Kevin.
Ya es sábado, ha llegado el día que he estado postergando durante semanas. Hoy nos jugamos todo; hoy es el día en que podemos convertirnos en bufones… o en leyendas del insti. La última vez que mi escuela llegó a las nacionales, yo ni siquiera había nacido. Por eso, nuestro campo hoy estará repleto de gente.
Sé que estarán mis amigos, mis compañeros, todos los profesores… apoyando, gritando, entregándolo todo desde fuera del campo. Pero no estará la única persona que más deseo ver aquí: mi madre, mi motor, la mujer que me crió y que me lo dio todo, incluso cuando no tenía nada. Y no estará hoy, justo cuando más me hubiera gustado que lo viera.
Me duele no verla en las gradas, pero sé que, pase lo que pase, estará conmigo en alguna parte, de alguna forma.
Me levanté pensativo. Ahora estoy en la cocina, preparando unas tostadas mientras miro el reloj una y otra vez. Hoy es importante, muy importante. Quizás por las expectativas que todos tienen sobre nosotros, quizás por miedo a romperme en medio del partido, o quizás solo son nervios. Sea lo que sea, me tiene atrapado, y no paro ni un segundo.
Desayuno en silencio, me ducho, me visto, cojo el bolso deportivo, las llaves de casa y del coche, meto los botines de fútbol y salgo.
El trayecto hasta el estadio es un silencio espeso, uno de esos que grita por dentro. Conecto el Bluetooth del coche, buscando música que me ayude a acallar un poco los pensamientos. Reproduzco "Between the Bars"; la voz melancólica inunda el auto mientras fijo la vista en la carretera.
Y aunque nadie lo diga, todos lo sentimos: hoy no es solo un partido.
Mientras conduzco, no puedo evitar pensar: "¿Qué hubiera pasado si llegaba antes? ¿Qué hubiera pasado si no pasaba la noche con Beth y su hermana en la cafetería? ¿Qué hubiera pasado si llegaba a tiempo?" Pero eso ya no existe; el "qué hubiera pasado si..." es un eco vacío. Está el ahora, y el ahora es un caos.
Sé que no estoy solo, pero me siento así. Hubiese deseado ser yo quien hubiera muerto en lugar de mi madre, pero es inútil, porque ningún padre de verdad desearía que su hijo muera. Es una contradicción interminable; yo no estaba preparado para estar sin ella. No aún, no ahora.
Y entonces, en medio de esa oscuridad, recuerdo a ella. El último partido que vino a verme, hace un año, cuando aún estaba bien, cuando aún reía, cuando aún tenía fuerzas para estar en las gradas. Recuerdo cómo gritaba como loca desde la tribuna, como si fuera la final del Mundial. Recuerdo que me esperó en la salida con una botella de agua y un sándwich hecho con sus propias manos. Recuerdo que me abrazó y dijo que estaba orgullosa de mí, aunque solo hubiéramos empatado. Recuerdo que dijo:
—Si te caes, yo te levanto, hijo, siempre.
Y hoy, más que nunca, necesito que lo haga.
Mientras sigo pensando en mis cosas, me doy cuenta de que ya he llegado al estadio. Y, como si el destino supiera de la tormenta que llevo dentro, comienza a llover en cuanto pongo un pie fuera del coche. Respiro hondo, voy a los asientos de atrás a coger mis cosas y camino hacia dentro. Llego a los vestuarios y veo que ya han llegado la mayoría.
Me acomodo en mi sitio, me arreglo, coloco la venda que suelo usar en mi mano derecha, me pongo mis botines, el uniforme, y cuando estoy listo, mis chicos ya me esperan para salir a calentar. Salgo primero, como el capitán que soy.
En cuanto salgo del túnel de vestuarios, se escuchan gritos de aliento, bombos y cánticos por parte de la afición de nuestro instituto. Volteo, saludo a la grada y veo a mis amigos con un cartel gigante que dice: "Kev, eres un ejemplo de vida para todos", en azul cielo y rojo, como los colores de nuestro uniforme. En ese momento, quise llorar, pero me contuve. Este día no puedo romperme del todo, no hoy.
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𝐃𝐞𝐬𝐚𝐩𝐚𝐫𝐞𝐜𝐞𝐫.
Ficção AdolescenteKevin Huxley es un chico decidido, lindo e increíblemente simpático, todos lo catalogan como el chico dulce de la clase. Bethany Elsher una chica fiestera, preciosa, inteligente, complicada, con pocas amigas, su carácter es fuerte y eso la hace mete...
