Capítulo 21.

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El reloj marcaba las seis de la mañana cuando Heriberto bajó las escaleras con la maleta en la mano. El silencio de la casa se rompió al instante: los niños habían madrugado para despedirse.

—¿Ya te vas, papá? —preguntó Max, con la voz aún dormida.

—Sí, hijo... el avión no espera.

Fernanda corrió y se colgó de su cuello.

—No quiero que te vayas.

Heriberto la apretó fuerte.

—Son solo unos días, mi amor. Prometo volver muy rápido.

Victoria apareció desde la cocina con un tupper.

—Te hice algo ligero para el camino, porque ya te conozco: te subes al avión sin desayunar.

Él sonrió, intentando que no se notara la melancolía.

—Eres mi ángel, Vicky.

María lo miraba seria.

—¿Y quién va a contarme cuentos de doctores mientras no estás?

—Te los cuento por teléfono, ¿trato hecho? —le acarició el cabello.

Daniel levantó su coche de juguete.

—Para que no choques en el avión.

Todos rieron bajito. Heriberto lo besó en la frente.

—Gracias, campeón.

Lucía, medio escondida detrás de Victoria, murmuró:

—Te voy a extrañar mucho.

Él se agachó para verla de frente.

—Y yo a ti, pero me vas a ayudar cuidando a mamá y al bebé, ¿verdad? Todos en realidad lo van a hacer, ¿verdad, niños?

La niña asintió con solemnidad, al ifual que sus hermanos.

Victoria se acercó, tomó la mano de Heriberto y la sostuvo más de la cuenta.

—Cuídate, por favor. No sabes cómo me pesa verte irte.

Él acarició su rostro.

—Voy a estar pensando en ti todo el tiempo. Y en vosotros... en nuestra familia.

Los niños los miraban en silencio, como si entendieran que ese momento era distinto.

Max fue el primero en hablar.

—Papá, si no sales ya, no llegarás al aeropuerto.

Heriberto rió suavemente, aunque le brillaban los ojos. Abrazó a todos de golpe, besó a Victoria en los labios y se encaminó hacia la puerta.

—Os amo, tropa.

—¡Club unido! —gritaron los niños alzando las manos.

Él salió, girándose una última vez. Victoria le devolvió la mirada con una mezcla de orgullo y vacío en el pecho. Cerró la puerta despacio, respirando hondo, mientras el eco de los pasos de Heriberto se alejaba en la madrugada.

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El primer día sin Heriberto, la casa amaneció más silenciosa de lo normal. Victoria intentó sonreír mientras servía el desayuno, pero las náuseas no se lo pusieron fácil.

—Mamá, ¿otra vez te duele la panza? —preguntó María, observándola con atención.

—Un poquito, mi amor. Pero no pasa nada, ya se me quita.

Fernanda, con la boca llena de pan dulce, soltó:

—Es porque el bebé se está acomodando.

Max intervino como jefe del club.

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