El sol de la mañana entraba suavemente por la ventana de la habitación, tiñendo las paredes de un tono cálido y tranquilo.
Victoria estaba recostada, con la espalda ligeramente incorporada y una manta cubriéndole el vientre. Su rostro mostraba cansancio, pero también una calma nueva, una luz de esperanza. A su lado, Heriberto repasaba unos informes médicos mientras le sostenía la mano con la otra.
La puerta se abrió despacio, y entraron el doctor Molina y la doctora Ruiz. Ambos sonrieron al verla más despierta y con mejor semblante.
—Buenos días, Victoria —saludó la doctora Ruiz, acercándose con tono amable—. ¿Cómo se siente hoy?
—Mejor... mucho mejor, gracias —respondió ella con una sonrisa débil.
El doctor Molina asintió satisfecho, revisando los monitores y las anotaciones en la historia clínica.
—La evolución es buena. La hemorragia se ha controlado y el bebé sigue estable. Pero —añadió, mirando a ambos con seriedad—, estas próximas semanas van a ser cruciales. El reposo debe ser absoluto, sin excepciones. Ni estrés, ni sobresaltos, ni movimientos bruscos.
Heriberto asintió enseguida, con el gesto firme.
—Lo entiendo perfectamente, Molina. No la dejaré sola ni un segundo.
—Eso está bien —dijo Molina, sonriendo—. Pero recuerda, doctor Ríos, aquí el médico soy yo —bromeó, arrancando una sonrisa a ambos—. Hablando en serio, la evolución es esperanzadora, pero el riesgo no ha desaparecido del todo. Mantendremos el control estricto y, con suerte, en unas semanas podremos respirar tranquilos.
—Gracias..—murmuró Victoria, emocionada—. Gracias por todo lo que habéis hecho.
—Solo siga así —intervino la doctora Ruiz, acercándose para ajustar el suero—. Y recuerde: nada de levantarse. Si necesita algo, lo pide. Su cuerpo necesita descanso, y su bebé también.
Cuando salieron, Heriberto se quedó en silencio un momento, observando a Victoria con ternura. Le acarició el cabello y murmuró:
—Vas a estar bien, mi vida... los dos vais a estar bien —murmuró él, rozándole suavemente el rostro con los dedos.
Victoria lo miró en silencio, con los ojos empañados.
—Tuve tanto miedo, Heri... —susurró—. Pensé que no volvería a verte. Que no volvería a oírte, ni a sentirte cerca.
Heriberto le tomó la mano con firmeza, llevándola a su pecho.
—Yo también tuve miedo —confesó, con la voz quebrada—. No sabes lo que fue verte así... cada minuto sin saber si ibas a despertar. Sentí que el mundo se me caía encima.
Ella sonrió apenas, con lágrimas silenciosas.
—Pero estoy aquí... y tú también.
—Sí —dijo él, inclinándose hasta rozar su frente con la suya—. Y no pienso soltar tu mano nunca más. No después de esto.
Victoria cerró los ojos, dejándose envolver por el calor de su voz, por esa paz que solo él le daba.
—Prométeme que cuando vuelva a casa, lo primero que haremos será abrazar a los niños... los cinco juntos.
Heriberto asintió, con una sonrisa emocionada.
—Te lo prometo, Vicky. Y esta vez, para quedarnos así siempre.
Y, después de varios días sin atreverse siquiera a hacerlo, se inclinó despacio y rozó sus labios con los de ella.
Fue un beso suave, tembloroso, lleno de todo lo que no habían podido decirse durante aquellos días de miedo. Un beso que sabía a alivio, a promesa, a vida.
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Entre paredes
RomansEl sonido de cajas siendo arrastradas resonaba en el pasillo del nuevo edificio de apartamentos mientras una mujer, con su pelo castaño revuelto y dos niñas pequeñas agarradas de sus manos, se dirigía hacia la puerta de su nuevo hogar. La mudanza ha...
