Capítulo 25.

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El amanecer se filtraba por los ventanales del hospital, tiñendo la habitación de un gris azulino. El mundo allá afuera despertaba, pero para Heriberto, el tiempo seguía detenido. 

Le dejaron entrar dentro de la habitación de la UCI, por lo que no se había movido en toda la noche. La cabeza apoyada en el borde de la cama, los ojos hinchados de tanto llorar, los dedos entrelazados con la mano inmóvil de Victoria.

El pitido regular del monitor era su única certeza. Cada sonido era un latido de esperanza, una prueba de que ella seguía ahí, aferrada a la vida.

—Vamos, mi amor... —susurró, rozando su piel fría con los labios—. Sé que puedes oírme. Eres más fuerte que esto. No me dejes, por favor.

La luz del sol se extendió poco a poco sobre la cama, bañando el rostro pálido de Victoria.
Y entonces, algo cambió.

Fue apenas un leve movimiento, un temblor casi invisible en sus dedos. Heriberto contuvo el aliento, sin atreverse a parpadear.

—¿Vicky...? —murmuró con la voz quebrada, incorporándose.

El monitor siguió marcando su ritmo constante, pero el temblor volvió, esta vez un poco más claro. Un estremecimiento mínimo, pero real.

La puerta se abrió detrás de él, y Estela asomó la cabeza con gesto cansado.

—¿Heriberto? —preguntó en voz baja, al ver su expresión.

Él giró lentamente hacia ella, con los ojos llenos de lágrimas y una chispa de esperanza en la mirada.

—Creo... creo que se ha movido.

Estela se acercó despacio, colocándose junto a él, mientras Sebastián entraba tras ella. Los tres miraron a Victoria en silencio, con el corazón detenido entre el miedo y la fe.

El nuevo día acababa de empezar. Y, por primera vez en muchas horas, Heriberto sintió que tal vez... solo tal vez... la vida estaba dispuesta a darles otra oportunidad.

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El reloj marcaba las doce del mediodía cuando el doctor Molina entró en la habitación. Llevaba el semblante serio, aunque algo en su mirada había cambiado: ya no era preocupación pura, sino un atisbo de alivio.

Heriberto se levantó enseguida, los nervios aún a flor de piel.

—¿Cómo está? —preguntó sin rodeos.

Molina revisó el monitor, luego el respirador y finalmente la ficha médica.

—La mejoría es leve, pero real —dijo al fin—. La presión arterial se ha estabilizado, y las constantes son más firmes. Sigue inconsciente, pero su cuerpo está respondiendo bien al tratamiento.

Estela exhaló un suspiro, llevándose una mano al pecho.

—Gracias a Dios...

Heriberto asintió, intentando contener la emoción.

—¿Y el bebé? —preguntó Heriberto con voz baja, temeroso de la respuesta.

El doctor Molina intercambió una mirada con la doctora que lo acompañaba, una mujer de bata blanca y expresión serena.

—Te presento a la doctora Ruiz —dijo él—, obstetra del equipo que está atendiendo a Victoria.

Ella asintió con profesionalidad y se acercó un poco más.

—Doctor Ríos... sé que esto es difícil, pero quiero ser clara —comenzó con tono pausado—. La situación es muy delicada. Victoria sufrió una hemorragia severa, y aunque hemos logrado controlarla, el embarazo está en riesgo.

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