Victoria llegó al hospital con el pequeño Mateo, de dos años ya, y con Daniel, para una revisión del más pequeño. Antes de ir a la consulta del pediatra, pasaron por la del papá.
—¡Papi! —los dos corrieron hacia él en cuanto abrieron la puerta del consultorio.
Daniel más rápido que Mateo, pero éste demostraba ya tener mucho agilidad para la edad que tenía. Se notaba que tenía hermanos mayores...
—Mis campeones... —alzándolos en brazos y besándolos—. Mi vida, ¿cómo estás?
—Bien, mi amor —recibiendo un beso de él—. ¿Nos puedes acompañar, al final?
—Sí, justamente os estaba esperando —dejando a los dos pequeños en el suelo—. Vamos.
La revisión fue genial, el pequeño Mateo ya había pasado la gripe, por lo que podía volver a jugar con sus hermanos de forma normal.
Los niños salieron de la consulta del pediatra con dos juguetes nuevos, mientras que los padres le daban las gracias.
Yendo hacía el párking, donde les esperaba el chófer, se encontraron a unos colegas de Heriberto.
—¿Vendréis al final a la fiesta del viernes?
—¿Qué fiesta? —preguntó Heriberto, arqueando una ceja.
—La de los nuevos residentes —jugando con Mateo en sus brazos.
—La que hacen todos los años, Heriberto. Estuvimos hablándolo el otro día.
—Sí, tenéis razón. Ya ni me acordaba —cogiendo a Daniel en sus brazos, a pesar de que tenía ya seis años recién cumplidos.
—¿Vendréis?
—¿Te apetece, mi amor? —mirando a Victoria.
—Por mi está bien.
—Perfecto, entonces nos vemos allí —dijo uno de los colegas, dándole una palmadita suave en la espalda a Heriberto antes de despedirse.
—Nos vemos —respondió él con una sonrisa cordial.
Cuando el grupo de médicos se alejó, Victoria acomodó el abrigo de Mateo, que estaba más interesado en su juguete nuevo que en caminar en línea recta. Daniel, en cambio, se aferró al brazo de su papá como si aún fuera pequeño... o como si disfrutara del momento, aunque ya midiera casi hasta su cintura.
—Vámonos, mis amores —dijo Heriberto mientras los guiaba hacia el párking subterráneo.
El ecos hueco del hospital desapareció al entrar en la zona del estacionamiento. El chófer ya esperaba junto al coche, sosteniendo la puerta trasera abierta. Mateo avanzó dando pequeños saltitos torpes, y Daniel corrió delante de todos para llegar primero.
—Despacio, campeón —rió Heriberto—. Que esto no es una carrera.
Victoria sujetó a Mateo por los hombros cuando este decidió cambiar de dirección para seguir una luz verde de emergencia.
—Tú tampoco ayudas —dijo ella entre risas, acomodándolo de vuelta al camino correcto.
Heriberto se acercó a ella despacio, con esa manera suya de mirarla como si el mundo entero se pusiera en pausa. Le ajustó un mechón detrás de la oreja.
—Gracias por venir hoy. Me encanta veros aquí... sobre todo a ti.
Victoria sonrió, apoyando una mano en su pecho.
—Siempre que podamos, vendremos. A ellos les encanta verte en tu consultorio.
—Y a mí me encanta veros llegar así —miró a los dos niños, que ahora estaban peleando amistosamente por quién subía primero al coche—. Me hacéis el día.
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Entre paredes
RomanceEl sonido de cajas siendo arrastradas resonaba en el pasillo del nuevo edificio de apartamentos mientras una mujer, con su pelo castaño revuelto y dos niñas pequeñas agarradas de sus manos, se dirigía hacia la puerta de su nuevo hogar. La mudanza ha...
