CAPÍTULO 25: Tatiana

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Cuando llegamos a la costa de Civitas, la puerta trasera del transporte se abre con un leve quejido mecánico y un escalofrío de aire fresco entra, arrastrando aromas a pasto húmedo, el mar salado y la tierra caliente. Me apoyo contra la butaca para alzar la vista: un pasillo blanco desde nuestra nave de transporte avanza hacia la compuerta, flanqueado por soldados de la Fracción de Seguridad al Civil (FSC). Sus uniformes son rígidos, negros con detalles plateados con placas metálicas bien pulidas y cascos con visores translúcidos. A sus hombros, el emblema de Los Asim brilla, símbolo de vigilancia y dominio militar.

La mirada del soldado que me recibe es firme, sin hostilidad, con un leve gesto autoritario que me indica que me levante. Lo hago, sintiendo el corazón encogerse de emoción y nervios. Me seco las palmas. Al hacerlo, mis dedos rozan la tela suave del vestido, contrastando con el cuero frío y rígido del guante que me guía. Cada compañera es ordenada a seguirlo.

Algunas de las chicas tragan saliva. Otras intentan hacerse las valientes. Maddie, como siempre, suelta una risa tensa y murmura:

- Nos están escoltando como si fuéramos prisioneras de guerra.

Y en cierto modo, así se siente. Como si nos llevaran a juicio. Como si estuviéramos siendo arrastradas a pagar un crimen que ni siquiera comprendemos del todo.

Un tren levitacional está estacionado cuando salimos de la nave, con puertas automáticas alineadas junto a la rampa de transbordo. Tras una comprobación con un dispositivo tenue, el soldado asiente y señala la entrada. Subo al tren con las demás; Erika, a mi lado, es mi timón emocional ahora mismo. Su presencia callada me da fuerza. Interiormente, siento el contraste entre la energía contenida de Erika y los murmullos nerviosos de las demás.

El tren se cierra con un zumbido sutil y se encienden luces frías azuladas. Los asientos están hechos de una fibra sintética gris, con texturas suaves como las rocas pulidas. En las ventanas, se refleja mi rostro y el de Erika, y detrás, el paisaje de Civitas, con sus cables de energía flotante y vegetación multicolor.

El transporte es silencioso. Vidrios opacos, interiores blancos y asientos en hileras. Nadie habla. Yo miro mis manos, moviéndolas para recordarme que estoy despierta. Maddie se aferra al anillo que su madre le ha regalado antes de partir. Erika, sentada frente a mí, tiene los ojos clavados en el suelo, dura como una estatua. Parece tan ausente que me pregunto si alguna parte de ella se ha quedado atrás, en Aqua.

A través de los paneles transparentes del techo, atisbo aves mecánicas: pequeños drones que patrullan y registran las identidades. Un pulso electrónico creativo advierte cuando una identificación se completa. Sé que cada una de nosotras está siendo analizada: nuestros datos, nuestro ADN y nuestro rango. Me obligo a no pensar en ello. El sonido se mezcla con murmullos de incertidumbre y emoción.

El tren nos deposita en otra rampa emergente frente a un edificio que se alza como una estructura imponente y funcional, más cercana a un centro de selección avanzada que a un refugio cálido. A primera vista, su arquitectura deslumbra por la armonía entre naturaleza controlada y tecnología precisa: raíces de árboles entrelazadas en las paredes metálicas, cristales que respiran luz propia, y dispositivos flotantes que monitorean sin descanso cada rincón del lugar. Las paredes parecen que respiren con una contracción rítmica que casi imita un corazón latiente. Esta es la entrada al Doumon, nuestra residencia y la sede de las pruebas. Aquí, todo está diseñado para evaluar, vigilar y transformar.

Me encojo un poco al abrirse las puertas automáticas.

Una vez dentro, un aire templado con leve aroma a musgo y metálico nos envuelve. Soldados escoltan a los recién llegados a través de pasillos curvos y techos altos, donde maquinaria luminosa proyecta hologramas flotantes de símbolos y palabras de diferentes lenguas. Veo estatuas de piedra tallada con rostros de leones, lobos o cocodrilos: símbolos del líder de cada fracción.

Veo a mis compañeras alejándose del grupo en puntos diferentes para su registro individual, como piezas en un tablero invisible. Me invade la necesidad de abrazarlas, de decir que aún estamos juntas, aunque nos separen. Pero nadie se atreve a hablar. Hay algo sagrado y brutal en este silencio que compartimos.

Un soldado pulsa en una consola que abre puertas laterales. Se repite la misma escena con cada una: control, pulso, revisión y etiqueta. El latido de mi pecho es un tambor firme y constante.

Un fondo sonoro me devuelve la reflexión: un suave magnético, una frecuencia de registro que retumba en mi cráneo. Cada nombre: Ari... Moana... Emma... Natalia... Coral... las escucho y las imagino en su módulo de espera, detrás de cristal transparente.

El soldado que me guía toma una pequeña cámara de identificación y me escanea la frente. La luz blanca cruza mi iris. Su expresión... profesional, pero hay algo de respeto. En su placa figura "Comandante Tiago". Tiago, el líder de su fracción. El aire se tensa: aquel hombre nigriventer que leímos en la guía, el que explora territorios y mantiene el orden. Destella autoridad, pero también parece evaluar si estamos listas, seguras.

A continuación, me conduce por un tramo más estrecho. Las paredes están cubiertas de enredaderas con líquidos vibrantes, un líquido bioluminiscente que se desplaza lento. Todo vibra con vida. Sin embargo, el equilibrio entre naturaleza y tecnología no implica armonía. Los árboles, enredaderas y raíces que se integran en la infraestructura funcionan como sensores vivos. Las flores que decoran los pasillos son en realidad reactores de feromonas que influyen en los estados de ánimo. Los lagos artificiales que rodean la residencia actúan como barreras energéticas. Todo en Doumon tiene un propósito funcional, no estético.

Al final, llegamos a una cámara circular, tan amplia como oscura. En el centro hay un podio de piedra levitando, y a sus lados, dispositivos de registro sensorial: amplificadores de energía, sensores biométricos y escáneres neuronales.

El Comandante Tiago me señala el podio. Con voz grave y calmada indica:

- Di tu nombre, edad, y declaración de voluntad.

La luz de la cámara se enciende en un solo foco blanco que me alumbra como en un escenario. Delante de mí, grabadoras suspendidas y soldados apuntándome con sus visores.

- Tatiana Posean Salvatore. - Digo con voz firme, temblorosa por la mezcla de emoción y presión. - Veintidós años. Declaro mi voluntad de participar en las Pruebas de Compatibilidad en pleno uso de mis facultades y sin coacción.

Un segundo de silencio absoluto. Mi pulso resuena en mis oídos. Pienso en el rostro sereno de Erika, la mirada expectante de Ari, la energía de Maddie e incluso la tensión reciente con Emma. Respiro, flexible, aunque tensada como cuerda de arco.

- Voluntad confirmada. - Anuncia el Comandante. - Identidad confirmada y compatibilidad en proceso. Pase al Vestíbulo de Bienvenida.

Se abre una trampilla lateral. Paso, sabiendo que ahora cada impulso de mi corazón será registrado y cada partícula de mi esencia analizada. Tan sistemático todo, que por un momento me siento como un producto, inspeccionado en la cinta de control de calidad.

Apenas cruzo las puertas, un silencio denso cae, la puerta da a un gran espacio amplio y abovedado, con muros hechos de piedra gris pálida entrelazada con raíces vivas y luminiscencias verdosas que recorren las paredes como venas. El techo, un domo traslucido deja pasar la luz y una extraña neblina perfumada flota suavemente rodeando el ambiente. Todo tan blanco y gris, tan limpio hasta lo clínico... "Parece que la atmosfera está diseñada para imponer respecto más que consuelo." "¿Qué pasará ahora?"

Hola, mis reinas.

Al inicio del capítulo, tenéis una imagen de Doumon. ¿Qué os parece el Doumon desde afuera?

¿Listas para la descripción del Doumon por dentro? Pues... !Siguiente capítulo! 

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