Bethany.
A veces siento que la vida tiene una forma cruel de decirte que nada es para siempre, que cuando por fin te acomodas, cuando todo empieza a tener sentido, alguien llega y te arranca el suelo bajo los pies, y esta noche lo sentí más que nunca.
Estoy en la mesa de la cocina, la misma donde mamá suele revisar las facturas y suspirar cuando los números no dan, pero esta vez no hay facturas, ni café, ni ese silencio incómodo que siempre acompaña las discusiones de mis padres. Esta vez hay una maleta abierta y la mirada de mamá clavada en mí, tan seria que el corazón me empieza a doler antes de que diga una sola palabra.
—Nos iremos de la ciudad, Beth —dice al fin, con la voz temblorosa—. No puedo seguir viviendo bajo el mismo techo que tu padre.
Siento cómo algo se me rompe por dentro. No sé si es miedo, rabia o tristeza, pero lo único que sale de mi boca es un susurro.
—¿Qué… qué quieres decir con irnos?.
—He encontrado un trabajo en otra ciudad, lejos de aquí —suspira, mirando el suelo—. Ya no puedo más, cariño. No puedo seguir viéndote crecer en medio de todo esto. Tu hermana necesita tranquilidad, tú también.
Quiero decirle algo, cualquier cosa, pero las palabras se me quedan atoradas. Mi hermana aparece en el marco de la puerta, con su osito en brazos y el pijama arrugado, preguntando con esos ojos grandes si todo estará bien. Mamá la abraza, le acaricia el cabello y asiente, pero sé que ni ella misma se cree esa mentira.
Yo solo las observo, sin moverme, intentando procesar lo que acaba de decir. Nos iremos. Dejaremos esta casa, este barrio, mi escuela, mis amigas... y a él.
A Kevin.
Trago saliva y me obligo a no llorar. Pienso en las últimas semanas, en cómo todo cambió desde que él apareció en mi vida. Al principio me daba miedo acercarme demasiado, lo veía tan roto por dentro, tan perdido en su propio dolor que me recordaba a mí misma, pero poco a poco empezó a sonreír más, a hacer bromas, a dejarse querer otra vez. Lo vi levantarse, y cada vez que hablábamos o compartíamos alguna mirada, sentía que, de alguna forma, ambos estábamos sanando juntos.
Y ahora tengo que dejarlo.
Recuerdo su sonrisa esa noche, cuando cantábamos los tres en el coche con mi hermana en el asiento trasero, las luces de la calle pasando rápido, su voz mezclándose con la mía, el momento en que todo parecía perfecto, aunque fuera por unos minutos. Recuerdo su beso. La forma en que me miró después, como si el mundo se detuviera justo ahí.
Me arde el pecho solo de pensarlo.
No puedo decirle adiós. No sabría cómo hacerlo. Él ha pasado por tanto, por la pérdida de su madre, por el vacío que lo sigue a todas partes, y justo cuando parecía volver a encontrar algo de calma, yo tengo que desaparecer. No quiero ser otra persona que se va, otra persona que lo deja solo.
Me levanto de la mesa y me encierro en mi habitación. Todo está oscuro, salvo por la luz que entra desde la ventana. Me acerco y miro la calle vacía, imaginando su coche, su forma de mirar antes de sonreír, ese gesto torpe pero sincero que siempre me saca una sonrisa.
Quisiera escribirle, decirle que lo siento, que no quiero irme, que él no tiene la culpa, pero no puedo. Ni siquiera sé cómo poner en palabras lo que siento.
Escucho a mamá moverse por el pasillo, guardando cosas en silencio, y me invade esa sensación de despedida, como si el aire se volviera más pesado con cada respiración.
Me tumbo en la cama y cierro los ojos. Pienso en él. En cómo se ha esforzado por salir adelante, en cómo cada conversación lo hacía más fuerte. En cómo se abría poco a poco, dejando que la tristeza se convirtiera en otra cosa, en esperanza, tal vez.
No puedo evitar preguntarme si esto lo destruirá otra vez. Si volverá a cerrarse, si volverá a pensar que todo el que ama termina yéndose. Y eso me duele más que la idea de marcharme.
Abro los ojos y veo mi reflejo en el espejo. Me veo igual, pero me siento distinta, más vacía, como si algo me hubieran arrancado sin avisar.
Pienso en que mañana tendré que ir al instituto, que lo veré, que quizás me mire con esa sonrisa distraída sin saber que será la última vez. Tal vez sea mejor no decir nada, dejar que todo siga su curso y que él no se dé cuenta hasta que ya no estemos. Pero sé que eso lo rompería. Y me rompería a mí también.
Afuera, el viento golpea la ventana y pienso en lo irónico que es todo esto. Justo cuando había empezado a creer que podía tener algo bueno, la vida me lo quita de nuevo.
Aprieto la almohada contra el pecho, cierro los ojos y dejo que las lágrimas corran en silencio. No quiero que mamá me escuche llorar. No quiero que mi hermana se despierte y me pregunte por qué.
Solo quiero quedarme aquí, en esta noche que se siente como un final, recordando sus ojos verdes, su voz suave, y la sensación de que, por un momento, todo estaba bien.
Y aunque sé que no debería, me repito una y otra vez que algún día volveré a verlo, que esta no será la última vez, que quizás el destino no sea tan cruel como parece.
Pero ahora mismo, mientras el silencio llena la casa y mamá apaga las luces del pasillo, sé que no hay promesas que valgan. Solo queda el eco de lo que fue, y el miedo de lo que está por venir.
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𝐃𝐞𝐬𝐚𝐩𝐚𝐫𝐞𝐜𝐞𝐫.
Novela JuvenilKevin Huxley es un chico decidido, lindo e increíblemente simpático, todos lo catalogan como el chico dulce de la clase. Bethany Elsher una chica fiestera, preciosa, inteligente, complicada, con pocas amigas, su carácter es fuerte y eso la hace mete...
