Capítulo 30

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Paola.


me quedé quieta en medio del pasillo, sintiendo cómo el ruido de la fiesta se desvanecía poco a poco detrás de mí, como si el mundo entero supiera que tenía que dejarme sola en ese momento, como si las risas y la música entendieran que estaba a punto de enfrentar un peso que llevaba demasiado tiempo cargando, ahí estaba ella, parada frente a mí, con esa mirada que alguna vez me fue tan familiar, pero que ahora me parecía ajena, distante, como si el tiempo y las decisiones equivocadas hubieran construido una muralla entre nosotras, camilla, mi mejor amiga, mi hermana elegida, la persona que conocía cada una de mis cicatrices, y también aquella que había decidido darme la espalda en el peor momento.

no sé si fui yo la que dio el primer paso o si fue ella, lo cierto es que en un abrir y cerrar de ojos estábamos frente a frente, sin escapatoria, sin excusas, sentí el pecho apretado, las manos sudorosas, la rabia y el dolor mezclándose en un cóctel imposible de tragar.

—¿Qué quieres? —escupí sin poder contenerme, con la voz cargada de veneno— ¿vienes a dar explicaciones ahora? ¿después de tanto tiempo?.

vi cómo bajaba la mirada, insegura, como si de pronto no supiera cómo sostenerse en pie, y por un segundo, un pequeño y maldito segundo, sentí lástima, pero no tardé en recordarme lo que había hecho, lo que nos había hecho a todos.

—Paola, yo… yo sé que no hay palabras que puedan borrar lo que hice —murmuró, apenas audible, con esa voz temblorosa que antes solía usar solo cuando me contaba algún secreto.

—¡No tienes idea! —le interrumpí, sintiendo cómo mis ojos ardían de lágrimas que me negaba a soltar— no sabes cuánto dolió que te fueras, que nos dejaras, que me dejaras a mí, éramos como hermanas, camilla, ¡hermanas! y tú… simplemente te largaste, sin mirar atrás, sin importarte lo que dejabas roto.

Ella levantó la vista, y en esos ojos encontré algo que me golpeó con fuerza, miedo, culpa, y una tristeza tan profunda que casi me hizo tambalear.

—Me importaba, Paola —dijo, y su voz se quebró como un cristal cayéndose al suelo— me importaba más de lo que imaginas, pero tenía miedo, me sentía atrapada, no sabía qué hacer, y… lo arruiné, lo arruiné todo.

Apreté los puños, sentía la rabia bullir dentro de mí como lava, pero también algo más, algo que me dolía aún más reconocer, la necesidad de volver a tenerla, de volver a confiar en ella.

—¿Y Qué?, ¿ahora vienes a decirme que lo sientes y ya?, ¿que esperas que olvide cómo me quedé sola?, ¿cómo tuve que aguantarme las lágrimas fingiendo que no me hacía falta la persona que juró estar conmigo siempre? —mi voz se rompió, y finalmente las lágrimas escaparon sin permiso— ¡me fallaste, Camilla!, y no sé si puedo perdonarte.

Ella dio un paso hacia mí, como si quisiera abrazarme, pero se detuvo a medio camino, insegura, rota.

—Lo sé, y no espero que me perdones de inmediato —susurró— pero quiero intentarlo, quiero arreglar lo que rompí, aunque no lo merezca, tú eres… tú y Mark son lo único que me queda, Paola, y necesito que me escuches, aunque me odies.

Ese “necesito” me atravesó como un cuchillo, siempre había sido fuerte para todos, para kev, para mark, para ella misma, pero verla ahí, vulnerable, me hizo recordar a la camilla que lloraba en mis brazos por cosas que solo yo sabía, esa camilla seguía allí, enterrada bajo capas de errores y silencios.

—Te odia parte de mí, sí —confesé, con la voz ahogada en sollozos— Pero también te extraño, te extraño cada día, y eso es lo que más rabia me da, porque aunque me hiciste mierda, aunque me dejaste sola, yo… no dejé de quererte como mi hermana.

𝐃𝐞𝐬𝐚𝐩𝐚𝐫𝐞𝐜𝐞𝐫.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora