CAPÍTULO 11: Tatiana

220 23 1
                                        

Tiempo después llega mi madre, se acerca, con ese andar elegante y sereno que heredé solo en apariencia. Lleva su cabello rubio platino suelto y el vestido de casa que casi nadie le ve. Se sienta junto a mí en la cama, mientras yo estoy tumbada de lado con las piernas encogidas.

-¿Cómo te sientes? – Me pregunta mi madre mientras inicia a realizarme suaves caricias en mi cabello.

-Como si una ola gigante me pasará por encima. – Le respondo.

-¿Quieres el té de Terra? – Me pregunta con su voz apacible.

-Sí, por favor. – Suplico.

El té de hierbas con miel importado de Terra va muy bien para este tipo de dolor. Aunque yo casi nunca he necesitado beberlo. Mi madre llama a la campana de servicio y en poco tiempo llega un sirviente, mi madre le pide la comanda y este cierra la puerta antes de irse.

-¿Estás bien? – Me vuelve a preguntar preocupada. ¿Intuición maternal? Puede ser.

-Mama, estoy sintiendo algo extraño. – Le confieso.

-¿El qué? – Inquiere.

Me giro boca arriba y me acomodo en su regazo. Me observa con sus ojos puestos en mí preocupada sin dejar de darme suaves caricias en mi pelo, las cuales logra relajarme y tranquilizarme. Estoy combatiendo en no dormirme y poder explicarle a mi madre lo que me preocupa.

-Iba corriendo por el pasillo cuando... – Le empiezo a explicar.

-Qué te he dicho de ir corriendo por el pasillo. – Me interrumpe mi madre regañándome en su tono autoritario.

-Mama, este momento no es para que me pegues bronca. – Me quejo, rodando los ojos.

-Está bien. – Dice ella suspirando. - ¿Y qué ha pasado? – Me pregunta.

-Me choqué con un aquamarino. – Le respondo. – Desde entonces no paro de pensar en él y cada vez que aparece en mi cabeza una extraña tensión acuática se acumula en mi vientre.

-¿Quién era? – Me pregunta intrigada.

-Eric, un aquamarino que conocí cuando estaba haciendo de doctora en el hospital. – Le confieso y me ruborizo otra vez al volver a pensar en él.

-Tatiana Posean, ¿cuántas veces debo decirte sobre tus escapadas al hospital? – Me vuelve a recriminar.

-Mama, por favor, no es el momento. – Le insisto rodando los ojos. - ¿Estos síntomas son normales? Nunca antes los había sentido. ¿Y si me ha pasado una enfermedad? ¿Será incurable? ¿O solo tendré estos síntomas cada vez que tenga la menstruación?

Mi madre vuelve a suspirar al recibir mi descarga de preguntas.

-Mi niña, estos síntomas no son nada malo. – Me responde con calma y volviendo a iniciar las caricias, las cuales había detenido tras regañarme por correr por los pasillos de palacio.

-Entonces, ¿qué son mama? ¿Los volveré a sentir? – Le insisto preocupada por mi estado de salud.

Mi madre de se ríe.

-Mama, no es una broma. No te consulto para que te rías. – Le digo molesta.

Me giro otra vez, esta vez dándole la espalda.

-Sí, cariño, seguramente ahora cada vez que pienses en él vuelvas a tener estos mismos síntomas y en tu próxima menstruación se vuelva más intenso, ocurrirá si además sigues interactuando con él. – Me explica.

-¿Por qué? – Le pregunto exaltada.

-Porque son los síntomas de la maduración. – Responde mi madre con una sonrisa algo burlona.

-Mama, no te burles. – Le resoplo.

-Por cierto, ¿ya has hecho tu maleta? – Me pregunta cambiando de tema y dirige su mirada hacia la maleta abierta vacía al lado del armario y con alguna ropa suelta tirada por el suelo.

-No. – Le respondo resentida.

-Mi niña... - Empieza mi madre otra vez con su mismo discurso, pero yo desconecto y cierro los ojos.

-Tatiana, ¿me estás escuchando? – Me pregunta mi madre en un tono molesto.

Desorientada, vuelvo a conectar con la conversación. Otra vez. Esa frase ya debería ser parte del escudo real. Me vuelvo a girar boca arriba y vuelvo a poner mi cabeza en su regazo mirándola fijamente.

-Sí, mama. Te escucho. Fracción, compatibilidad, descendencia femenina, deber real, etcétera, etcétera... ¿me dejo alguna palabra clave? - Mi tono no es rebelde, solo cansado. Lo aderezo con una sonrisa sarcástica, esa que uso cuando estoy a punto de rendirme, pero aún me queda dignidad.

Mama suspira y me doy cuenta de que está cansada, pero no del tipo de agotamiento físico, sino de ese cansancio que sientes cuando lo das todo y sigue sin ser suficiente.

-Tatiana, no se trata solo de ti. - Dice en voz baja. - Se trata de nuestro pueblo... de lo que viene después de ti.

-¿Y qué viene después de mí, mamá? ¿Una lista de machos con los que aparearme según algoritmos genéticos y compatibilidad emocional ficticia? ¿Un nido al que ni siquiera sé si pertenezco?

Ella me mira. Y en sus ojos rojos, hay una mezcla de rojo vino y nostalgia, veo algo que nunca ha mostrado, miedo.

-Cuando tenía tu edad, el mundo era distinto. Las pruebas aún no existían. Me enamoré de tu padre, de Andreu, sin protocolos, sin ciencia, sin órdenes. Lo nuestro fue... salvaje. Libre. - Su voz tiembla apenas, pero no se detiene. – Sin embargo, la guerra llegó. Perdí a mi hermana en una batalla por territorio. Mi mejor amiga, quién también se enamoró de un aquamarino, murió dando a luz a una niña que nunca respiró fuera del agua. Y yo... yo no pude protegerlas. No pude hacer nada.

Se queda en silencio. Yo también. Porque a veces el silencio grita más fuerte que las discusiones.

-Por eso acepté este sistema, mi niña. No porque crea ciegamente en él, sino porque... garantiza algo. Estabilidad. Supervivencia. Tal vez incluso amor, si tienes suerte, así como yo conocí a tus otros padres gracias a las pruebas. – Me vuelve acariciar el cabello, como si aún fuera una niña. Esta vez no la aparto.

-¿Y si yo quiero encontrar mi propia suerte? – Le pregunto, más suave ahora. - ¿Y si prefiero vivir una historia trágica pero real, antes que una segura y estéril?

-¿Y si esa historia te cuesta la vida? - Responde ella, con los ojos vidriosos. - No quiero verte convertida en mártir de tus ideales. No tú. No mi hija.

Bajo la mirada. No sé qué contestar. Porque, aunque me moleste, entiendo su miedo. Lo respeto. No obstante, también siento que no pertenezco a esta estructura que me han preparado con tanto esmero. No soy una pieza que encaja, y por más que me limen los bordes, sigo sin caber.

-Entonces iré. - Digo al fin, mirándola de nuevo. - Pero no esperes que lo haga con una sonrisa. Haré la prueba, mamá, pero no voy a renunciar a lo que soy. Si la compatibilidad me da un grupo de pretendientes sin alma, me encargaré de hacérselo saber.

Mama ríe entre lágrimas, esa risa suave que suena como agua fluyendo.

-Solo intenta no insultarlos demasiado rápido. Puede que alguno valga la pena. Mira tu padre Manuel. – Comenta ella riendo y recordando momentos nostálgicos de su juventud.

-Si alguno sobrevive a mi sarcasmo, le daré una oportunidad. – Le respondo, encogiéndome de hombros.

-Tal vez estén más cerca de lo que crees. – Me dice con una sonrisa misteriosa.

Nos quedamos así un rato más, cada una con sus pensamientos internos. Dos generaciones, dos heridas distintas. Ella con miedo a que repita su dolor, y yo con miedo a no poder escribir el mío.

Cuando me encuentre mejor haré la estúpida maleta de una vez.

Mis reinas <3

¿Qué os opináis sobre la relación madre e hija? Tenéis la imagen creada por IA de Silvia Salvatore al inicio del capítulo ;)

Me encantó este momento >.< ¿A vosotr@s también?

Os leo ^-^

Espero hayáis disfrutado de la lectura <3

POSEANDonde viven las historias. Descúbrelo ahora