La casa estaba tranquila por primera vez en días. Estela se había quedado con los niños y Heriberto, después de terminar su turno en el hospital, pasó a buscar a Victoria por el taller. Ella lo esperaba en la puerta, con el cabello suelto y un vestido sencillo, pero que en él siempre parecía un milagro.
—¿Lista? —preguntó, bajándose del coche para abrirle la puerta.
—Más que lista —sonrió ella, dándole un beso rápido en los labios—. Me hacía falta esto.
El restaurante al que la llevó no era lujoso, sino pequeño, con luces cálidas y música suave. Apenas se sentaron, Victoria suspiró, relajando los hombros.
—No sabes lo bien que me sienta estar aquí contigo, mi amor, sin agujas, telas ni correteos.
—¿Y sin sopas criticadas por Fer? —bromeó él, abriendo la carta.
Victoria rió.
—Eso también. Aunque admito que cocinas mejor de lo que los niños creen.
—¿Ves? Alguien que reconoce mi talento culinario. Ya era hora.
Ella lo miró con ternura.
—Tú tienes talento para todo, Heri. Cirugía, paternidad, pizza sin queso...
—Oye, que sí tenía queso —se defendió, levantando una ceja—. Solo que nuestro dormilon quería que nadara en mozzarella.
Se echaron a reír los dos, hasta que llegó el camarero y pidieron. Cuando se quedaron otra vez solos, Heriberto le tomó la mano sobre la mesa.
—¿Cómo te sientes ahora que todo lo de Madrid pasó?
Victoria bajó la voz, con brillo en los ojos.
—Feliz, orgullosa... pero sobre todo tranquila de volver. No importa lo que consiga allá afuera, lo que de verdad me llena es volver con vosotros.
Él apretó su mano.
—Pues yo me siento igual, mi cielo. Orgulloso de ti, claro, pero lo que me hace feliz es que, después de días agotadores, pueda sentarme así contigo y hablar.
Ella se inclinó un poco hacia delante.
—Eres mi refugio, Heri. Aunque a veces me dé miedo tanta felicidad.
—¿Miedo? —la miró serio.
—Sí... porque lo quiero conservar para siempre.
Él sonrió despacio, con esa calma que la desarmaba.
—Pues entonces no tengas miedo. Yo no pienso soltar lo que tenemos. Ni ahora, ni nunca. Jamás.
El camarero interrumpió con los platos, pero el momento quedó suspendido en el aire. Mientras cenaban, la conversación fluyó entre bromas y confidencias: que Max estaba creciendo demasiado rápido, que María había empezado a corregir a sus hermanas como si fuera madre, que Lucía se había empeñado en aprender a coser botones y que Daniel, en cambio, prefería arrancarlos.
Cuando terminaron, Heriberto pagó sin dejarla protestar y salieron a caminar por la calle iluminada. Victoria se abrazó a su brazo.
—Te echo de menos incluso viviendo en la misma casa. ¿Te das cuenta, cariño? Entre tus turnos y mi taller, casi no paramos.
—Por eso hay que robarle tiempo al tiempo —dijo él, deteniéndose para besarla bajo una farola.
Ella sonrió contra sus labios.
—¿Y qué hacemos si nos descubren los niños?
—Decirles la verdad —respondió sin soltarla—: que sus papás también necesitan tener citas.
ESTÁS LEYENDO
Entre paredes
RomanceEl sonido de cajas siendo arrastradas resonaba en el pasillo del nuevo edificio de apartamentos mientras una mujer, con su pelo castaño revuelto y dos niñas pequeñas agarradas de sus manos, se dirigía hacia la puerta de su nuevo hogar. La mudanza ha...
