Capítulo 20.

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La tarde había transcurrido tranquila en casa. María y Fernanda estaban en el salón, coloreando unos dibujos sobre la mesa baja. De vez en cuando se miraban entre risas nerviosas, como si quisieran pasar página, aunque sabían que el incidente del recreo todavía estaba fresco. Victoria las observaba desde el sofá, con la costura en las manos y una mirada que mezclaba ternura con firmeza: les daba espacio, pero no olvidaba lo ocurrido.

Unos minutos después se escuchó el coche detenerse en la entrada. Las dos niñas se levantaron enseguida, expectantes, justo cuando la puerta se abrió y entraron los tres hermanos acompañados del chofer.

—¡Hola! —saludó Max, dejando la mochila a un lado. Daniel se tiró directamente al suelo con su peluche, y Lucía fue corriendo a abrazar a sus hermanas.

—¿Qué hacéis aquí tan pronto?

Fernanda soltó una risita nerviosa.
—Ehhh... hemos tenido un día... raro.

María la miró y terminó diciendo, con un tono más serio pero ya sin tristeza:

—Nos hemos peleado en el recreo.

Max arqueó las cejas, sorprendido.

—¿Vosotras? ¡Si nunca os peleáis con nadie!

Victoria intervino antes de que las pequeñas se enredaran demasiado.

—Fue un malentendido, que acabó en empujones. Ya lo han hablado y han pedido perdón, pero aquí en casa también lo estamos reflexionando.

Lucía puso cara de intriga.

—¿Y os han castigado?

Fernanda asintió, con un gesto exagerado.

—Síii... no hemos podido terminar las clases.

Daniel abrió los ojos como platos.

—¡Hala! Eso es mucho castigo.

María suspiró, aunque ya con una sonrisa más ligera.

—Bueno, lo merecíamos. No estuvo bien.

Max se sentó junto a ellas en la mesa y comentó con tono de hermano mayor, aunque sin sermonear demasiado:

—Pues la próxima vez intentad hablar antes. Si no, siempre hay algún profe que os puede ayudar.

—Ya lo sabemos —contestó Fernanda con un gesto pequeñito de resignación.

Victoria dejó la costura a un lado y se acercó a los niños.

—Lo importante es que han aprendido algo de lo que pasó. Y nosotros, como familia, tenemos que apoyarnos siempre.

Lucía abrazó a sus hermanas con fuerza.

—¡Pues ya está! A jugar.

Las risas volvieron al salón enseguida, mientras Daniel hacía volar su peluche como un avión y Max sacaba unas cartas para enseñarles un juego.

Victoria los observó, más tranquila, agradecida de que los pequeños supieran pasar página con tanta naturalidad, sin olvidar lo ocurrido pero sin quedarse atrapados en ello.

//La cerradura giró despacio y Heriberto entró en casa ya de noche. Se notaba en el rostro el cansancio: había tenido una cirugía larga y más papeleo del habitual.

El salón estaba todavía con luz. Al asomarse, vio a los niños en pijama desperdigados por la alfombra: Daniel medio tumbado sobre un cojín con un coche en la mano, Lucía jugando a hacer torres con piezas de colores y Fernanda intentando que no se le cayera ninguna. María hojeaba un libro junto a Victoria en el sofá, mientras Max miraba el reloj con aire de espera.

Entre paredesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora