increíblemente simpático, todos lo catalogan como el chico dulce de la clase. Bethany Elsher una chica fiestera, preciosa, inteligente, complicada, con pocas amigas, su carácter es fuerte y eso la hace mete...
