Capítulo 22.

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Unas noches después, la casa estaba en silencio. Los niños habían caído rendidos después de un día de juegos y canciones navideñas en el colegio, empezando así las vacaciones de navidad. Fuera, el frío de diciembre se colaba por las ventanas, pero en el salón, solo la luz del árbol iluminaba el ambiente, proyectando reflejos verdes y dorados.

—¿Seguro que estan todos bien dormidos? —preguntó Victoria en la puerta del despacho, donde habían guardado los regalos de los niños. 

—Sí, mi amor. Todos dormiditos y bien tapados —dijo Heriberto ayudándola a sacar todos los regalos hasta el salón, donde los envolverían con el papel de regalo—. Podemos empezar la misión.

—Espero que ninguno se despierte mientras estemos haciendo esto. 

Con el pijama puesto, se sentaron en la alfombra, junto con dos copas de vino, la chimenea encendida y las luces del árbol por detrás.

—Esperemos que no, mi vida —brindando con ella antes de empezar con los regalos.

Rodeados de papel brillante, lazos rojos y etiquetas con nombres, Victoria sacó el primer paquete.

—Este es para Fernanda... la muñeca que no dejaba de mirar en el escaparate.

Heriberto lo tomó y comenzó a envolver con torpeza, peleándose con el celo.

—Eres cirujano y haces nudos perfectos en las suturas, pero no puedes envolver una caja —rió Victoria, quitándole el rollo.

—Oye, esto es mucho más difícil que una cirugía a corazón abierto —bromeó él, mientras la observaba cortar el papel con precisión.

—Claro, doctor —replicó ella, dándole un golpecito en el hombro.

Entre risas, continuaron con los demás. Para Lucía, un set de acuarelas; para Daniel, un tren eléctrico; para María, los libros que tanto había pedido; y para Max, el balón de fútbol firmado que Heriberto había conseguido gracias a un contacto en el hospital. Todo eso entre otras cosas.

—Va a alucinar cuando lo vea —dijo Victoria, acariciando el balón ya envuelto.

Heriberto la miró un instante en silencio, con esa expresión que a ella siempre le desarmaba.

—Lo que más me emociona no son los regalos, Vicky... es verles las caras esa mañana. Esa ilusión que solo tienen los niños... y tenerla contigo al lado.

Ella dejó el lazo a un lado y apoyó la cabeza en su hombro, mientras él se la besaba. No podía amarlo más.

Al terminar con todos los regalos, los volvieron a esconder y se tumbaron allí en el sofá. Victoria apoyada en el pecho de Heriberto, comía helado de vainilla, el antojo del día. Veían una película tapados con una manta, ¿cuánto tiempo hacía que no hacían algo así? Ni ellos lo sabían.

Al terminarse la película, Victoria estaba dormida, desde hacía bastante rato, por cierto, por lo que a Heriberto le tocó llevarla a la cama, guardando antes el helado en la nevera. La cogió en brazos, con cuidado para no despertarla, y subió hacia su habitación. 

La tumbó en la cama y la tapó con la colcha. Después él hizo lo mismo, tumbándose a su lado y apoyando la cabeza en la almohada, despacio, como si no quisiera romper el silencio de la noche. La miró un instante mientras respiraba tranquila, sonriendo por dentro al verla tan rendida.

Se acercó a ella para abrazarla, pero fue la misma Victoria, aún durmiendo, quien se apoyó contra su pecho, como siempre lo hacía para dormir. Él, con un brazo la apretaba contra él y el otro reposaba en el vientre de Victoria, donde crecía ell bebé de ambos.

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