El lunes amaneció con la casa entera en movimiento. El reloj de la cocina marcaba las 7:15 y ya se escuchaba un coro de voces desde todas partes.
—¡Mamá, no encuentro mi chaqueta! —gritaba Fernanda desde el piso de arriba.
—¡Yo no quiero ponerme los zapatos! —protestaba Daniel en el salón, con un calcetín en la mano.
—¡No hay tiempo, Dani! —decía Max mientras trataba de ayudarlo, aunque con gesto de hermano mayor algo desesperado.
Lucía corría detrás de María, sujetando una coleta mal hecha.
—¡Ayúdame! ¡Se me escapan todos los pelos!
Victoria, ya vestida y con el bolso del taller preparado, trataba de organizar la avalancha.
—Fernanda, la chaqueta está en el perchero. Daniel, ven acá, yo te pongo los zapatos. Lucía, espera a que María acabe y luego te hago yo la coleta.
Heriberto bajó las escaleras con calma, trajeado para el hospital, pero con esa serenidad que contrastaba con el caos.
—Vamos, equipo, tenemos diez minutos antes de salir. ¡Operación escuela en marcha!
Su tono divertido arrancó algunas risas, aunque no evitó que Daniel hiciera un puchero mientras le ajustaban las zapatillas.
En medio del ajetreo, Max ya tenía la mochila lista, María guardaba la libreta de deberes, y Fernanda se miraba en el espejo asegurándose de que el pelo estuviera perfecto para su gusto.
Por fin, cuando todos estuvieron preparados, Heriberto abrió la puerta para que los niños empezaran a salir.
—¡Al coche, soldaditos! —bromeó.
En cuanto los cinco se encaminaron hacia la furgoneta, quedó un instante de silencio en la casa. Victoria soltó un suspiro y se apoyó contra la pared del recibidor.
Heriberto se acercó, con una sonrisa cómplice, y le apartó un mechón de cabello.
—¿Ves? Cirugía de alta complejidad cada mañana... y tú eres la mejor jefa de orquesta.
Victoria rió suavemente.
—O la más loca, no sé.
Él la tomó de la cintura y la acercó hacia sí.
—No, la más increíble.
Antes de que ella pudiera responder, Heriberto la besó despacio, aprovechando esos segundos de paz. El beso fue dulce, como una promesa silenciosa en medio del caos cotidiano.
—Te amo, Vicky —murmuró él, rozando sus labios.
—Y yo a ti... —respondió ella, con una sonrisa que le iluminaba el rostro.
—Vamos, doctora de la moda, que llegamos tarde —añadió en tono juguetón, abriéndole la puerta, después de escuchar el cláxon del coche.
Salieron juntos, justo antes de que los niños empezaran a llamar impacientes desde el coche. Y aunque la mañana había sido un torbellino, ese instante robado bastaba para que todo lo demás pareciera más fácil.
El taller de la Casa de Modas Victoria estaba en pleno movimiento. En su despacho, Victoria recibía a una clienta importante: una presentadora de televisión que quería varios vestidos para la temporada de galas. Sobre la mesa se desplegaban telas de seda, encajes y bocetos que Victoria explicaba con calma y elegancia.
De pronto, alguien llamó suavemente a la puerta y una de las asistentes entró con una caja blanca, cerrada con un lazo azul marino.
—Señora Victoria, acaban de traerle esto.
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Entre paredes
RomanceEl sonido de cajas siendo arrastradas resonaba en el pasillo del nuevo edificio de apartamentos mientras una mujer, con su pelo castaño revuelto y dos niñas pequeñas agarradas de sus manos, se dirigía hacia la puerta de su nuevo hogar. La mudanza ha...
