Capítulo 24.

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La mañana empezaba luminosa en la gran casa, bañando los ventanales con un sol que ya anunciaba la llegada de la primavera. Desde el jardín, se oía el canto de los pájaros y el rumor lejano de las fuentes encendidas.

En la cocina, Victoria revisaba unos correos en su tablet mientras bebía té con miel. Llevaba una blusa blanca suelta, los vaqueros de premamá que más cómoda le resultaban y el cabello recogido con un moño despreocupado. La barriga ya era evidente, y de vez en cuando, mientras leía, se detenía un segundo a acariciarla con gesto distraído pero tierno.

—¡Mamááá! —se oyó desde arriba a Fernanda—. ¡María me ha cogido la diadema nueva!

—¡Pero si es mía! —se defendió María, apenas escuchándose en la cocina.

Victoria suspiró con una sonrisa.

Empieza la función... —murmuró, levantando la vista justo cuando Heriberto entraba con el maletín en una mano y la bata blanca doblada en la otra.

—¿Qué función? —preguntó él, divertido, sirviéndose café.

—La de cada mañana —respondió ella, girando la pantalla para mostrarle un correo—. Peleas por diademas, por quién usa primero el baño, teniendo varios por cierto, y por quién se sienta al lado de Max en el coche.

Heriberto rió, colocándose la corbata.

—Si un día bajan todos en silencio, me preocuparé.

Ambos rieron. Luego él se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—¿Cómo estás hoy?

—Bien, aunque el bebé ha decidido que mi sueño no es importante.

—Eso es genético —bromeó Heriberto, guiñándole un ojo—. En mi familia nadie duerme más de seis horas.

—Pero creo que hoy me quedaré aquí en casa, me siento muy cansada.

—¿No tenías hoy una reunión imporante?

—Sí, pero puedo hacerla desde el estudio. Con eso no tengo problemas. Solo avisaré a Antonieta que la reunión se hará desde aquí, y que me traiga las telas y todo lo que necesitamos de la Casa de Modas.

—Cómo tu veas, mi amor. Lo importante es que te sientas bien —acercándose para besarla.

Los pasos de los niños retumbaron en la escalera. María y Fernanda bajaban discutiendo, Daniel trotaba detrás con un peluche en la mano, y Lucía intentaba atarse los cordones sin parar de hablar. Max, con aire de hermano mayor responsable, trataba de poner orden.

—Venga, todos al coche —anunció Heriberto—. ¡Se hace tarde!

Los niños salieron al jardín entre risas y voces, después de despedirse de la mamá y acompañados del aire fresco de marzo. Heriberto los ayudó a subir y luego se giró hacia Victoria.

—Nos vemos más tarde, mi vida. Hoy tengo una junta con dirección después de la cirugía, pero espero no llegar tardar.

—No te preocupes, te espero —respondió ella con suavidad.

—Avísame cuando termines la reunión.

—Sí, mi amor —sonriendo al verlo acercarse para besarla.

Cuando el coche desapareció por el camino de entrada, la casa volvió a quedar en silencio, grande y serena. Victoria se dirigió a su estudio, el corazón creativo de su casa. En las paredes colgaban bocetos de su nueva colección y fotografías de desfiles anteriores, testigos de su avance.

Un par de horas después, el ambiente había cambiado por completo: el estudio era un hervidero. Sobre la gran mesa central se extendían bocetos, muestras de tela y tablets con diseños en 3D. Dos de sus colaboradoras y Antonieta revisaban detalles mientras ella se preparaba para la videollamada.

Entre paredesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora