CAPÍTULO 4: Tatiana

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La tarde ha caído sobre Posentaria con su habitual mezcla de calma azulina y luces parpadeantes de los cristales, aquellos cristales flotantes que alumbran las calles como luciérnagas marinas. Nadie lo diría, una tormenta está a punto de estallar, aunque primero tenía que convencer a mis padres de que me dejaran salir.

Me aliso el cabello frente al espejo de perla y me repaso mentalmente el discurso que he preparado. Nada de mentiras... bueno, medias verdades tal vez. Y con ese pensamiento me dirijo hacia el despacho de mis padres.

- ¿Puedo hablar con vosotros? - Pregunto, asomando la cabeza al despacho donde mamá revisa informes con su elegante pulpo-mecanógrafo, mi papá Manuel lee una tablilla flotante y mi papa Andreu debate con papa Oscar sobre el recién accidente en Mareltum.

- ¿Te pasa algo, hija? - Pregunta mamá, levantando la vista con esa mezcla de dulzura y autoridad que domina como nadie.

- Nada malo. Solo quería... pedirles permiso para pasar la noche en casa de Maddie. Haremos una noche de chicas, solo nosotras tres. Pizza, películas criminales y probablemente algún ritual de belleza con barro de Coralys, cortesía de Ari. Nada peligroso. - Digo, tratando de sonar convincente y no como si ocultara algo, aunque claramente sí lo hago.

Ariadna Shola, Ari para nosotras, la conocí en la academia cuando teníamos 12 años hacíamos fila en la cafetería para pedir la comida y unas chicas más mayores que nosotras no paraban de meterse con las de menos edad, nosotras entre ellas. Una de esas chicas mando a Ari como una esclava a buscarles la garrafa de burbujas para beber, yo intente decirle que no lo haga, pero Ari fue a buscarla con las risas y comentarios burlones de las otras detrás de ella, cuando volvió no se le ocurrió otra cosa que tirársela por encima a la líder del grupito. Des de entonces decidí que ella debía ser mi amiga. Se armó una buena pelea entre las cinco babosas y nosotras tres. Fueron a por Ari, pero yo me implique para defenderla y luego también intervino mi mejor amiga desde la infancia, Maddie Came, a quien conozco desde los 5 años. Al final acabamos las ocho en la oficina del director y sacando las conchas de la pared de la academia, pero fue divertido. Desde entonces, nos hemos vuelto inseparables, como hermanas.

Mamá me mira de arriba abajo con sus ojos rojos y asiente, sin parecer muy convencida, pero sin oponerse.

- Siempre que tus padres estén de acuerdo, por mí está bien.

Y ahí venía lo difícil.

Papá Manuel deja a un lado la tablilla y me observa con los ojos entrecerrados.

- ¿Solo ustedes tres? – Interroga.

- Sí. Maddie, Ari y yo. Lo de siempre, papá. – Le digo con mi mejor sonrisa.

Él suspira y mira a mis otros padres.

- Está bien, pero me aseguraré de que los guardias estén al tanto por si necesitan algo.

- ¡Gracias! – Grito de entusiasmo por su aprobación y huyendo del despacho como una mantarraya asustada.

Tan pronto como salgo de esa puerta cometo el error de decir algo como: "Si no llegó pronto, llegaremos tarde de la fiesta de los Rubens".

Papá Samuel justamente pasaba por el pasillo y alza una ceja al oírme.

- ¿Fiesta de los Rubens? – Me pregunta asustándome por su repentina presencia.

Mier...conchas.

- Bueno, sí, acabo de conseguir la confirmación para poder tener una noche de chicas en casa de Maddie... pero luego iremos a una fiesta. Es la celebración que hacen los Rubens cada año antes de que las hembras viajemos a Terra. Es tradición que las jóvenes asistan. Toda la academia irá, no es nada extraño. - Le explico.

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