Capítulo 17.

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SEIS AÑOS DESPUÉS

El despertador sonó a las seis de la mañana. Heriberto lo apagó casi de inmediato, acostumbrado ya a levantarse a esa hora. Se vistió en silencio con el uniforme del hospital y se inclinó hacia la cama para besar la frente de Victoria.

—Duerme un poquito más, Vicky. Yo preparo el desayuno para los niños.

Ella abrió un ojo y le sonrió soñolienta.

—Eres un ángel. Pero en cuanto te vayas, yo también me levanto, que hoy tengo reunión con unas clientas importantes.

Heriberto rió bajito.

—Claro... cinco minutitos más, ¿eh? —dijo en tono cómplice, sabiendo que ella acabaría saltando de la cama en cuanto escuchara a alguno de los niños.

En la cocina, el olor a café comenzó a mezclarse con el de las tostadas. A los pocos minutos apareció Max, ya con doce años, despeinado y en pijama.

—Papá, ¿me haces el café con leche? —preguntó bostezando.

—¿Café? ¡Ni hablar! Con leche sí, pero el café me lo bebo yo. —Heriberto le revolvió el pelo cariñosamente—. Tú todavía eres demasiado pequeño.

María, que ya tenía once, entró con un cuaderno en la mano.

—Papá, ¿puedes firmar la autorización para la excursión del viernes?

—Claro, hija. —Heriberto cogió el papel y lo firmó mientras ponía otro vaso de leche caliente—. ¿Dónde vais?

—A la Albufera. Vamos a hacer un taller de aves.

Fernanda, de nueve, entró corriendo, con una trenza medio deshecha.

—¡Yo quiero ir también!

—Tú todavía no —contestó María, con paciencia de hermana mayor—. Cuando seas de quinto, te tocará.

Fernanda frunció el ceño.

—Pues entonces quiero que mami me lleve ese día al taller, ¡y me enseña a coser!

En ese momento apareció Lucía, con seis años, arrastrando su peluche favorito y cara de sueño.

—Papá... ¿yo no voy a ninguna excursión?

Heriberto la alzó en brazos y la sentó sobre la encimera.

—Todavía no, princesa. Pero tú tienes algo mejor: hoy tienes clase de arte, ¿no?

Lucía asintió con una sonrisa perezosa.

—Sí... pero quiero que me pintes un dibujo para llevarlo.

Heriberto rió.

—Veré qué puedo hacer en el hospital. Igual en lugar de bisturís dibujo flores.

En ese momento se escuchó un pequeño llanto desde arriba. Victoria entró en la cocina justo a tiempo para mirar a Heriberto con cara divertida.

—Ese debe de ser Daniel.

—Otra vez se ha despertado antes de tiempo —resopló Max, como buen hermano mayor.

Victoria besó a cada uno en la cabeza antes de subir. Regresó con el pequeño de cuatro años en brazos, con el pelo revuelto y los ojos entrecerrados.

—Aquí está nuestro dormilón favorito —dijo ella, dándole un beso en la mejilla.

—Yo no soy dormilón... —murmuró Daniel, acurrucándose contra su madre.

Los niños soltaron una carcajada. La cocina se llenó de voces y risas, con Lucía pidiendo tostadas con chocolate, María intentando mantener la calma con sus papeles de la excursión, y Fernanda reclamando su derecho a aprender costura.

Entre paredesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora